Las pruebas femeninas se fueron incorporando poco a poco al calendario de los Juegos Olímpicos. En el caso concreto del atletismo, la participación las mujeres tuvo que esperar  hasta los Juegos de Amsterdam de 1928 donde se disputaron las pruebas de 100 metros lisos, 800 metros, relevo 4×100, salto de altura y lanzamiento de disco.

Cuando llegó el momento de la primera final olímpica femenina en la historia del atletismo, la de los 100 metros, se palpaba cierto ambiente nervioso tanto en la grada como en las propias participantes. Ello hizo que dos de ellas fueran descalificadas por sendas salidas falsas. Entre las finalistas se encontraba una adolescente estadounidense de solo dieciséis años, llamada Betty Robinson. Betty nunca se había planteado dedicarse al atletismo hasta que un día el profesor de Biología de su instituto observó cómo corría para alcanzar un tren y le propuso que probase a entrenarse y desarrollar su talento en la pista. Robinson corrió su primera carrera en marzo de 1928 y en su segunda prueba batió el récord del mundo.

Ello hizo que fuese seleccionada para los JJ.OO. de Amsterdam; solo había participado anteriormente en tres carreras. A pesar de ello, la joven estadounidense consiguió derrotar a las canadienses Fanny Rosenfeld y Ethel Smith y se convirtió en la primera campeona olímpica de la historia del atletismo al parar el crono con una marca de 12.2 segundos, momento que recoge la imagen que encabeza la entrada.

El futuro se presentaba brillante para la joven Betty, pero en 1931 sufrió un accidente de avioneta con su primo. Las personas que acudieron a socorrer a las víctimas del accidente pensaron que los dos ocupantes del avión habían fallecido y los trasladaron a una funeraria cercana, donde se descubrió que estaban vivos. Sin embargo, Robinson tenía conmoción cerebral, una rotura de cadera, una pierna y un brazo rotos y un profundo corte en la frente. Como consecuencia de la conmoción, Betty se pasó siete semanas en estado de coma. Su carrera deportiva parecía acabada.

Sus peores temores se vieron inicialmente confirmados cuando, después de recuperarse de sus lesiones, se pasó dos años sin poder caminar normalmente. A pesar de ello Betty perseveró y con un gran esfuerzo consiguió volver a competir; pero como consecuencia de las lesiones no podía doblar completamente las rodillas y no podía situarse en la posición de salida propia de los velocistas, lo que suponía una enorme desventaja. Ello hizo que centrara su actividad en la carrera de relevos, donde solo el primer relevista se coloca en dicha posición, mientras que el resto reciben el testigo en pie y ya en carrera.

Fue entonces cuando llegaron los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Su excepcional categoría como velocista motivó que fuese seleccionada para formar parte del relevo 4×100 del equipo de Estados Unidos, junto con la campeona de la prueba individual Helen Stephens, la quinta clasificada en la misma final Annette Rogers y Hariett Bland.

El panorama no parecía muy esperanzador para las estadounidenses porque en las semifinales el relevo alemán, entre el delirio del público y de los jerarcas del partido nazi, había conseguido batir el récord del mundo con una marca de 46.4 segundos que tardó 16 años en ser superada. En la final el favoritismo alemán se confirmaba cuando la tercera relevista, Marie Dollinger, se disponía a entregar el testigo a la última corredora germana, Ilse Dörffeldt, con una más que cómoda ventaja sobre las norteamericanas. Sin embargo, en el cambio, a las alemanas se les cayó el testigo al suelo por lo que perdieron toda opción a medalla mientras que la vencedora de la prueba individual (Helen Stephens) cruzaba la meta en primer lugar dando el triunfo a los Estados Unidos. De esta forma, ocho años después de su triunfo en Amsterdam y tras siete semanas en coma y varios años de dura rehabilitación, Betty Robinson volvía a ganar una medalla de oro olímpica.

Fuente| David Wallechinsky: The complete book of the Olympics.