Enrique V: el héroe de Agincourt y el sueño roto de unir las coronas de Inglaterra y Francia

Entrada extraida del libro Los Plantagenet

Enrique de Monmouth nació en el castillo del mismo nombre el 17 de septiembre de 1387. Era hijo de Enrique Bolingbroke y de Mary de Bohun. En principio su rama familiar no estaba destinada a reinar en Inglaterra, ya que eran descendientes del tercer hijo de Eduardo III (Juan de Gante) y cuando nuestro protagonista nació el trono lo ocupaba Ricardo II, nieto del primogénito de Eduardo III (Eduardo de Woodstock), cuyo segundo hijo (Lionel de Amberes) también vivía y tenía descendencia.

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Los hijos de Eduardo III (archivo del autor)

Pero en 1399, tras una serie de acontecimientos narrados en la entrada dedicada a Enrique Bolingbroke, este depuso a su primo Ricardo II y subió al trono como Enrique IV, el primer monarca de la rama de los Lancaster de la dinastía Plantagenet.

Enrique de Monmouth se convertía así, de repente, en heredero al trono y príncipe de Gales. En 1406 Enrique IV hizo una sorprendente petición en el Parlamento: solicitó el nombramiento de un consejo permanente que le ayudara en la tarea de dirigir el país. Ese año se habían producido los primeros problemas de salud del rey.

En ese momento empezó a emerger la figura del príncipe de Gales. A sus diecinueve años ya se había distinguido en campañas contra el caudillo galés Owain Glyndwr (que también tiene su entrada en el blog),  en las que resultó herido y se llevó como recuerdo de la batalla una cicatriz que le acompañaría toda la vida. Además tenía otra gran ventaja: a él no le afectaban las acusaciones de usurpador del trono que su padre debía soportar. Lleno de ideas sobre cómo dirigir el país y con ganas de asumir más protagonismo, formó parte de un consejo de nueve personas designadas para realizar una completa reforma del delicado tema de las finanzas del reino.

Aunque en general la relación entre padre e hijo había sido buena, era inevitable que, a medida que este crecía y trataba de imponer sus criterios se produjeran diferencias entre uno y otro en materia religiosa (estaba en apogeo la herejía lolarda) y en la guerra con Francia.

En 1412 se produjo un hecho significativo. El príncipe fue acusado de haberse apropiado de unos fondos destinados a la guarnición de Calais. Decidido a defenderse, viajó a Londres acompañado de su guardia pretoriana de jóvenes nobles y de multitud de seguidores. Llegó a Westminster, donde la entrevista con su padre, que se prometía tormentosa, terminó con el príncipe reiterando su lealtad al rey y con padre e hijo reconciliados.

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Enrique IV

Las diferencias entre ambos probablemente habrían seguido yendo a más si no hubiese sido porque el estado de salud del rey empeoraba a pasos agigantados. Murió el 20 de marzo de 1413.

La subida al trono supuso para Enrique de Monmouth algo más que lucir una corona y pasar a llamarse Enrique V. Durante los últimos años del reinado de su padre había llamado la atención por su conducta disoluta, pero tras subir al trono se produjo una transformación radical en su comportamiento. La causa de esta hay que buscarla en el cambio que suponía asistir impotente al freno que su padre ponía a todas sus ideas e iniciativas de gobierno a verse de la noche a la mañana en disposición de llevarlas a cabo sin un poder superior que se le opusiera.

A sus veinticuatro años era un líder natural en el gobierno y en el campo de batalla, estaba dotado de la vitalidad del primer Plantagenet y la fuerza y atractivo físico de alguno de sus más ilustres predecesores. Su gobierno fue firme sin ser tiránico, era un administrador competente, promovía importantes recaudaciones de impuestos pero sin malgastar el dinero público y mantuvo buenas relaciones tanto con los nobles como con el Parlamento.

Enrique V puso sus ojos en el que era su gran objetivo: la tregua firmada por Ricardo II con Francia finalizaba en mayo de 1415 y el rey estaba decidido a retomar las pretensiones familiares al trono de Francia iniciadas por su bisabuelo Eduardo III. Envió mensajeros a Carlos VI de Francia reclamando su derecho a ser reconocido como heredero de la Corona francesa o, al menos, que le fuesen devueltas las históricas posesiones familiares de los Plantagenet reconocidas a los reyes ingleses en el tratado de Bretigny (1360) en el sur y el oeste francés, volviendo a reclamar el título de duque de Normandía. También solicitaba la mano de la hija del rey, Catalina de Valois, que debería venir acompañada con una generosísima dote nupcial.

En marzo de 1415, el delfín (heredero de la Corona francesa) envió un mensaje a Enrique V en el que, además de mofarse de su juventud, le decía que difícilmente podía aspirar a la Corona francesa cuando ni siquiera era el legítimo rey de Inglaterra. Era una poco disimulada declaración de guerra.

Enrique V partió de Southampton y puso pie en Francia el 14 de agosto de 1415. Su primer objetivo era hacerse con el histórico ducado de Normandía, perdido en su día por Juan Sin Tierra, y empezó poniendo sitio a Harfleur, pero le llevó más de un mes tomar la ciudad, mientras la pestilencia de las cercanas marismas hacía mella en su ejército, que se vio diezmado. Enrique tuvo que cambiar su plan de lanzarse a la invasión de Normandía, envió a los enfermos y heridos a casa y se dirigió hacia Calais.

En principio se trataba de un viaje que debería llevar unos ocho días. Pero los franceses habían destruido todos los puentes y vados para atravesar el caudaloso río Somme, por lo que los ingleses debieron dar un largo rodeo que implicaba recorrer el doble de la distancia inicialmente prevista, lo que les llevaría también idéntica cantidad de tiempo. A pesar de haber recibido algunos refuerzos, el ejército inglés se vio reducido de los alrededor de diez mil hombres que lo formaban inicialmente a algo menos de siete mil soldados, débiles, hambrientos, enfermos y agotados por las largas marchas a los que eran sometidos para llegar a Calais antes de ser alcanzados por el ejército que los franceses habían enviado en su búsqueda. Pero fue inútil. El 19 de octubre, el último de los ingleses logró cruzar el Somme. El ejército francés ya se encontraba al otro lado del río y se interponía en su camino a Calais.

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Batalla de Agincourt

Enrique V se dio cuenta de que no le iba a ser posible llegar y se dispuso a presentar resistencia en el lugar desde el que mejor podía aprovechar la orografía para presentar batalla. Este lugar se llamaba Agincourt y allí se encontraron el 25 de octubre de 1415 el agotado, enfermo y hambriento ejército inglés de siete mil hombres con un descansado y bien alimentado ejército francés de más de veinte mil soldados, la flor y nata de la aristocracia, la caballería y la infantería francesa. Los arqueros ingleses volvieron a destrozar al ejército francés, ganándose definitivamente la fama de ser el más odiado enemigo de los franceses.

Tras una larga e intensa batalla se impusieron los ingleses, que sufrieron menos de mil bajas. En el lado francés murieron más de doce mil hombres, pero estas pérdidas no solo resultarían letales en los años siguientes por su número, sino por la calidad de las mismas, ya que entre los fallecidos había tres duques, cinco condes, más de noventa barones y unos dos mil caballeros.

Después de la aplastante victoria en Agincourt, Enrique V retomó las negociaciones en una posición ventajosa. Pero, a pesar de la mediación del emperador Segismundo, el diálogo con Francia era complicado, con el rey mentalmente enfermo y el delfín tan obsesionado con vengar la humillación padecida en el campo de batalla, que procedió a bloquear el acceso inglés más allá de lo conquistado. Pese a todo, en 1416 las fuerzas navales inglesas consiguieron derrotar a los barcos franceses y rompieron el bloqueo marítimo.

Enrique pidió y obtuvo del Parlamento, en octubre de 1416, un impuesto para retomar la campaña en Francia. Desembarcó nuevamente en agosto de 1417 y fue apropiándose de toda Normandía y tomando ciudades importantes como Caén (septiembre de 1417), la ciudad natal de Guillermo el Conquistador, Falaise, (1418) y finalmente la capital, Ruán, que resistió el sitio seis meses antes de caer (enero de 1419). El inglés recuperó así toda Normandía y dejó claro que había vuelto a Francia para quedarse y que no había fuerza francesa que pudiera oponerse a su ejército. Empezó a distribuir tierras en Normandía entre sus seguidores.

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Catalina de Valois

Se abrieron negociaciones entre Enrique V y el rey francés Carlos VI, al que acompañaban su hijo, el delfín, y el duque de Borgoña, que intervino como mediador entre las partes. Se retomó el proyecto de casar a Enrique V con la hija del rey Carlos VI, Catalina de Valois, y designar a ambos como herederos del rey francés y regentes en su nombre debido a su incapacidad. El hecho de que el duque de Borgoña fuese asesinado cuando se encontraba en misión en la corte del delfín hizo que las sospechas recayeran sobre este y allanó el camino de Enrique V, que se plantó sin oposición a las puertas de París y reclamó la corona francesa.

Tras arduas negociaciones, en la primavera de 1420 se firmó el Tratado de Troyes por el que se reconocía a Enrique V como heredero al trono francés y se acordó sumatrimonio con Catalina de Valois. En diciembre del mismo año la pareja entró triunfalmente en París, el Parlamento francés ratificó el Tratado de Troyes y apartó al delfín de la sucesión al trono por su incapacidad para responder satisfactoriamente de los cargos relativos a la muerte del duque de Borgoña. De esa forma, a la muerte del rey Carlos VI serían gobernados por el mismo monarca los reinos de Francia e Inglaterra, aunque ambos países que seguirían conservando su derecho, sus libertades, sus costumbres y sus leyes.

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Carlos VII de Francia

No todo fueron parabienes tras el Tratado de Troyes. Muchos franceses no aceptaban ser gobernados desde Londres y se agruparon en torno al delfín (el futuro Carlos VII) que retenía en su poder extensas posesiones en el centro y el sur del país. Muchos ingleses recelaban de los costes económicos y políticos de verse involucrados en los asuntos franceses. De hecho, sendos parlamentos en 1420 y 1421 negaron a Enrique V los fondos necesarios para seguir financiando sus campañas en Francia.

Enrique V y su esposa Catalina de Valois viajaron a Inglaterra, donde ella fue coronada reina en febrero de 1421 y la pareja tuvo un hijo en diciembre de ese mismo año. Enrique había dejado como representante en Francia a su hermano el duque de Clarence, pero no todo el país estaba pacificado. Seguían existiendo zonas dominadas por el delfín y otras por el duque de Borgoña. Precisamente, en un enfrentamiento con las fuerzas leales al delfín en Bougé el 22 de marzo de 1421, Clarence resultó muerto y Enrique tuvo que regresar a Francia para hacerse cargo personalmente de sus asuntos allí. Enrique pasó el invierno en un largo y complicado asedio a la ciudad de Meaux, que capituló en mayo de 1422, y Catalina se le unió en Francia dejando a su hijo en Inglaterra. Pero Enrique V había caído enfermo, probablemente de disentería, y falleció en Vincennes el 31 de agosto de 1422.

Puede ponerse en duda si el reinado de Enrique V fue un glorioso período de conquista y consolidación o si se trató de la egoísta aventura de un rey en busca de la gloria personal, que no estaba destinada a durar en el tiempo (según Roy Strong, «…de alguna forma, si Enrique V no hubiese retomado la guerra con Francia, hubiera sido un rey todavía más grande»). Pero lo que es indudable es que su reinado constituyó un período de afirmación de la identificación inglesa más allá de la gloria de Agincourt: todos los documentos oficiales de su reinado empezaron a redactarse en inglés en 1410. Las cartas del propio monarca también se escribieron en inglés, así como documentos de los gremios del país. También en el ámbito civil generalizó el uso de términos como Anglia nostra,y en el religioso, el arzobispo de Canterbury hablaba de «la Iglesia de Inglaterra».

La muerte de Enrique V supuso un vuelco absoluto a la gloriosa situación que se presentaba para los intereses ingleses. El héroe guerrero de Agincourt había sido designado heredero de la Corona francesa y se encontraba en posición de hacer realidad el sueño que ni siquiera el iniciador de la guerra de los Cien Años, Eduardo III, había creído posible: unificar bajo su mando las Coronas de Francia e Inglaterra e iniciar una nueva era para ambos países.

Su prematura muerte dejaba sin efecto todos estos ambiciosos proyectos, y el hecho de que sólo hubiera tenido tiempo de engendrar un hijo y que este ni siquiera tuviera un año cuando su padre murió, suponía un gravísimo freno en las aspiraciones inglesas sobre Francia… pero esa es otra historia, parte de ella narrada en la entrada del blog dedicada a Catalina de Valois,

Imagen| Wikimedia Commons/ Archivo del autor

Fuente| Daniel Fernández de Lis. Los Plantagenet. 

 

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