Escocia, 10 de febrero de 1306. Dos hombres se reúnen en la iglesia del convento franciscano de Dumfries. Lo que empezó en una simple conversación para trazar planes sobre el futuro de Escocia terminó con un baño de sangre en el que uno de esos dos hombres perdería la vida y el otro comenzaría el camino que le llevaría a sentarse en el trono de Escocia.

Los problemas entre Inglaterra y Escocia de finales del siglo XIII y XIV son muy conocidos para el público gracias a la famosa película Braveheart. En el blog hemos hablado en otras entradas de las causas que originaron el conflicto como la muerte del rey Alejandro III de Escocia  y de su desarrollo, como la derrota de las tropas escocesas lideradas por el Guardián William Wallace en la batalla de Falkirk en 1298. Después de la misma, los escoceses depusieron al derrotado Wallace de su cargo de Guardián y designaron en su lugar a dos nuevos Guardianes, representantes de las dos principales familias del país: Robert Bruce y John Comyn.

Las relaciones entre los dos siempre habían sido malas, hasta el punto de que ambos llegaron a las manos en una reunión en Peebles en 1299. Además, desde 1301 Bruce había atravesado una racha de mala suerte. Sus tierras habían sido sistemáticamente atacadas y saqueadas por los ingleses, que también habían llegado a ocupar alguno de sus castillos.

En ese momento llegaron muy buenas noticias para los escoceses en general y para Robert Bruce en particular; en teoría. Con la mediación de Francia, se acordó una tregua de nueve meses entre Inglaterra y Escocia; durante ese período los ingleses retirarían sus tropas de los territorios conquistados, pero estos no serían devueltos a los escoceses sino que quedarían bajo custodia francesa para garantizar la paz.

Contrariamente a lo que parece, no se trató de una cesión por parte de Eduardo I sino de una muestra de su capacidad para juzgar a otros hombres y prever sus movimientos. Eduardo consideraba que el apoyo de Felipe IV de Francia a Escocia era más aparente que real y que se fundamentaba sobre todo en su deseo de tener al rey inglés ocupado en casa para que no pudiera dedicarse a atacar las posesiones francesas en Gascuña. Fue una apuesta arriesgada, pero salió bien para Eduardo; durante los nueve meses de la tregua ni un solo soldado francés apareció por Escocia. Esto fue un duro golpe moral para los escoceses, que vieron que su principal apoyo no lo era tanto. A principios de 1302 Robert Bruce se entregó a la guarnición inglesa del castillo de Lochmaben.

Cuando Eduardo I  volvió a invadir Escocia en 1304 no había un ejército escocés para oponerse a los ingleses. El único Guardián que permanecía en el país, Comyn, podía ser un firme partidario de John Balliol; pero por entonces parecía evidente que este no iba a presentarse a reclamar su trono y Escocia había sido abandonada por Francia. Comyn y los principales miembros del partido de Balliol juraron obediencia a Eduardo en Strathord en febrero de 1304. Se les permitió conservar su vida y sus bienes, aunque Eduardo envió a alguno especialmente recalcitrante al exilio.

La noticia del sometimiento de Comyn y los magnates del reino a la autoridad inglesa convenció al resto de pequeños nobles y terratenientes escoceses de la inutilidad de resistirse a Eduardo. En marzo, en una solemne ceremonia en St. Andrews, ciento treinta hombres juraron obediencia al rey de Inglaterra y de Escocia; sus vidas y haciendas también fueron conservadas.

El último foco de resistencia era el castillo de Stirling, sometido a un largo asesio. Pero cuando un día apareció una enorme catapulta ante los muros, a la que los ingleses bautizaron como Warwolf, los defensores de Stirling sufrieron unos días los bombardeos de la enorme catapulta antes de aceptar su rendición. Como en los casos anteriores, se permitió conservar la vida y sus bienes a la guarnición de Stirling. En realidad, la única persona a la que Eduardo I de Inglaterra no perdonó fue a William Wallace, que sería capturado y ejecutado en 1305.

Pero volvamos a la iglesia de Dumfries y a lo ocurrido allí el 10 de febrero de 1306. Los dos hombres que habían acordado reunirse allí eran los dos antiguos Guardianes de Escocia, Robert Bruce y John Comyn. Después de la muerte de su padre, Bruce había heredado las pretensiones familiares al trono de Escocia y estaba dispuesto a reclamarlas y hacerse con la corona que Eduardo I les había arrebatado. Llevaba meses recabando apoyos para iniciar una rebelión contra los ingleses en Escocia.

Los motivos por los que Bruce y Comyn (enemigos declarados) se encontraron en Dumfries no están muy claros, pero todo apunta a que el primero pretendía sumar al segundo a su causa. La discusión entre ambos fue subiendo de tono (presumiblemente por la negativa de Comyn a someterse a Bruce). Lo cierto es que en un momento dado, Comyn se giró para marcharse y dar por terminada la reunión; Bruce trató de impedirlo y acuchilló a su rival. Este, herido, trato de escapar, pero los seguidores de Robert terminaron lo empezado por su jefe y asesinaron a Comyn. Robert Bruce había puesto fin a la vida del único escocés que podía poner en duda su liderazgo en la lucha por recuperar el trono de Escocia y se convirtió en el líder de la rebelión que culminaría en 1314 en la batalla de Bannockburn… pero esa es otra historia.

Fuente| Marc Morris Edward I, a great and terrible King.