Almanzor y la toma de Santiago de Compostela (997)

Si hay una figura cuya irrupción en la Historia tuvo un impacto brutal en el complicado juego de relaciones entre los reinos y condados medievales cristianos peninsulares y el califato de Córdoba, esa fue sin duda la de Mohamed Ibn Abdallah Ibn Amu Amir. Con el tiempo los musulmanes, por sus logro, le pusieron como sobrenombre El Victorioso (Al-Mansur). Los cristianos adaptaron su nombre y lo llamaron Almanzor.

Después de la importantísima victoria de una coalición cristiana en la batalla de Simancas en el año 939 contra el ejército del primer califa de Córdoba, Abderramán III, este decidió cambiar la estrategia seguida hasta entonces en su relación con los dominios cristianos. Aunque se mantuvo la costumbre de realizar con cierta frecuencia ataques contra dichos dominios en busca de botín y saqueo (aceifas), el califa dejó de encabezar en persona dichos ataques.

Además, Abderramán inició una nueva política para desgastar a sus rivales que se iba a demostrar muy exitosa: disponer de espías para conocer la situación y las muchas intrigas y luchas palaciegas por el poder entre los magnates de los reinos y condados e ir dando apoyo a unos y otros. De esta forma, no solo se conseguía debilitar a los cristianos en estas luchas internas, sino también que más de un gobernante debiera su poder al califato.

Pero hubo un hombre que dio una vuelta de tuerca a esta estrategia y que llegó a convertirse en el mayor azote de los cristianos: Almanzor. Su primera aparición como protagonista fue en el año 976, cuando falleció el califa Al-Hakam II (hijo de Abderramán III) y le sucedió en Córdoba su hijo Hisham. El heredero solo tenía once años y las leyes islámicas establecían que un menor no podía llegar a dirigir el califato, lo que provocó que el hermano del califa fallecido, al-Mugira, se convirtiera en una amenaza si decidía oponerse al nombramiento del niño. 

Consciente de ese hecho, cuentan las crónicas que el visir Yafar al-Mushafi decidió enviar a un hombre de su confianza para que diese muerte a al-Mugira. Este trató de evitar su asesinato y aseguró a este servidor, que no era otro que Almanzor, que no tenía intención de oponerse al nombramiento de Hisham ni de constituir una amenaza para él. Almanzor trasladó este alegato al visir y le pidió nuevas instrucciones; Yafar le contestó que siguiese adelante con el plan, por lo que Almanzor ejecutó a al-Mugira, aunque después se disfrazó el hecho como suicidio. 

Procedente de Algeciras y perteneciente a una familia de altos funcionarios ya desde la época de la conquista de la Península, Almanzor fue poco a poco escalando puestos en la administración cordobesa hasta alcanzar una posición clave: la de administrador de los bienes de una de las favoritas de Al-Hakam, una vascona de nombre Subh, que era la madre del nuevo califa, Hisham. 

Desde esta posición de privilegio, Almanzor consiguió derribar a la figura del que había sido su jefe, el todopoderoso visir Yafar. Contó para ello con el apoyo de las principales familias de la administración cordobesa, deseosas de recuperar el poder perdido, pues Al-Hakam las había apartado del mismo para favorecer a gentes de origen más humilde pero leales a él (como el visir Yafar). 

Tras ser designado hayib (consejero principal) por el califa en el año 978, se unió al ejército del general Galib, con cuya hija se casó. Almanzor siempre había sido contrario a la política de Al-Hakam de no atacar directamente a los reinos cristianos e intervenir políticamente en los mismos. Para el hayib la forma correcta de tratar con los cristianos era la Guerra Santa. Pero tampoco como guerra de conquista, sino como campañas relámpago con objetivos muy concretos y definidos (sobre todo las fortalezas de la línea fronteriza del Duero) y con la pretensión de causar los mayores daños posibles, devastando y arrasando los lugares de destino de cada campaña. 

Así que pronto él y su suegro decidieron intensificar la frecuencia y la intensidad de las tradicionales aceifas. En palabras de Eduardo Manzano Moreno «Los hábiles manejos, las maniobras diplomáticas y las suntuosas recepciones destinadas a impresionar a los embajadores que tanto se habían desarrollado después de la derrota de Alhándega (Simancas) fueron abandonadas a favor de una pura y simple política militarista».

Según las fuentes musulmanas, Almanzor llevó a cabo más de cincuenta campañas (todas victoriosas) contra los reinos y condados cristianos. Algunos de los hitos más importantes de estas campañas incluyen la conquista y saqueo de Barcelona en 985 y de León (la ciudad fue arrasada, aunque el castillo no llegó a ser tomado), Salamanca y Zamora en la «campaña de las ciudades» en 986. Pero quizás la más recordada, por su simbolismo y su impacto en la moral de los cristianos fue la que tuvo como objeto Santiago de Compostela en el año 997.

Gobernaba por entonces en el reino de León Bermudo II. Había subido al trono en el año 985 tras la muerte de Ramiro III, con quien por entonces llevaba casi tres años de guerra civil. Eso hacía que muchos de los nobles del reino se opusieran a su gobierno, llegando incluso a apoyar y acompañar a Almanzor en alguna de sus campañas contra el reino de León.

En el año 996, aprovechando que el caudillo musulmán estaba en África, Bermudo decidió dejar de abonar los tributos a los que tras campañas anteriores, se había comprometido a pagar a Almanzor. Este decidió golpear al rey y a su reino donde más le podía doler, pues Compostela ya era un afamado centro de peregrinaje. 

Los musulmanes avanzaron desde el mar, atravesaron Coria, Viseo y Oporto y arrasaron Iria Flavia. De allí se dirigieron a Compostela y, tras un duro asedio, el 10 de agosto de 997 tomaron la ciudad, que fue incendiada y saqueada durante una semana. 

Parece que en dicha acción contaron con un contingente de fuerzas gallegas y portuguesas contrarias a Bermudo. En todo caso, si no participaron activamente en la toma de la ciudad, lo que seguro que sí hicieron estos nobles fue permitir sin oposición el paso por sus tierras de Almanzor y su ejército. 

Según las fuentes musulmanas, Almanzor, en un gesto que demuestra su altura de miras y su nobleza, respetó la tumba del apóstol. El cronista cristiano Sampiro da otra versión de lo ocurrido cuando Almanzor llegó al sepulcro de Santiago: «intentando acercarse al sepulcro del Apóstol para romperlo, [Almanzor] se dio la vuelta, aterrado». Es posible que lo que decidió al líder califal a respetar el sepulcro fue la intención de no ofender a sus aliados cristianos. 

Lo que sí se llevaron a Córdoba los musulmanes (o más bien, cautivos cristianos que cargaron con ellas sobre sus hombros) fueron las puertas y las campanas de la catedral compostelana.

Almanzor todavía tuvo tiempo de enfrentarse en más ocasiones a los cristianos antes de su muerte en el año 1002… pero esa es otra historia.

Esta entrada es un extracto de mi nuevo libro De Covadonga a Tamarón, historia de la monarquía asturleonesa desde Pelayo a Bermudo III, cuyo manuscrito va a entrar en fase de informe de lectura, primer paso para que se convierta en realidad.

Fuentes|

Eduardo Manzano Moreno. Historia de España-. Épocas medievales, Volumen 2. Crítica. Editorial Marcial Pons. Primera Edición. Madrid 2015.

Vicente Ángel Álvarez Palenzuela (Coord). Historia de España de la Edad Media. Ariel. 1ª edición, 7ª impresión. Febrero 2017

Ricardo Chao Prieto. Historia de los reyes de León. Rimpego editorial. 

Monarquía y sociedad en el reino de León de Alfonso III a Alfonso VII. Centro de Estudios e Investigación «San Isidoro». León 2007.

 

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