Sancho, el nombre maldito de la monarquía castellana

Uno de los obstáculos con los que tropieza quien intenta realizar un acercamiento a la historia de los reinos medievales peninsulares es el de la repetición de determinados nombres entre los monarcas que ciñeron la corona de dichos reinos o entre quienes ostentaron un título condal, lo que dificulta en ocasiones la identificación de diferentes personajes. Además, se trata de protagonistas que interactúan continuamente entre sí y tienen la mala costumbre de ir alternando su nombre de padres a hijos. Su apellido tampoco nos sirve para establecer un núcleo familiar, ya que no se hereda el apellido paterno, sino que se usa como tal el nombre del padre de cada rey. Así, el conde de Castilla García Sánchez sucede a su padre, Sancho García, hijo de García Fernández, hijo a su vez de Fernán González.

Y precisamente es el de Sancho uno de los nombres que con más frecuencia se reitera en el medievo peninsular. Sirvan dos ejemplos como muestra: en el año 1065 se produjo un conflicto entre los reinos de Aragón, Castilla y Pamplona que es conocido como «guerra de los tres Sanchos» porque los monarcas de los tres reinos implicados eran Sancho I, Sancho II y Sancho IV, respectivamente; y en 1157 el rey de Castilla (Sancho III) pactó con el de Pamplona (Sancho VI) el enlace de este último con una hermana suya… de nombre Sancha.

Pero más allá de esta reiteración, y como se indica en el título de la presente entrada, no deja de llamar la atención que en el reino de Castilla los monarcas que ostentaban el nombre de Sancho tuvieron reinados no muy largos y sí extremadamente conflictivos. Dejaremos de lado en nuestro relato a Sancho Ordóñez y a Sancho I el Craso. El primero de ellos porque como se detalla en la entrada enlazada, y por los motivos que allí se explican, fue excluido del cómputo «oficial» de monarcas de Asturias, León y Castilla. Y el segundo, porque aunque su reinado también fue más que convulso, como se detalla también en el enlace, no puede en puridad ser considerado rey de Castilla, que estaba entonces integrada como condado dentro del reino de León, del que nunca se independizó como tal condado (ver enlaces).

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Sancho II de Castilla

Ello nos lleva a situarnos en el año 1065, que es el que podemos considerar como nacimiento efectivo del reino de Castilla, tras la muerte de Fernando I el Magno de León. Este monarca se había convertido en rey leonés en 1038 tras la batalla de Tamarón, que tuvo lugar en el año 1037. Hasta ese momento era conde de Castilla y cuando falleció decidió dividir su reino entre sus tres hijos: a Sancho II le concedió el reino de Castilla, a Alfonso VI el reino de León y a García I el de Galicia. En los años siguientes Sancho se enfrentó a sus dos hermanos y se hizo con toda la herencia de su padre al deponer en primer lugar a García de Galicia y posteriormente a Alfonso VI, al que derrotó en la batalla de Golpejera en enero de 1072. Alfonso tuvo que huir a la taifa de Toledo.

Pero Sancho II no iba a disfrutar mucho de su reinado. En octubre de 1072 se vio obligado a acudir a Zamora, donde un grupo de nobles leoneses contrarios al nuevo rey se había refugiado y se había rebelado contra su autoridad. Dentro de la ciudad, y del lado de los rebeldes, se encontraba también su hermana Urraca, a quien había corres-pondido el dominio de la villa en el testamento de Fernando I.

Zamora era un punto de estratégica importancia para la expansión hacia el sur y para las comunicaciones entre las diferentes partes del reino, por lo que Sancho no podía permitirse perder el dominio sobre ella. Pero se trataba de una plaza fuertemente amurallada y defendida, por lo que no era aconsejable atacarla frontalmente, sino que para tomarla era necesario someterla a asedio y rendirla por el hambre y la inanición. Así que Sancho sitió la ciudad.

Y allí murió el 6 de octubre de 1072, según las crónicas cuando Bellido Dolfos consiguió alcanzarlo con una lanza. Se trata de un momento que ha sido recreado en los cantares de gesta y sometido a diferentes interpretaciones históricas. Para unos Sancho fue muerto ignominiosamente y valiéndose del engaño por «el traidor Bellido Dolfos, hijo del traidor Dolfos Bellido», que fingió haber desertado de las filas rebeldes para unirse a los castellanos. Para otros, Bellido Dolfos fue un héroe que terminó con el tirano que se había apoderado del reino de León deponiendo a su legítimo monarca y que estaba sometiendo al hambre a los habitantes de Zamora.

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San Salvador de Oña

Lo único que se puede afirmar es que Sancho II, rey de Castilla por herencia y de León y de Galicia por conquista, murió en 1072 en Zamora. La elección como lugar de reposo del fallecido monarca de Castilla y de León de San Salvador de Oña, panteón de los condes de Castilla y no de San Isidoro de León, donde reposaba su padre, era un claro símbolo de la condición castellana de Sancho, por mucho que ciñera también la corona leonesa.

El siguiente monarca castellano llamado Sancho, el tercero de este nombre, iba a tener un reinado todavía más corto y no menos convulso que su predecesor homónimo. En 1157, y tal y como había pasado tras la muerte de Fernando I, el emperador Alfonso VII decidió dividir su reino entre sus hijos. En palabras de Lucas de Tuy «a Sancho le dio la belicosa Castilla, a Fernando la fiel León y Galicia».

Quedaba por dilucidar cómo serían las relaciones entre ambos hermanos. Y las cosas no empezaron muy bien cuando en la primavera de 1158 el noble leonés Ponce de Cabrera, que se había refugiado en Castilla, pidió ayuda a Sancho III tras un conflicto planteado en Zamora. Sancho III se dirigió a la frontera con León y tomó algunas poblaciones del reino de su hermano. A continuación se instaló en Sahagún (perteneciente a Castilla) y mandó un mensaje al monarca leonés para que se reuniera allí con él. Fernando II aceptó y ambos hermanos mantuvieron una entrevista.

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Sancho III de Castilla

Las negociaciones entre los dos se plasmaron en el tratado de Sahagún, por el que Sancho devolvía a Fernando las villas que había ocupado y por el que ambos se reconocieron mutuamente como herederos en el supuesto de fallecer sin descendencia. Un compromiso para el caso de sucesión sin herederos que se extendía a sus hijos y a sus nietos. También definieron las respectivas áreas de conquista de los dominios musulmanes. Ponce de Cabrera retornó a León, donde se le concedió el gobierno de Sanabria.

Pero la pujanza del reino castellano se vio seriamente amenazada cuando solo un año después que su padre, el 31 de julio de 1158, falleció Sancho III. Su esposa, Blanca de Navarra, había muerto en 1156, y del matrimonio solo vivía un hijo, de apenas dos años y medio de edad, Alfonso VIII. Uno de los principales reyes castellanos, pero cuyo reinado no es objeto de esta entrada. 

Finalmente nos queda el último Sancho en ostentar el título de rey de Castilla, Sancho IV. Era hijo de Alfonso X el Sabio y no estaba destinado a heredar la corona de su padre (Castilla y León estaban definitivamente reunificadas), honor que correspondía a su hermano mayor, el infante Fernando de la Cerda. Pero el heredero al trono fallecía en noviembre de 1275, cuando su padre todavía vivía.

Además del lógico dolor por la pérdida de un hijo, el monarca castellano se debió ver abrumado por las complejidades sucesorias que el óbito de Fernando suponía para el reino. A pesar de contar solo con veinte años, el infante tenía dos hijos, Alfonso y Fernando, nacidos de su unión con Blanca, hermana de Felipe III de Francia. Esto hacía que los dos muchachos, a los que rápidamente se conoció como los infantes de la Cerda, contasen con poderosos valedores por sus vínculos con las familias reales aragonesa (por su abuela Violante) y francesa (por su madre Blanca).

El problema sucesorio que se avecinaba en Castilla era en parte achacable al propio Alfonso X. En el ambicioso código legal que había redactado, las famosas Partidas, había establecido que en la sucesión al trono debían ser los hijos del primogénito de la corona los que sucedieran a este en sus derechos. Sin embargo, el segundo hijo varón de Alfonso X, Sancho, era de muy distinta opinión. Para él, la tradición castellana establecía que si el primogénito de un rey fallecía en vida de este, los derechos hereditarios pasaban al siguiente hijo varón del monarca, en este caso al propio Sancho.

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Sancho IV

Para agravar aún más la situación, las dos más grandes y poderosas familias de la nobleza castellana, los Lara y los Haro tomaron cada una diferente partido; los Lara se inclinaron por los infantes de la Cerda (el infante Fernando había designado en el lecho de muerte a Juan Núñez de Lara como tutor de sus hijos), mientras que los Haro (encabezados por Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya) se decidieron por apoyar al intante Sancho.

En las Cortes celebradas en Segovia en 1278 Alfonso reconoció como heredero a Sancho, pero esto provocó la indignación de su esposa Violante, hermana de Pedro III de Aragón, que huyó a la corte de su hermano junto con sus nietos los infantes de la Cerda y la madre de estos, Blanca de Francia. Violante regresaría pronto a Castilla, pero los infantes permanecieron en Aragón. Desde allí recibieron el apoyo de su tío Felipe III de Francia, que amenazó con invadir Castilla. Alfonso X trató de evitar esta peligrosa situación negociando con el francés la entrega a Alfonso de la Cerda del reino de Jaén, siempre que se reconociese como vasallo de Sancho.

La situación se agravó cuando Sancho convocó en 1282 una reunión en Valladolid  con el propósito de destronar a su padre. Contaba con la presencia y el apoyo de sus hermanos, de la familia Haro y de otras poderosas familias de la nobleza y el clero castellanos («juntados todos los de la tierra e todos los ricos omnes que andauan fuera»). A propuesta del propio hermano del rey, el infante don Manuel, se aprobó entregar a Sancho el gobierno, las fortalezas y rentas del mismo, así como la administración de justicia, pero acordaron que Sancho no tomaría el título de rey en vida de su padre.

Alfonso reaccionó desheredando a Sancho en noviembre de 1282 y otorgando testamento en noviembre de 1283 en el que decretó que el trono pasaría a los infantes de la Cerda, Alfonso en primer lugar y, después de él, su hermano Fernando. Incluso llegó a establecer que si ambos fallecían sin descendencia, heredaría el reino Felipe III de Francia (como nieto de Blanca de Castilla, reina de Francia e hija de Alfonso VIII).

Alfonso X el Sabio murió en Sevilla el 4 de abril de 1284. Su testamento no fue respetado y su hijo Sancho fue reconocido y coronado como rey de Castilla en Toledo. Empezaba el reinado de Sancho IV el Bravo. Si su llegada al trono había sido una carrera de obstáculos, sus once años de gobierno hasta su muerte en 1295 no iban a resultar mucho más sencillos.

Sancho había contraído matrimonio en 1282 con María de Molina, hija del hermano pequeño de Fernando III el Santo, Alfonso de Molina, y prima por tanto de Alfonso X. El grado de parentesco entre ambos hacía necesaria una dispensa papal que no llegó. La infructuosa lucha con hasta cinco diferentes papas para obtener la dispensa fue uno de los caballos de batalla del reinado de Sancho IV. El segundo gran motivo de preocupación para el monarca castellano fue el pulso mantenido con la nobleza del reino, que luchaba por recuperar la posición de poder que Alfonso X les había cercenado. El momento álgido de este conflicto se produjo en junio de 1288 en Alfaro, cuando Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, moría a manos del propio Sancho IV.

Además, durante todo su reinado Sancho IV tuvo que seguir contendiendo con el problema de los infantes De la Cerda, que contaban con el apoyo de Aragón (Alfonso de la Cerda llegó a ser coronado como rey de Castilla en Jaca en 1288, en un acto más simbólico que con validez real). Para solventar este problema, Sancho IV concertó una alianza con Felipe IV de Francia, plasmada en el Tratado de Lyon de 1288 y ratificada en Bayona dos años después, por el que el monarca francés se comprometía a retirar su apoyo a los pretendientes al trono. Esta maniobra diplomática supuso un golpe mortal a la causa de los infantes De la Cerda.

Por último, en relación con el sempiterno conflicto con los musulmanes de al-Ándalus, Sancho IV consiguió tomar Tarifa. Dos años después los benimerines trataron infructuosamente de recuperar la plaza, pero fue defendida en un episodio famoso por Alfonso Pérez de Guzmán. Aunque llegó a pactar con Jaime II de Aragón un reparto de territorios de conquista en el Magreb, y aunque llegó a proyectar la conquista de Algeciras y el dominio del Estrecho, Sancho IV no pudo llevarlo a cabo al fallecer el 25 de abril de 1295 en Toledo.

Vistos estos antecedentes no parece extraño que ningún monarca castellano a partir de ese momento se decidiera a nombrar a su posible sucesor con el nombre de Sancho, en previsión de nuevos reinados cortos, convulsos y rodeados de conflictos dinásticos y muertes violentas. Algo parecido sucedió en otro país, donde un nombre que había sido ostentado por hasta ocho reyes, los últimos cinco en un intervalo de cien años, no se ha vuelto a utilizar en la monarquía del reino desde hace casi quinientos años. El país es Inglaterra, y el nombre, Enrique. Seguramente en este caso tiene mucho que ver el octavo y último rey que se llamó así.

 

 

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