Una lápida recuerda el lugar donde tuvo lugar la masacre de Sand Creek

Mi generación creció con las películas de indios y vaqueros en las que sufridos grupos de colonos o de trabajadores del ferrocarril eran perseguidos por hordas de aullantes salvajes de piel roja hasta que en el último momento era salvados por la corneta de anunciaba la llegada de los soldados (“el séptimo de caballería”). Paulatinamente esta injusta e irreal visión del conflicto indio fue cambiando, los nativos se fueron humanizando y las películas empezaron a reflejar el punto de vista indio: que ellos llevaban siglos viviendo en su tierra, en armonía con la naturaleza y con sus propios mitos y creencias y que de repente todo su mundo se vino abajo como consecuencia de la llegada del hombre blanco, que destrozaba sistemáticamente el entorno y los recursos naturales y muchas veces profanaba territorios sagrados de los indígenas.

 Durante las llamadas “guerras indias” se produjeron diversos acontecimientos vergonzosos y lamentables. De alguno de ellos ya hemos hablado en este blog (Wounded Knee) y otros los tenemos pendientes (la muerte de Caballo Loco). Sin embargo, si hubo un episodio vergonzoso que ha pasado a la Historia como sinónimo de injustificada masacre de inocentes y que supuso ya en su momento, y supone todavía hoy un oprobio para el ejército estadounidense, este fue la conocida como “masacre de Sand Creek”.

 Sand Creek era un pacífico poblado situado a 40 millas de Fort Lincoln. Los cheyennes y arapahoes que lo habitaban habían recibido de las fuerzas militares de Fort Lincoln garantías de que podían pasar el invierno en paz en Sand Creek y que los hombres del poblado podían salir de caza a por provisiones para el invierno.

Pero la llegada a Fort Lincoln del mayor Scott Anthony el 5 de noviembre de 1864 estaba destinada a cambiar drásticamente el destino de los habitantes del poblado. Tras reunirse con los jefes de los cheyennes y arapahoes, garantizarles nuevamente su seguridad y animarles para que se dedicaran a la caza del búfalo, escribió a sus superiores comunicando la presencia de “una banda de indios” a cuarenta millas del fuerte y pidiendo refuerzos.

Los refuerzos consistieron en seiscientos hombres al mando del coronel John Chivington, de infausto recuerdo. Cuando llegó a Fort Lincoln y Anthony le puso al tanto de la situación, Chivington preparó con sus oficiales un ataque a Sand Creek.

Alguno de ellos le hizo ver su oposición a sus planes por tratarse de un poblado pacífico al que se les había garantizado su seguridad por sus predecesores en el mando y que un ataque así sería un asesinato y un deshonor contra el uniforme que vestían. Chivington les acusó de ser amigos de los indios y les contestó:”yo he venido aquí a matar indios y créanme cuando les digo que a los ojos de Dios cualquier medio para llevarlo a cabo es apropiado y honorable”. Los oficiales contrarios tuvieron que acompañar a la expedición, bajo amenaza de consejo de guerra.

 Así las cosas, el 29 de noviembre de 1864 una columna de más de setecientos hombres al mando de Chivington llegó a Sand Creek. Se estima que en el poblado había alrededor de seiscientas personas entre cheyennes y arapahoes, de los cuales dos terceras partes eran mujeres y niños. La mayoría de los guerreros, confiados en las palabras de Anthony y siguiendo sus consejos, se encontraban fuera del poblado cazando búfalos para aprovisionarse de cara al invierno. Los indios ni siquiera habían dispuesto centinelas para vigilar el poblado.

 Chivington ordenó a sus hombres atacar. Los incrédulos, desarmados y asustados indios se arremolinaron alrededor de la tienda del jefe Caldera Negra, que exhibía una bandera americana y afirmaba a su gente que los soldados no les harían daño (un oficial le había asegurado en su día que mientras se encontrase bajo la bandera de EE.UU. ningún militar le dispararía). Para mayor seguridad, Caldera Negra izó también una bandera blanca junto a la americana. Por su parte, el jefe arapahoe Mano Izquierda decía a sus hombres que no atacasen a los soldados blancos, porque eran amigos.

 Sin embargo los soldados (muchos de ellos en claro estado de embriaguez) hicieron caso omiso de todas estas señales y atacaron y dispararon indiscriminadamente y a sangre fría a hombres (los pocos que había), mujeres y niños sin preocuparles que estuvieran desarmados y alrededor de una bandera blanca y de otra americana. Además se enseñaron con los cadáveres, mutilando y cortando la cabellera a muchos de ellos. Al final de la “batalla” 105 mujeres y niños indios y 28 guerreros habían sido asesinados. La falta de disciplina, el alcohol y la sed de ensañamiento con los cadáveres de los soldados permitieron a muchos indios huir y se piensa que disparos propios fueron la causa de la mayoría de las bajas de los militares estadounidenses (9 muertos y 38 heridos).

Las noticias de lo ocurrido en Sand Creek corrieron como la pólvora entre las tribus indias y encendieron la llama de la guerra entre sioux, cheyennes y arapahoes. Entre otros, el coronel Fetterman y el general Custer (en la famosa batalla de Little Big Horn) pagaron las consecuencias de la ira de los guerreros indios por la masacre de Sand Creek.

Las noticias también se difundieron rápidamente entre los blancos. A la euforia inicial por lo que Chivington trató de vender como una gloriosa victoria militar siguió una ola de recriminaciones y vergüenza cuando se hicieron públicos los primeros testimonios del horror, la masacre, las mutilaciones y el ensañamiento. Incluso se creó un comité en el Senado para investigar los hechos, que destituyó a Chivington, aunque no le condenó a ninguna pena. En todo caso, desde entonces en la Historia de Estados Unidos el nombre de Chivington es sinónimo de infamia.

Como en otros artículos relacionados con los indios americanos, quien quiera conocer en detalle la historia de Sand Creek puede leer el exhaustivo y emotivo libro de Dee Brown Enterrad mi corazón en Wounded Knee.

Imagen| Sand Creek