La batalla de Cuarte (1094): cuando el Cid demostró que los almorávides no eran invencibles

Tras un asedio que había durado seis meses, las puertas de Valencia se abrieron para el ejército del Cid el 15 de junio de 1094 y Rodrigo entró en la ciudad al día siguiente. La conquista de Valencia no solo supuso un golpe moral para los musulmanes de la península, sino que puso en grave peligro a los dominios almorávides más cercanos a la ciudad del Turia. Sus tierras y castillos empezaron a sufrir un recrudecimiento de los ataques y saqueos de las fuerzas cidianas asentadas en Valencia. Por ese motivo solicitaron ayuda directamente al emir almorávide Yúsuf.
Yúsuf puso en manos de su sobrino Abu Abdalá Mohamed ibn Texufin un ejército de cuatro mil hombres que entre los meses de agosto y septiembre de 1094 cruzó el Estrecho. De allí se dirigió a Granada, donde se le unieron las fuerzas musulmanas peninsulares a las que Yúsuf había dado órdenes de movilizarse para conquistar Valencia y apresar al Cid. El ejército almorávide se puso en marcha hacia su objetivo.
Al enterarse, Rodrigo tomó medidas para reforzar las defensas de Valencia y de las fortalezas que le eran fieles. También aumentó su ejército con más hombres cristianos y musulmanes y se hizo con gran cantidad de alimento y suministros para soportar un largo asedio. Por último, después de desarmar a los musulmanes que habitaban dentro de Valencia, expulsó de la ciudad a un importante contingente de estos, los que consideraba más en condiciones de luchar y, por tanto, de convertirse en un problema dentro de los muros de Valencia si se producía un asedio. Se trataba de una medida temporal, hasta que se solucionase la amenaza almorávide.
El 14 de octubre de 1094, el ejército almorávide, al que se habían unido nuevas fuerzas desde Lérida, Tortosa, Santaver y Alpuente, acampó en Cuarte (a unos siete kilómetros de Valencia). Desde allí acudían diariamente a las murallas de Valencia donde arrojaban saetas y lanzas al interior de la ciudad mientras provocaban con gritos a las fuerzas cidianas, que no entraban al trapo de la incitación. Se trataba de un ejército enorme en su número, pero muy desorganizado y sin un liderazgo fuerte y unido.
Decidido a sacar provecho de esta situación y de los rumores (más que probablemente expandidos por musulmanes de la mesnada del Cid infiltrados en el campamento almorávide) de la llegada de un ejército del reino de León en auxilio de Valencia, el Cid ideó una estratagema.
Escondió una noche a parte de su caballería cerca del campamento musulmán de Cuarte y a la mañana siguiente hizo una salida con el resto de sus fuerzas. El ejército almorávide atacó a esta mesnada, que lo fue atrayendo hacia las murallas de Valencia. Entonces la fuerza emboscada salió de su escondite y atacó el desguarnecido campamento almorávide. La sorpresa, unida al rumor previamente difundido de que se trataba del ejército de Alfonso VI que acudía en auxilio de Valencia, provocó la desbandada de los supervivientes de la fuerza almorávide, que huyó (incluido el general al mando, sobrino de Yúsuf), dejando atrás en Cuarte un cuantiosísimo botín en joyas y monedas, del que el Cid se apropió. Era el 21 de octubre de 1094 y por primera vez un ejército almorávide era derrotado en la península por un contingente cristiano.

Tras la batalla de Cuarte, Rodrigo pudo por fin dedicarse a asentar su gobierno en Valencia. Decidido a recuperar el dominio de lo que había sido la taifa valenciana, no solo se centró en la administración de la ciudad, sino que se dedicó a atacar las fortalezas cercanas que habían apoyado a los almorávides.
Una de sus primeras acciones después de su victoria en Cuarte fue celebrar una entrevista con el nuevo rey de Aragón, Pedro I (su padre Sancho Ramírez había muerto el 4 de junio de 1094), que tuvo lugar en Burriana y en la que ambos caudillos pactaron una alianza entre sus dominios y la mutua defensa ante enemigos comunes… pero esa es otra historia.

Entrada extraída del libro «De la guerra a la unificación. Historia de León y de Castilla desde 1037 hasta 1252» de Daniel Fernández de Lis.

Imagen| Wikimedia Commons.

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