El origen del parlamentarismo inglés

El reciente ataque terrorista en Londres ha hecho que en diversos medios se haya hecho referencia al mismo como un atentado contra «la cuna de la democracia parlamentaria», así como que se haya hablado mucho sobre el nacimiento de dicha democracia en las islas británicas. Ello me ha hecho decidirme a recuperar el apartado que he dedicado en mi nuevo libro sobre los Plantagenet a este tema, ubicado en el capítulo dedicado al rey Enrique III (1216-1272). No obstante, no quiero dejar de apuntar en primer lugar que, según la Unesco, las cortes celebradas en León en 1188 por Alfonso IX constituyen el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo.

Enrique III de Inglaterra fue un rey sin gran personalidad, más preocupado por cuestiones religiosas que políticas y gobernado por unos y por otros. En ese sentido, su reinado, atrapado entre dos tan convulsos y llenos de acontecimientos como los de su padre Juan y su hijo Eduardo I, habría pasado a la Historia normalmente solo por haber sido el más largo de un rey inglés hasta el de la reina Victoria.

Pero hubo una circunstancia que ha merecido mayor atención por los historiadores: el poco más de un año transcurrido entre las batallas de Lewes y Evesham, en el que el gobierno efectivo estuvo en manos de Simon de Montfort con el rey como figura despojada de todo poder y un parlamento al que De Montfort rendía cuentas. Así planteado, parece que este régimen es un precedente directo del actual sistema parlamentario británico, aunque esta afirmación debe ser matizada.

La existencia de algún tipo de consejo de notables ya venía existiendo en Inglaterra desde el Witenagemot de los sajones, que se reunía una o dos veces al año y que estaba formado por los principales nobles y obispos del reino, y también fue utilizada por los reyes normandos. Poco a poco este consejo de nobles fue tomando conciencia de sí mismo como un órgano colegiado, llegando a exigir a los reyes que no cambiasen las leyes del reino sin su participación y su aprobación.

Un paso más se dio en el reinado de Juan sin Tierra, que en 1212 dijo a los sheriffs que cada uno debía venir a los consejos reales acompañado de cinco o seis de los más destacados caballeros de su condado. Es cierto que Juan requería su presencia para «hacer lo que yo les diga que tienen que hacer». Con el avance que supuso Magna Carta, uno de los puntos novedosos fue que ningún rey podía acordar la recaudación de impuestos extraordinarios sin el consenso de la comunidad del reino. Sin embargo, para los redactores del famoso documento «el reino» significaba solo los barones y los obispos.

Enrique III fue el primero en utilizar el término «parlamento» (procedente del francés «parler») para las reuniones de este consejo en 1236, pero inicialmente incluían exclusivamente a nobles y obispos. Solo en 1254, cuando las extraordinarias necesidades de financiación para la conquista de Sicilia requirieron del consenso de un número mayor de contribuyentes, Enrique requirió que los sheriffs fuesen acompañados de dos caballeros del condado y también se permitió la presencia del bajo clero.

Cuando De Montfort tomó el poder en 1264 requirió la presencia en el parlamento de dos representantes de las ciudades (burgueses), aunque no por dotar de un mayor contenido democrático a sus decisiones, sino por contar con mayores apoyos contra los grandes barones del reino que se oponían a él.

Todavía hoy se discute en Inglaterra si la lucha que llevó a cabo De Monfort en la Batalla de Lewes y su gobierno posterior le convierte en un paladín de la democracia y un predecesor del actual sistema de gobierno británico, donde el rey reina pero no gobierna, o si actuó por motivos meramente personales. Parece evidente que ni él ni el resto de barones rebeldes de Lewes tenían en mente nada parecido al actual sistema político británico, pero tampoco parece justo pensar que solo buscaban el beneficio personal, dado que al menos siempre afirmaban hacerlo por recuperar la vigencia de las «buenas leyes y costumbres del reino». En palabras de Simon Schama:

«Pocos líderes carismáticos han acometido un objetivo sin una parte de ambición egoísta y de vanidad. Y Simon no fue una excepción. Pero tampoco cabe duda de que creía que lo que era bueno para los De Montfort también era bueno para Inglaterra. Y por un tiempo, al menos una buena parte de los nobles y de los ciudadanos del reino también lo creyeron».

Lo que sí es cierto es que durante más de un año hubo un sistema en el que se convocaron parlamentos con representación diversa y sin participación directa del rey en el gobierno del país. También lo es que el reconocimiento de la participación de los caballeros y los burgueses en el parlamento supuso el inicio de su inclusión en el sistema social, lo que provocó que tanto caballeros como burgueses fueran evolucionando en una progresiva estratificación y diferenciación de clases entre ellos.

Y con el tiempo los bandos enfrentados en las negociaciones en el Parlamento ya no serían el monarca y sus súbditos, sino los grandes señores (nobles y obispos) y los representantes de la burguesía y los ciudadanos, los «comunes»… pero esa es otra historia.

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