Estocolmo, 14 de julio de 1912. En el marco de los Juegos Olímpicos que tuvieron lugar en la capital sueca es el día previsto para la celebración de la prueba más dura de las competiciones atléticas: los 42 kilómetros y 195 metros de la maratón. Las condiciones meteorológicas no ayudan porque el día es soleado y la temperatura supera los 30 grados.

Muchos de los 69 participantes se vieron obligados a abandonar y uno de ellos, el portugués Francisco Lázaro sufrió un golpe de calor que hizo que fuera necesario trasladarlo al hospital donde fallecería al día siguiente. El resto de corredores fueron llegando a la meta, siendo el primero de ellos el sudafricano Kennedy McArthur, que ganó la medalla de oro con un tiempo de 2 horas, 36 minutos y 54 segundos. La medalla de plata fue para su compatriota Christopher Gitsham, que llegó a meta a 58 segundos del vencedor, y el bronce para el estadounidense Gaston Strobino, que paró el cronómetro en 2 horas, 38 minutos y 42 segundos.

Como decía, el resto de los 69 participantes, salvo el portugués Lázaro y los que se habían ido retirando a lo largo del recorrido llegaron al estadio en los siguientes minutos; todos menos uno. El japonés Shizo Kanakuri no llegó a cruzar la meta en ningún momento ni tampoco se tuvo noticias de que se hubiera retirado. Fueron pasando los días y nadie sabía nada del atleta japonés, cuya suerte se convirtió en un misterio que no se aclararía hasta años después.

Después del kilómetro 20 de la prueba Kanakuri sufrió un desvanecimiento y fue ayudado por una familia de espectadores locales le ayudaron y le ofrecieron que entrara en su casa para tomar alguna bebida que le ayudara a recuperarse; el maratón se había terminado para Kaniguri, que repuso fuerzas y descansó pero no pudo continuar la prueba. Sin embargo, nuestro protagonista (que era uno de los dos únicos representantes japoneses en los Juegos) sintió tal vergüenza por no haber sido capaz de terminar la maratón que, sin ponerse en contacto ni con la delegación japonesa ni con las autoridades olímpicas, decidió regresar en secreto y por sus propios medios a Japón.

Cuando se cumplieron cincuenta años de los Juegos de Estocolmo, el periodista sueco Oscar Söderland decidió buscar la pista de Kanakuri y consiguió localizar al atleta en la ciudad japonesa de Tamana. Kanakuri contaba por entonces setenta y un años.

Todavía pasaron cinco años más hasta que en 1967 las autoridades suecas invitaron a Kaniguri a desplazarse al país y finalizar la prueba que había abandonado en 1912. Fue así como con setenta y siete años de edad Shizo Kanakuri recorrió la distancia que no había podido completar durante los Juegos y cruzó la meta del estadio olímpico de Estocolmo. Había finalizado la maratón con un tiempo de 54 años, 8 meses, 6 días, 8 horas, 32 minutos y 20 segundos. Un verdadero e imbatible récord.

Fuente|David Wallechinski: The Complete Book of the Olympics.