Simon de Montfort, un francés en el centro de la lucha por el poder en la Inglaterra del siglo XIII

La primera vez que leí sobre la breve pero importante intervención de Simon de Monfort en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIII, pensé que era un nombre que me resultaba familiar. No me llevó mucho tiempo acordarme de qué me sonaba: su padre, también llamado Simon de Montfort, fue el líder militar de la llamada “cruzada albigense”, desarrollada contra los cátaros en el Languedoc francés en la primera mitad del siglo XIII.

No es objeto de este artículo hablar de la historia de los cátaros, sobre cuya relación con los templarios y el supuesto linaje descendiente de Jesús y María Magdalena se han escrito muchas tonterías últimamente. Baste decir que las creencias de los cátaros suponían una gran amenaza para el “poder establecido” de la Iglesia Católica y fueron exterminados a sangre y fuego por un ejército dirigido por Simon de Montfort y que contaba con el beneplácito tanto de la Iglesia Católica como del Rey de Francia. Sin embargo, no este Simon sino su hijo del mismo nombre el objeto de este artículo.

Después de la conquista de Inglaterra por parte de los normandos, era habitual que los grandes señores tanto franceses como ingleses tuviesen títulos, tierras e intereses tanto en el continente como en las islas.

En el caso de los de Montfort, unieron a sus títulos franceses que les pertenecían por nacimiento en la zona del Languedoc, el de Conde de Leicester en Inglaterra, como consecuencia del matrimonio del abuelo de nuestro protagonista.

Simon tenía complicado acceder a los títulos familiares en Francia, porque tenía hermanos mayores. Finalmente acordó con su hermano Amaury que éste renunciaría a sus derechos sobre los territorios familiares en Inglaterra, a cambio de que Simon hiciera lo propio sobre los situados en territorio francés.

La Inglaterra a la que llegó Simon como Conde de Leicester llevaba años siendo objeto de una dura lucha por el poder entre los reyes y los grandes barones y señores del Reino. Los problemas se habían iniciado durante el reinado de Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo I y mucho menos popular históricamente que su famoso hermano “Corazón de León”.

Sin embargo, el rey apodado “Juan Sin Tierra” reinó más y más decisivos años en la Historia de Inglaterra que Ricardo y todos los reyes de Inglaterra de los siglos XIII al XV hasta la llegada al trono de la dinastía Tudor eran descendientes del vilipendiado Juan y no de su popular hermano.

Uno de los acontecimientos más importantes en la Historia de Inglaterra ocurrió durante el reinado de Juan, y muy a su pesar. Los grandes señores del Reino empezaban a cansarse de suministrar tropas y dinero para las guerras que sus reyes decidían librar contra franceses, escoceses y galeses principalmente, sin que los barones obtuvieran a cambio más que pérdida de hombres y dinero. Por ello, decidieron poner condiciones a su apoyo al rey. Tras muchos problemas y desencuentros, el rey Juan se vio forzado  a firmar en el años 1215 un documento, la llamada “Magna Carta”, que por primera vez en la Historia de Inglaterra limitaba las prerrogativas del Rey y le obligaba a contar con sus grandes señores para dirigir los destinos del Reino.

Los problemas de Juan se agravaron para su hijo Enrique III. Era un monarca débil y ya en 1258 hubo un primer intento de limitar la autoridad real, mediante designación de un consejo de grandes señores que eran quienes ejercían de hecho el poder, aunque este intentó fracasó tras sólo dos años como consecuencia de las luchas interinas de los miembros del Consejo y de su falta de visión de los intereses globales del Reino.

Enrique III recuperó brevemente el poder, pero cuando convocó Parlamento en varias ocasiones para solicitar fondos para sus gastos, nuevamente se encontró con la oposición de los grandes señores que entendían que ese dinero se destinaría a satisfacer gastos personales del Rey, su familia y allegados y ajenos a los intereses del Reino.

En esta ocasión, ya en 1263, el líder de la oposición de los barones fue el Conde de Leicester, Simon de Monfort. Los rebeldes controlaban parte del territorio inglés (incluida la ciudad de Londres), y cuando los ejércitos de ambos bandos se encontraron en Lewes (1264), aun en inferioridad numérica, el ejército de Simon de Montfort venció. Como consecuencia de ello, el Rey fue confinado en Londres y se designó un Consejo de nueve barones, dirigido por de Montfort, que ejerció como rey “de facto”. Además, el primogénito del rey quedó como rehén en el Castillo de Dover, para evitar cualquier maniobra por parte de su padre contra los nuevos regentes del Reino. De Monfort no cometió el error del anterior consejo y ejerció personal y directamente el poder. Era en todo, excepto en el nombre, el verdadero rey de Inglaterra.

Sin embargo en 1265 el hijo del Rey Enrique, el futuro Eduardo I, escapó de su cautiverio y formó un ejército que se enfrentó al de de Montfort en Evesham el 4 de agosto. De Monfort fue derrotado y muerto en la batalla, poniendo fin a dos años de gobierno en el que por primera vez en la Historia de Inglaterra una sola persona ostentó el poder propio de un rey en vida y por encima de éste,  que estaba cautivo en la catedral de San Paul en Londres.

Después de su derrota, de Montfort se refugió en la abadía de Evesham, pero el príncipe Eduardo (en una temprana muestra del trato que daría a sus enemigos cuando como rey de Inglaterra se enfrentó a Llewelyn Ap Gruffyd en Gales o a William Wallace en Escocia) sacó a la fuerza al conde de Leicester de la abadía, lo ejecutó, lo descuartizó y lanzó sus restos al cercano río para que no pudiese haber tumba de un mártir que atrajese a seguidores de de Montfort.

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Abadía de Evesham, donde fue hecho prisionero y ejecutado Simon de Montfort

A quien quiera conocer más sobre Simon de Monfort y, en general sobre la Historia de Inglaterra en los siglos XII al XV, le recomiendo las diversas novelas escritas al respecto por Sharon Kay Penman, comentadas en mi blog de lectura, aunque desgraciadamente no toda su obra se ha traducido al castellano.

 

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