La muerte de Humphrey de Gloucester y el origen de la guerra de las Rosas

Un 23 de febrero, del año 1447, muere en extrañas circunstancias Humhprey de Gloucester. No parece que tenga mucho sentido afirmar que el fallecimiento de un personaje poco conocido y que tuvo lugar ocho años antes del inicio del conflicto dinástico conocido como guerra de las Rosas tuvo enorme relevancia en el origen de dicho conflicto, pero en el caso de la muerte de Humphrey de Gloucester esta afirmación no es ni mucho menos descabellada.

Humphrey de Gloucester era uno de los tres hermanos del rey de Inglaterra Enrique V, segundo monarca de la casa Lancaster, una de las ramas de la dinastía Plantagenet. Enrique V consolidó en el trono a los Lancaster tras un reinado, el de su padre Enrique IV, marcado por las dudas sobre su legitimidad para ceñir la corona y por la oposición de muchos de sus nobles. Un elemento fundamental en el prestigio de Enrique V que le permitió asentar firmemente la corona en su cabeza fue la victoria sobre los franceses en la famosa batalla de Agincourt en 1415. 

Enrique V
Enrique V

 

Este enfrentamiento dejó tan debilitados a los franceses, que unos años después el rey Carlos VI firmó el tratado de Troyes por el que concedía a Enrique V de Inglaterra la mano de su hija Catalina de Valois y le nombraba su heredero al trono francés. Pero este brillante futuro que prometía la unificación de las coronas de Francia e Inglaterra en la persona del héroe de Agincourt, se frustró cuando Enrique V murió en 1422, poco antes de que también lo hiciera Carlos VI de Francia.

Aunque en teoría los derechos tanto al trono inglés como al francés pasaron al hijo de menos de un año de edad de Enrique V y Catalina de Valois, Enrique VI, y aunque este llegó a ser coronado tanto rey de Inglaterra en Westminster como rey de Francia en París, su edad y la lucha por el poder a un lado y a otro del canal de la Mancha  hicieron que terminara perdiendo ambas coronas. 

Enrique VI

Enrique VI

Enrique V había dejado en su testamento los asuntos de Francia en las competentes manos de su hermano John de Bedford, sobre quien no existía ninguna duda de que era el hombre ideal para el cargo. Pero no es este el objeto de esta entrada. 

Más problemática era la cuestión en Inglaterra, donde incluso el término utilizado para referirse a las tareas a desarrollar por su otro hermano Humphrey de Gloucester (tutela) generaba dudas sobre si se refería solo a la educación y crecimiento de Enrique VI o también a una regencia de los asuntos de gobierno sin responder ante nadie más que el propio rey. Gloucester era un hombre apreciado en general en Inglaterra, culto, mecenas y con formación humanística, además de veterano de Agincourt y con una esposa, Jacqueline de Henao, muy querida por el pueblo inglés. Pero también generaba celos y desconfianza en parte de los magnates del reino, incluido su hermano Bedford, que pensaban que la imagen que proyectaba Gloucester era mera fachada para ganarse la popularidad, pero que no tenía el carisma militar ni político necesarios para gobernar.

Por eso, en el primer Parlamento del reinado de Enrique VI se limitaron sus títulos y sus poderes: no sería regente, gobernador o lugarteniente real, sino «Protector y Defensor del reino de Inglaterra y de la Iglesia inglesa y principal consejero del rey». Es decir, que habría un consejo que controlaría sus acciones y, además, estaría subordinado a su hermano John de Bedford, de forma que sus facultades las ejercería solo cuando Bedford estuviese ausente de Inglaterra. Esto fue un golpe para Gloucester, pues implicaba que no era considerado (ni siquiera por su hermano) apto para gobernar Inglaterra independientemente. Pero ni rechazó el cargo con las limitaciones impuestas ni se planteó rebelarse contra su situación. Seguramente primó en él darse cuenta de la necesidad de mantener el país en paz y concordia hasta que Enrique VI estuviese en condiciones de hacerse cargo del gobierno.

Durante los siguientes años se desarrolló una cruda lucha por el poder en Inglaterra entre Humphrey de Gloucester y otras figuras prominentes de la nobleza inglesa, principalmente su tío el cardenal Henry Beaufort (hermanastro de Enrique IV) y el favorito de Enrique VI una vez que alcanzó la mayoría de edad, William de la Pole, duque de Suffolk. 

De la Pole había sido el artífice del tratado de Tours  en el año 1444, que supuso el principio del fin del dominio inglés en Francia. Era previsible una gran oposición en Inglaterra contra un acuerdo que suponía ceder de un plumazo y casi sin contraprestación buena parte del territorio continental dominado por los ingleses tras la gran victoria de Agincourt. Y era también previsible que el principal portavoz de esta oposición fuese el hermano del héroe de la famosa batalla, Humhprey de Gloucester. 

Así las cosas, en febrero de 1447, se celebró una sesión del Parlamento en Bury St. Edmunds, en la que se requirió la presencia de Humphrey de Gloucester. El traslado del lugar de celebración de la sesión, en pleno territorio de influencia de Suffolk y alejado de lugares como Londres o Cambridge (lugar inicialmente previsto) donde Gloucester era extremadamente popular, no auguraba nada bueno para Humphrey.

El duque era un elemento de extraordinaria preocupación para Suffolk. Cuando se empezara a hacer efectiva la devolución de los territorios continentales con las catastróficas consecuencias que se preveían, su voz sería la que más alto se alzara para criticar a todos los que hubiesen tenido algo que ver con la maniobra.

Además, todavía estaba previsto que Enrique VI y su esposa Margarita de Anjou viajaran a Francia a reunirse con Carlos VII, y en esas circunstancias el gobierno en Inglaterra quedaría en manos de Gloucester, una situación extremadamente peligrosa desde el punto de vista de los partidarios de la paz.

Corrieron rumores de un intento de asesinar al rey y de que a Gloucester se le iba a acusar de traición. A pesar de que retrasó su llegada, cuando lo hizo fue arrestado y encarcelado. Cinco días después de su arresto, el 23 de febrero, sufrió un ataque en prisión y falleció. Las sospechas de envenenamiento se extendieron rápidamente. Aunque no hay constancia de lo realmente ocurrido parece que se trató de una muerte natural por un ataque al corazón.

Su muerte previa al juicio impide saber qué pruebas se iban a presentar sobre su supuesta implicación en un complot para matar a su sobrino, una acusación que no cuadra con los hechos de Gloucester durante toda su vida. Más parece que las acusaciones de traición fueron urdidas por Suffolk para silenciar las críticas de Humphrey a los acuerdos alcanzados sobre Francia.

Siendo importante en sí el fallecimiento de una de las figuras clave de la política inglesa de los veinticinco años previos a su muerte, su relevancia histórica excede con mucho de la simple pérdida de su vida. Muchos autores consideran que fue su deceso lo que puso en marcha la cadena de acontecimientos que desembocó en la guerra de las Rosas.

Humphrey de Gloucester era un hombre ambicioso. A pesar de que en años posteriores se difundió una imagen idílica de él (el «buen duque de Gloucester»), se trató de una figura con muchos defectos y algunas virtudes. En los últimos años de su vida encabezó el partido que se oponía a las decisiones de Enrique VI, especialmente en lo relativo a la guerra con Francia.

Hugh Bonneville como Humphrey de Gloucester en la serie The Hollow Crown

Pero, por muy crítico que Gloucester fuese con el rey, este era el hijo de su hermano Enrique V y el propio Humphrey era miembro de la casa Lancaster, por lo que en ningún momento se le pasó por la cabeza poner en duda la legitimidad de Enrique VI como rey de Inglaterra.

Muerto Humphrey de Gloucester, sin embargo, los ojos de los descontentos con el reinado de Enrique VI se dirigieron de inmediato a su sustituto natural como líder de esta facción y presunto heredero de la corona si Enrique VI no tenía descendencia: Ricardo, duque de York.

Y Ricardo no era un Lancaster; es más, era el descendiente directo de las líneas de sucesión del segundo y del cuarto hijo de Eduardo III. Y, por tanto, era cuestión de tiempo que planteara la cuestión que había quedado sin resolver cuando Enrique IV depuso a Ricardo II: que para él, como descendiente de Lionel de Amberes y de Edmundo de Langley, su derecho al trono era mejor que el de Enrique VI, descendiente de Juan de Gante.

Además, Ricardo de York tenía todo lo que a Enrique VI le faltaba. Había demostrado sus capacidades como gobernante en lugares complicados como Normandía y tenía varios hijos e hijas de su unión con Cecily Neville que garantizaban la continuidad de la línea sucesoria de la casa de York, mientras Margarita de Anjou no daba señales de proporcionar a Enrique VI un heredero para la casa de Lancaster.

En palabras de Dan Jones, al plantearse las dudas sobre la capacidad de Enrique VI para sentarse en el trono, «a la crisis de autoridad se añadió una crisis de legitimidad cuando los yorkistas empezaron a argumentar que su derecho a gobernar no era solo un problema de competencia (del rey) sino que lo llevaban en su sangre».

Y efectivamente, unos años después, tras una serie de circunstancias que fueron erosionando la figura de Enrique VI y aglutinando a dos partidos enfrentados irremediablemente, el conflicto estalló en la conocida como guerra de las Rosas… pero esa es otra historia, narrada en detalle en el libro que ha servido como fuente a esta entrada: Lo que Shakespeare no te contó de la guerra de las Rosas, de Daniel Fernández de Lis. 

Imagen| Wikimedia Commons

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