Alfonso III el Magno, rey de Asturias (I): reinado (866-910)

Entrada extraída del libro De Covadonga a Tamarón.

El 20 de diciembre del año 910 murió uno de los más importantes reyes de los reinos medievales peninsulares: Alfonso III el Magno. Su subida al trono no fue sencilla. Cuando el rey de Asturias Ordoño I falleció, su primogénito, Alfonso, tenía dieciocho años y contaba con experiencia de gobierno, pues había colaborado con su padre, posiblemente mediante la fórmula de la asociación al trono para hacerse cargo de Galicia, desde los catorce. Eso no impidió que un noble, de nombre Fruela Bermúdez, conde de Lugo y de origen gallego, tratara de destronarlo y ceñir la corona. Alfonso se vio obligado a refugiarse en Castilla, dominada por el conde Rodrigo, firme partidario suyo. Según algunas fuentes, Rodrigo acompañó al rey a Asturias para enfrentarse a la rebelión, mientras que otras apuntan a que los propios nobles asturianos se ocuparon de desbaratar la maniobra de Fruela y Alfonso pudo regresar y sentarse en el trono. El traidor fue ejecutado.

Alfonso III gobernó cuarenta y cuatro años (866-910), durante los que amplió notablemente las fronteras de su reino a costa del debilitado emirato cordobés. Conquistó plazas importantes como Oporto, Coyanza (Valencia de Don Juan), Sahagún, Braga, Coimbra, Cea y Guimaraes. En el año 878, cerca de Benavente, en un lugar conocido como La Polvoraria o Polvorosa consiguió una resonante victoria sobre los cordobeses. Alguna fuente cifra en trece mil las bajas árabes. No contento con esto, Alfonso III se dispuso a hacer frente a continuación a otro contingente musulmán, al que también derrotó en Valdemora, a unos quince kilómetros de la actual localidad de Valencia de Don Juan (entonces Castillo de Coyanza).

Posteriormente, en el año 901, una llamada a la guerra santa por parte de un caudillo musulmán hizo que un ejército de unos sesenta mil hombres, al mando de un príncipe omeya de nombre Ahmad ibn Muawiya, se lanzara contra Zamora. Alfonso III se puso al frente de las fuerzas cristianas para enfrentar la amenaza y, tras varios días de combate que parecían favorables a los árabes, el rey decidió rodear de noche el campamento musulmán y logró la victoria en la conocida como Jornada del Foso de Zamora.

En los siguientes mapas se puede observar la situación en el año 850, poco antes de la subida al trono de Alfonso III comparada con la existente en el año 930, algo después de su muerte.

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Tras sus victorias en el año 878, Alfonso III consiguió del emir de Córdoba la firma de una tregua de tres años, que aprovechó para afianzar la situación militar de su reino y prepararlo para consolidar no solo la frontera sur del reino, sino también las defensas en general, además de la estructura organizativa de los territorios repoblados en los últimos reinados. Se construyeron así numerosos castillos entre la cordillera Cantábrica y el Duero (Luna, Alba, Gordón, La Valcueya), pero también se aprovechó para construir fortalezas en la línea costera asturiana (Castrillón, San Martín), en las principales líneas de comunicación del reino (Curiel, Tudela) y diversas edificaciones defensivas en la propia capital del reino, Oviedo.

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Ruinas del castillo de Burgos, destruido por las tropas napoleónicas

Además, el desplazamiento hacia el sur de la línea fronteriza del reino estuvo marcado por la construcción de diferentes castillos a lo largo de la misma: Zamora y Toro en la ribera del Duero; Simancas y Dueñas en la del Pisuerga; y en el pujante condado de Castilla, al mando de su segundo conde Diego, se acometió la repoblación de los Campos Góticos y Ubierna (882). En el este, para evitar nuevas incursiones, encargó a don Diego la construcción de una fortaleza en un cerro junto al río Arlanzón. Esa fortaleza, fundada en el año 884, sería la futura capital de Castilla y la llamarían Burgos.

 

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San Salvador de Valdediós (Villaviciosa, Asturias)

Alfonso III también aprovechó la tregua para apuntalar la organización administrativa y religiosa del reino, restaurando diversas sedes episcopales de la época visigoda ya en terreno conquistado. Además, acometió la construcción de un importante número de iglesias y monasterios: San Salvador de Valdediós, San Adriano de Tuñón, San Miguel de Villardedeyo, San Pedro de Cardeña, San Benito de Sahagún, entre otros.

 

Destaca también, por su simbolismo, la confección y donación a la catedral de Oviedo para celebrar el centenario de otra donación (la de la Cruz de los Ángeles por Alfonso II), de la magnífica Cruz de la Victoria, que recubría de un espectacular trabajo orfebre a la que, en teoría, era la cruz de madera que don Pelayo portó en Covadonga y que estaba en la iglesia de la Santa Cruz de Cangas de Onís, construida por Favila. Esta cruz es actualmente el emblema de Asturias.

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Cruz de la Victoria (Catedral de Oviedo)

Una de las características más reseñables del reinado de Alfonso III fue su afán en poner por escrito la historia de su reino. Cierto es que el objetivo perseguido con estas crónicas estaba más relacionado con sus ambiciones expansionistas que con la fiabilidad histórica. La primera crónica del reino de Asturias del reinado de Alfonso III es la llamada Crónica albendense, terminada alrededor del año 883, así llamada porque la copia que se conserva procede del monasterio de La Albelda (La Rioja), que narra una historia universal, aunque con un relato hagiográfico del monarca durante cuyo mandato se escribió esta obra. Pocos años después se redactó la Crónica alfonsina, así llamada por creerse que fue redactada por el propio Alfonso III o con una influencia muy directa de este, que narra la historia del reino visigodo y el asturiano, desde Wamba a Ordoño I. La versión rotense de esta crónica (así llamada por ser conocida a través de un códice conservado en Roda) es más escueta y con un enfoque más popular. La versión ad Sebastianum de la Crónica alfonsina (así denominada por estar encabezada por una carta de Alfonso III a alguien llamado Sebastián) es más cuidada y parece una evolución culta de la Rotense, pulida por el propio Sebastián, probablemente un obispo, a instancias de Alfonso III.

Debe tenerse en cuenta que en la década de 880 el emirato cordobés se encontraba en una situación de descomposición producida por el avance de los dominios cristianos y por las rebeliones internas en lugares como Mérida, Toledo, Ronda o Zaragoza, que hizo que el emirato solo controlara efectivamente la zona cercana a Córdoba. Esto alentó en el monarca asturiano el sueño de recuperar todas las posesiones de la Hispania visigoda y motivó la redacción de las crónicas que hemos citado y su pretensión de que la monarquía asturiana fuese heredera de la visigoda. En tal sentido, Alfonso III puede ser considerado el ideólogo del concepto de la Reconquista.

Eso sí, me estoy refiriendo exclusivamente al concepto de recuperación de los dominios cristianos peninsulares pergeñada por Alfonso III en el siglo IX, no al término Reconquista, tal y como fue utilizado en el siglo XIX, ni a las construcciones ideológicas que han pervertido dicho término, para ensalzarlo o denigrarlo, en los siglos XIX, XX y XXI.

Como apunta la obra de Gordo Molina y  Melo Carrasco (Coord.) La Edad Media Peninsular, aproximaciones y problemas. (Gijón. Ediciones Trea, S. L., p. 128.):

Depurada de las interesadas ideologizaciones de que ha sido objeto desde el siglo XIX, la palabra Reconquista puede resultar perfectamente adecuada para designar la ideología que en muy diversos momentos de la Edad Media peninsular sirvió a los monarcas hispánicos para legitimar un poder que supo hacer del caudillismo militar y expansivo la base de su propia justificación. Esta consistía en convertir el pasado unitario de la vieja España visigoda en un reto de futuro y para ello los ideólogos de la Reconquista no dudaron en presentar a los reyes a los que servían como los legítimos herederos y eficaces continuadores de aquel pasado

Los últimos años del reinado y la sucesión de Alfonso III fueron muy convulsos… pero esa es otra historia, a la que dedicaré la segunda entrada de esta serie.

Fuentes|

Fernández de Lis, D. (2109). De Covadonga a Tamarón. La historia de la monarquía asturleonesa desde Pelayo hasta Vermudo III. 

Cádiz Álvarez, J. C. (2017) Prehistoria. Asturias antigua. El reino de Asturias. Su consolidación. Ediciones Nobel.

Fernández Conde, F. J. (2015). Estudios sobre la monarquía asturiana. Gijón. Ediciones Trea S. L

Fernández Conde, F. J., Gutiérrez González, A., Fernández Mier, M., Suárez Álvarez, M. J., Arias Páramo, L. (2009). Poderes sociales y políticos en Asturias. siglos viii-x. Territorio, sociedad y poder. Revista de estudios medievales. Anejo n.º 2

Ladero Quesada, M. Á. (2014). La formación medieval de España. Madrid. Alianza Editorial. 2.ª edición.

Manzano Moreno, E. (2015). Historia de España. Épocas medievales, volumen 2. Madrid. Crítica. Editorial Marcial Pons

Gordo Molina, Á. y Melo Carrasco, D. (Coord.) (2017). La Edad Media Peninsular, aproximaciones y problemas. Gijón. Ediciones Trea, S. L

García de Castro Valdés, C. y Ríos González, S. (1997). Historia de Asturias. Asturias medieval. Gijón. Ediciones TREA S. L

Campomanes Calleja, E. (2004). Asturias: de reino a principado. Gijón. Editorial Picu Urriellu

Álvarez Palenzuela, V. Á. (Coord). (2017). Historia de España de la Edad Media. Ariel. 7.ª impresión.

Chao Prieto, R. Historia de los reyes de León. Rimpego editorial

Fernández Catón, J. M.ª. (2007). Monarquía y sociedad en el reino de León, de Alfonso III a Alfonso VII. León. Centro de Estudios e Investigación San Isidoro

Carvajal Castro, Á. (2017). Bajo la máscara del Regnum: la monarquía asturleonesa en León (854-1037). Madrid. Editorial CSIC.

Imagen| Archivo del autor.

Mapas| Juan Pérez Ventura.

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