En algunas entradas del blog hemos hablado de diferentes episodios de las conocidas como guerras indias del siglo XIX (Sand Creek, Little Big Horn, Wounded Knee). Con mayor o menor justificación, las muertes producidas en estos episodios tenían en común que sucedieron durante campañas bélicas entre los nativos y los blancos y se produjeron en enfrentamientos entre unos y otros.

Sin embargo, lo ocurrido en Mankato (Minnesota) el 26 de diciembre de 1862 fue algo completamente diferente. 38 miembros de la tribu santee de los sioux fueron ahorcados tras ser sometidos a “juicio” y condenados a muerte. El ahorcamiento de Mankato ostenta el triste récord de ser la mayor ejecución en grupo de la historia de Estados Unidos y es una de esas heridas en el orgullo de los nativos norteamericanos que es difícil de cerrar.

Los santee eran una tribu sioux que habitaba los bosques de los actuales estados de Minnesota y Dakota. Se calcula que en los diez años previos a la Guerra de Secesión se más de 150.000 colonos blancos irrumpieron en el territorio de los santee, poniendo en peligro su modo de vida y su medio de subsistencia. Como parte de los tratados entre el gobierno de Estados Unidos y las tribus indias, los santee fueron instalados en una reserva que ocupaba una décima parte de su anterior territorio y que corría paralela al río Minnesota.

La historia de lo acontecido con los sioux santee no fue única en las relaciones entre los indios y los blancos en los Estados Unidos del siglo XIX. Los indios fueron engañados con la promesa de la paz y de que el gobierno les proveería de los alimentos y de los suministros necesarios para sufrir las consecuencias de la cesión de sus tradicionales territorios de caza, pesca, cosecha, agua y bosques. Sin embargo, los agentes encargados de proveer a los indios de los fondos necesarios para adquirir tales suministros hacían negocio. Les vendían las mercancías a crédito que luego se cobraban con leoninos intereses al llegar las siguientes remesas de fondos, lo que a la larga hacía imposible que los indios tuvieran dinero para seguir comprando suministros; o  directamente vendían las mercancías destinadas a los indios a los colonos blancos de la zona y privaban de ellos a los nativos de las reservas.

En el verano de 1862, tras una larga sequía, los sioux santee decidieron salir de su reserva para proveerse de los necesarios alimentos prometidos por los blancos para evitar que sus familias muriesen de inanición. Uno de los jefes de los santee era Pequeña Corneja. Había visitado Washington para la firma de los tratados y conocido al presidente Buchanan. Había modificado sus hábitos de vestimenta, construido una casa e incluso se había unido a la iglesia episcopal. En julio de 1862 se dirigió a la agencia india de Medicine River para recibir los fondos anuales acordados y así comprar la mercancía depositada en los almacenes de la agencia, pero los fondos no llegaron y corrió la especie de que el gobierno los había destinado a su esfuerzo bélico en la guerra contra el Sur.

Pequeña Corneja y otros jefes pidieron explicaciones a los representantes de la agencia y solicitaron que se les entregasen los suministros del almacén, pero la respuesta que recibieron del agente Galbraith fue que solo se les entregarían si llegaba el dinero para pagarlos y ordenó a las tropas proteger los almacenes. La tensión entre los indios y los soldados se alivió solo cuando el hombre a cargo de las tropas convenció al agente Galbraith de que entregara a los indios carne de cerdo y harina y que aguardara a la llegada del dinero para cobrar por ello.

Pero las cosas marcharon de manera muy diferente en la otra agencia, sita en Redwood. A pesar de que en Medicine River se había comprometido a alcanzar el mismo acuerdo en Redwood, una vez allí Galbraith se negó a entregar las mercancías a los hambrientos indios. La petición de Pequeña Corneja de recibir el mismo trato que en Medicine River fue contestada por uno de los mercaderes a cargo de los almacenes (“por lo que a mí respecta, si tienen hambre que coman hierba o sus propias heces”) soliviantó a los nativos.

El 17 de agosto de 1862, cuatro jóvenes guerreros santee asaltaron una granja de colonos en busca de alimentos y mataron a tres hombres y dos mujeres. Los santee decidieron anticiparse a la segura reacción que este hecho iba a provocar en los blancos y atacaron la agencia de Redwood. Se llevaron la mercancía allí almacenada, mataron a 20 hombres (entre ellos el mercades que les había despreciado días antes, que apareció con la boca llena de hierba), capturaron a varias mujeres y niños y quemaron las dependencias.

A continuación, unos 400 guerreros santee trataron de tomar el cercano Fort Ridgely, pero fracasaron. Sin embargo, la rebelión había prendido la mecha del descontento y el día 22 de agosto alrededor de mil indios se encontraban en abierta rebelión, por lo que decidieron volver a intentar tomar el fuerte. Pero fueron nuevamente rechazados, no sin que antes bandas de jóvenes guerreros atacaran a los indefensos colonos circundantes, asesinando a muchos de ellos; y los indios tampoco consiguieron hacerse con la ciudad de New Ulm, aunque dejaron allí más de cien muertos y considerables destrozos.

Sin embargo, los refuerzos estaban en camino. Y no estaban dirigidos por cualquiera, sino por el coronel Henry Sibley, que era uno de los principales comerciantes del grupo al que los indios consideraba responsable de haberles engañado con los préstamos concedidos y que había retenido casi 200.000 dólares destinados a los santee. Esto no ayudaba a pacificar la situación y se produjeron varias escaramuzas más antes de que se iniciaran negociaciones entre los santee y los estadounidenses.

Los dos principales problemas para alcanzar la paz eran los cautivos blancos en poder de los indios (el ejército insistía en que fueran liberados antes de cualquier otra medida y los indios se negaban por entender que eran su única garantía de que no fuesen aplastados por los blancos) y las disensiones internas en el bando indio (algunos acusaban a Pequeña Corneja y el consejo de mayores de tibieza y reclamaban mayor contundencia en sus ataques, mientras otros eran partidarios de liberar a los rehenes e iniciar conversaciones de paz). Estos últimos mandaron mensajes al coronel Sibley ofreciéndole llegar a un acuerdo para entregar a los rehenes a cambio de garantizar su inmunidad.

Finalmente esta sería la perdición de los indios. Después de celebrarse un consejo en el que, conscientes que no podían enfrentarse en batalla a la aplastante superioridad numérica y armamentística del ejército, se pusieron de manifiesto las diferentes posturas de los principales líderes de la tribu: Pequeña Corneja y sus fieles huyeron hacia el oeste para unirse a las tribus sioux de las praderas, mientras el resto de los santee permanecieron el el campamento donde izaron bandera blanca y se rindieron a las tropas de Sibley.

Cuando llegó, lo primero que hizo Sibley fue liberar a 107 cautivos blancos y 162 mestizos y ordenar que todos los santee fueran hechos prisioneros hasta que se llevaran a cabo las investigaciones que depuraran las responsabilidades de los participantes en la revuelta. Sibley hizo caso omiso de las protestas de amistad de quienes le habían enviado mensajes de rendición y, tras requerir al resto de los santee para que se personaran en el campamento bajo pena de ser perseguidos a muerte, se dispuso a someter a juicio a los cautivos.

Al desarrollo y conclusión de ese juicio, a las implicaciones políticas de la sentencia (que alcanzaron al propio presidente Lincoln) y a la ejecución del fallo alcanzado dedicaremos la segunda entrada de esta serie.

Fuente| Dee Brown: Enterrad mi corazón en Wounded Knee.