El Pacto de Jaén (1246) y el nacimiento del reino nazarí de Granada

El imperio almohade, que había penetrado en la Península a mediados del siglo XII y que hacia 1172 se había hecho con todos los dominios que habían pertenecido a sus predecesores almorávides, sufrió un duro golpe en julio de 1212 en la batalla de las Navas de Tolosa, donde fueron contundentemente derrotados por las fuerzas combinadas de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra.

Este enfrentamiento supuso un punto de inflexión en el juego de equilibrio entre cristianos y musulmanes en la península ibérica. Un aspecto que demuestra la trascendencia de lo ocurrido en las Navas lo resalta Martínez Diez, quien hace referencia al abandono tras la batalla por los musulmanes y la toma por los cristianos de las fortalezas de Vilches, Ferral, Baños y Tolosa.

Estas cuatro fortalezas permanecerán ya para siempre en manos cristianas, sin que jamás volvieran a caer en poder de los muslimes. Con ellas Castilla pasó a controlar las puertas de Andalucía; jamás volverían los soldados castellanos a encontrar enemigos que les molestaran en los pasos del Muradal o de la Losa.

Aun así, los almohades continuaron durante varios años manteniendo sus posiciones y su fuerza en al-Ándalus. Haría falta una circunstancia excepcional, una crisis sucesoria en el imperio almohade para precipitar la descomposición de su dominio en la Península. Un nuevo califa, Yussuf,  había sucedido al derrotado en Las Navas, el Miramamolín, que había sido asesinado en 1213. Aunque eso produjo cierta inestabilidad en el imperio almohade, la misma no afectó gravemente a al-Ándalus, donde no hubo grandes conquistas cristianas y donde los musulmanes peninsulares seguían combatiendo con bizarría y buen ánimo, lo que demuestra que no lo daban todo por perdido pese al desastre de las Navas de Tolosa.

Pero cuando Yussuf murió sin descendencia en 1224 se abrió una lucha sin cuartel por la sucesión dentro de la familia real que, en lo que afecta a la Península, iba a terminar con el dominio almohade en al-Ándalus en solo unos años. Dos fueron los efectos que esta contienda por el título califal iba a producir en territorio andalusí.

  • Por un lado importantes plazas que habían sido símbolos del dominio musulmán fueron cayendo una a una en manos de los reinos cristianos. Cáceres lo hizo en 1229, Mérida y Badajoz en 1230 y la gran capital del todopoderoso califato omeya, Córdoba, se rindió a Fernando III, rey de Castilla y de León, en 1236.
  • Y por otro lado, diferentes gobernantes de territorios que habían pertenecido al imperio almohade se dieron cuenta de que este se encontraba en las últimas y decidieron tratar de formar sus propios dominios independientes en la Península. Surgieron así en los años siguientes a 1224 las figuras de al-Bayyasi, conocido como el Baezano por tener en esa localidad su centro, Ibn Hud, con su base de operaciones en la zona de Murcia, y Muhammad ibn Nasr (también conocido como al-Ahmar), que fue expandiendo su dominio a partir de su fortaleza de Arjona. 

De estos tres caudillos, dos fueron víctimas de las luchas intestinas entre los musulmanes peninsulares. Al-Bayyasi fue asesinado en Córdoba en 1226, acusado de apoyar con suministros una campaña sobre al-Ándalus del rey de Castilla Fernando III. Ibn Hud sufrió un destino similar en Almería en 1238. Su prestigio inicial se había visto empañado con varias derrotas en el campo de batalla frente a los cristianos y por diversas treguas que firmó con Fernando III a cambio del pago de una descomunal cifra de dinero que, como no podía ser de otra manera, saldría de los impuestos de sus súbditos.

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Busto de Muhammad ibn Nasr en Arjona

Diferente suerte esperaba al tercero de estos líderes andalusíes, Muhammad ibn Nasr, quien poco a poco fue ampliando su zona de influencia desde Arjona y se hizo con Jaén y Porcuna. Tras el asesinato de Ibn Hud controló también Granada y Almería. Pero cuando intentó hacer lo mismo con Sevilla, sus habitantes solicitaron la protección del califa almohade de Marrakech, frenando así su expansión.

Inicialmente Ibn Nasr alternó una política de pactos con Fernando III (se comprometió a no prestar ayuda a Córdoba durante el asedio que precedió a su rendición) con enfrentamientos militares con los cristianos. Así, a finales de 1243 o principios de 1244, aprovechando que la mayoría del ejército castellano se había dirigido a Murcia al mando del infante Alfonso (el futuro Alfonso X), Ibn Nasr atacó las posesiones castellanas al norte de Jaén, consiguiendo una victoria sobre un contingente cristiano dirigido por el hermanastro de Fernando III, Rodrigo Alfonso, en Martos.

Fernando III se dirigió en persona a hacer frente a este desafío y ordenó que el primer ataque se dirigiera contra la fortaleza desde la que había iniciado su carrera Ibn Nasr, Arjona. Antes de que el monarca llegara, sus fuerzas habían devastado todos los alrededores y sitiado la villa. Bastó la presencia de Fernando para que los defensores rindieran Arjona y algunas fortalezas próximas.

El momento decisivo en la historia que nos ocupa se produjo en 1245 cuando Fernando III centró su campaña en un nuevo intento de tomar Jaén, un objetivo que se le había resistido en diversos asedios, lo que le había causado un alto coste en vidas humanas y recursos destinados a su conquista. En esta ocasión, la defensa de la plaza corría a cargo de Muhammad ibn Nasr.

Para el asedio iniciado en julio, al que precedió la pertinente tarea de devastación de los alrededores de la ciudad y de toda la vega hacia Granada, convocó a sus hijos Fadrique y Enrique y también llamó a Alfonso a unirse a sus fuerzas una vez que había tomado Cartagena.

El asedio se prolongó todo el invierno, en unas condiciones climatológicas muy duras tanto para defensores como para sitiadores. A finales de febrero de 1246, Ibn Nasr, viendo que esta vez los cristianos estaban dispuestos a continuar con el asedio el tiempo que fuera necesario y que no volverían a levantar el sitio como en anteriores ocasiones, se convenció de la inutilidad de la resistencia y acordó con Fernando III la rendición de la plaza, con la usual condición de que sus habitantes pudieran vender sus bienes y abandonar la ciudad. Las escenas sucedidas en Jaén una vez entregada a los castellanos no fueron muy diferentes de las que diez años antes habían tenido lugar en Córdoba.

Pero el pacto entre Fernando III y Muhammad ibn Nasr iba todavía más allá. El señor de Granada aceptaba convertirse en vasallo del rey de Castilla y de León, en el conocido como Pacto de Jaén. Ibn Nasr besó la mano de su nuevo señor y le juró fidelidad como vasallo suyo por todas sus posesiones, que entregó simbólicamente a Fernando, quien se las devolvió posteriormente, a excepción de Jaén.

Es decir, que Muhammad ibn Nasr poseería desde entonces el reino de Granada en concepto de feudo otorgado. Ello incluía la obligación de ser fiel a su señor Fernando, de colaborar militarmente y acudir a sus Cortes cuando fuera requerido para ello y de entregarle un tributo de ciento cincuenta mil maravedíes al año. La duración de este pacto se fijaba hasta el año 1264 y permitía a Ibn Nasr, ahora Muhammad I de Granada, centrarse en consolidar su posición al frente de este nuevo reino. Con razón se considera el Pacto de Jaén como el hito fundacional del dominio al que ibn Nasr iba a dar nombre, el reino nazarí de Granada.

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La Alhambra, joya del reino nazarí de Granada

La importancia de estos sucesos para el monarca castellano y leonés se demuestra por el hecho de que desde abril de 1246 algunos de los documentos emanados de su cancillería van fechados «en el año en el que el rey de Granada se hizo vasallo del rey de Castilla y besó sus manos y en señal de dominio le entregó Jaén».

Y es que Fernando III no solo conseguía una importante fuente de ingresos para sus necesitadas arcas, sino que al pacificar Granada y Jaén tenía las manos libres y ganaba un aliado importante para su próximo y fundamental objetivo. Un objetivo que haría que no volviera a retornar nunca más a Castilla y en el que también jugaría un papel Muhammad ibn Nasr: la conquista de Sevilla. Pero esa es otra historia.

Imagen| Wikimedia Commons.

Fuentes|

González Jiménez, M. (2011). Fernando III el Santo. El rey que marcó el destino de España. Fundación José Manuel Lara. 2ª edición.

Manzano Moreno, E. (2015). Historia de España. Épocas medievales, volumen 2. Madrid. Crítica. Editorial Marcial Pons.

Álvarez Palenzuela, V. Á. (Coord). (2017). Historia de España de la Edad Media. Ariel. 7.ª impresión.

Martínez Diez, G. (2007). Alfonso VIII, rey de Castilla y de Toledo (1158-1214). Gijón. Ediciones Trea. 2ª edición.

Puente López, J.L. (2014). Reyes y reinas del Reino de León. León. Edilesa. 3ª edición.

 

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