¿Quién no ha disfrutado alguna vez con las historias del mítico rey Arturo y sus nobles caballeros? La espada Excalibur en la piedra que solo el rey de Inglaterra podría sacar, la magia de Merlín, la Tabla Redonda del castillo de Camelot donde Arturo y sus caballeros narraban sus hazañas salvando a doncellas o combatiendo a monstruos y malvados, la búsqueda del Santo Grial, la traición de Ginebra y Lanzarote… Según la leyenda, Arturo fue herido de muerte por su hijo Mordred en la batalla del Monte Badon y Merlín lo protegió con un hechizo y lo trasladó a la isla de Avalon, donde espera para volver en un momento de gran necesidad de su país y conducirlo a la victoria contra los invasores.

No es objeto de esta entrada desentrañar qué hay de leyenda y qué de realidad en el mito de Arturo. Baste decir que parece que en el origen de las narraciones su figura (desprovista de castillos, tablas redondas y Lanzarotes) procede de un caudillo britano, posiblemente de ascendencia romana, que entre los siglos V y VI contuvo durante un tiempo las invasiones de Britania por parte de las tribus sajonas. Finalmente estas se hicieron con el dominio de la isla y arrinconaron a los antiguos habitantes en el sudoeste de Britania, en la actual Gales.

Cuando el rey de Inglaterra Eduardo I invadió Gales se preocupó de volver a enterrar los supuestos restos del rey Arturo en Glastonbury, historia narrada en una entrada del blog. Dado que los galeses eran descendientes de los britanos y los ingleses de los sajones, Eduardo I dejó claro que Arturo estaba muerto y enterrado y no iba a retornar para llevar a la victoria a los britanos, ahora galeses.

Durante el reinado de los diferentes monarcas de la dinastía Plantagenet fueron numerosos los intentos de los galeses de sacudirse el dominio inglés. El último gran rebelde galés fue Owain Glyndwr, que inició una revuelta contra Enrique IV de Inglaterra en 1401 y al que sus compatriotas otorgaron por última vez para uno de los suyos el título de príncipe de Gales. En los momentos más favorables de su rebelión, Owain dominó más territorios que ningún otro gobernante galés desde Llywelyn El Grande y su amenaza se hizo más patente cuando en 1405 unió sus fuerzas con los principales opositores ingleses al rey Henry Percy y Edmund Mortimer.

Sin embargo, a partir de 1410, la rebelión empezó a perder fuerza, entre otras causas por la pérdida de apoyos en Francia y Escocia, y desde 1412 se pierde la pista del líder de la misma. Algunas fuentes, en concreto Adam de Usk, afirman que en 1415 Owain «tras cuatro años de esconderse del rey, murió y fue enterrado por sus seguidores en la oscuridad de la noche». Lo cierto es que Owain Glyndwr fue el último galés que se proclamó príncipe de Gales y que lideró una rebelión contra Inglaterra destinada a recuperar la identidad nacional, y es considerado en Gales un símbolo nacional.

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Residencia de la familia Tydyr y casa natal de Owain Tydyr en Penmynydd (Gales)

Entre los parientes y seguidores de Owain Glyndwr se encontraba su primo Owain Maredudd ap Tydyr. De su matrimonio había nacido en el año 1400 un niño al que llamaron como su padre. Años después Owain ap Maredudd ap Tydyr se incorporó a las fuerzas galesas que acompañaban al nuevo rey inglés Enrique V. Este monarca había tenido gran éxito en sus campañas en Francia dentro de la guerra de los Cien Años que le condujeron a la gran victoria de Agincourt (1415) y a la firma del tratado de Troyes (1420) por el que, entre otras cosas, se le concedió la mano de la hija del rey de Francia Catalina de Valois.

Pero Enrique V murió solo dos años después, en 1422. Catalina, que había tenido un hijo con él (Enrique VI), se retiró de la vida pública. Pero entre las personas que se pusieron a su servicio se encontraba el galés Owain ap Maredudd ap Tydyr. Entre él y la reina viuda surgió el amor y tuvieron varios hijos. Parece que se casaron en secreto, aunque no existen pruebas que lo acrediten. En un momento dado, los amanuenses ingleses cambiaron el nombre al galés por el más comprensible para los ingleses de Owen Tudor.

Los hijos de la pareja, galeses por parte de padre, eran hermanastros del rey Enrique VI que los involucró en la política del país y les concedió cargos e importantes matrimonios. Uno de estos hijos, de nombre Jasper, fue nombrado conde de Pembroke y se le otorgó la mano de una joven de la familia real, Margaret Beaufort.

Los Tudor y los Beaufort fueron uno de los principales apoyos de Enrique VI en la guerra de las Rosas, pero cuando en 1471 fueron derrotados por su rival Eduardo IV en Tewkesbury y tanto Enrique VI como si único hijo fallecieron, Margaret Beaufort huyó a Francia con el hijo que había tenido con su marido galés, al que llamó Enrique. Se habían convertido en la cabeza del bando de los Lancaster en la guerra por el trono inglés, pero tendrían que esperar su momento.

Este momento llegó en 1485, cuando después de la muerte de Eduardo IV subió al trono su hermano Ricardo III. El gobierno de este había generado bastante descontento, especialmente por su maniobra contra los hijos de su hermano, a los que encerró en la Torre de Londres e hizo declarar ilegítimos para hacerse con el trono. El destino de los jóvenes príncipes de la Torre ya ha sido tratado aquí y no me detendré ahora en ello.

Como decía, en 1485 Enrique Tudor vio llegado el momento de hacerse con el trono y viajó desde Francia. Su desembarco en las islas británicas al mando de una pequeña fuerza de mercenarios franceses se produjo en la tierra galesa de sus ancestros por línea paterna, en Milford Haven. Allí, los primeros en unirse a su ejército fueron galeses. La conclusión de la historia es bien conocida: el 22 de agosto de 1485 Enrique Tudor derrotó a Ricardo III en la batalla de Bosworth y se proclamó rey de Inglaterra.

Hay quien vio en la victoria del hijo de un galés procedente de la Gales a la que los britanos se vieron forzados a retirarse tras la conquista sajona de la isla sobre el rey que ocupaba el trono histórico de los sajones en Londres, el cumplimiento de las profecías sobre el regreso triunfal del rey Arturo. Es cierto que Arturo es un personaje de leyenda, que Enrique Tudor solo tenía una cuarta parte de sangre galesa y que Ricardo III no representaba a una dinastía sajona sino normanda, pero también es verdad que a veces no es malo adornar la Historia con algo de justicia poética. Y si además de esta forma conocemos algo más sobre el origen galés de la dinastía Tudor, miel sobre hojuelas  ¿No os parece?

Imagen| Enrique VII Wikimedia commons

Fuentes|

Peter Ackroyd. A History of England Volume I (Foundations).Ed. McMillan, Londres. 1ª edición (2011)
Derek Wilson. The Plantagenets, The Kings That Made Britain. Quercus Edition Ltd., Londres. Edición ebook (2014)

Matthew Lewis. Richard, Duke of York: King by Right.Amberley Publishing, Stroud. 1ª edición (2016)

Dan Jones. Secrets of Great British Castles: Caernarfon. (Documental).