Perkin Warbeck (II): ¿Impostor o el auténtico Ricardo, duque de York? Análisis de las fuentes

Terminaba la primera entrada de la serie dedicada a Perkin Warbeck tras su ejecución el 23 de noviembre de 1499 con la pregunta abierta sobre si este enigmático joven era un impostor del que se aprovecharon los enemigos de Enrique VII de Inglaterra o si era realmente quien decía ser: Ricardo de York, el menor de los príncipes de la Torre de Londres. Si era Ricardo de York eso significaría que los príncipes, o al menos uno de ellos, sobrevivió a su cautiverio. Eso nos obliga en primer lugar a analizar las diferentes fuentes sobre la suerte de estos dos muchachos, para después estudiar los indicios que lo ocurrido durante la aventura de Warbeck y los hechos protagonizados por los actores de la misma puedan apuntar en un sentido u otro. Eso hará que esta serie de entradas dedicadas a Warbeck, que inicialmente estaba previsto que ocupara dos artículos se extienda a tres.

Como dice Matthew Lewis en el libro que ha servido de fuente principal a esta serie de entradas, la aproximación a la posible supervivencia de los príncipes de la Torre tiene que hacerse despejando la mente de siglos de prejuicios y analizando con espíritu crítico lo que ha sido una verdad asumida: que los príncipes murieron durante su estancia en la Torre (decir cautiverio sería incorrecto, pues no estaban presos). Por mi parte añado que lo que estas entradas contienen es un análisis de las fuentes que trataron el tema y de actos de los personajes que vivieron la historia de Perkin Warbeck, pero que quien las lea con la esperanza de obtener una respuesta definitiva al enigma de los príncipes puede sentirse decepcionado. Es más, hay alguna de las reflexiones realizadas por el propio Lewis con las que yo no coincido, y así lo indicaré en cada caso.

Lo cierto es que no existe ninguna evidencia que acredite sin lugar a duda que los dos jóvenes perecieron (ni violenta ni naturalmente). En una entrada de nuestro blog hermano dedicado a Los Plantagenet se analizaba la historia del descubrimiento de los dos cuerpos que reposan en una lápida en Westminster y que presuntamente corresponden a los de los príncipes de la Torre. La conclusión fue que no se puede afirmar (al menos hasta hoy, a la espera de un análisis de ADN) que dichos restos pertenezcan a los dos jóvenes hijos de Eduardo IV.

Sí hay diversas fuentes (algunas contemporáneas) que afirman que los príncipes fallecieron, y alguna que apunta a su tío Ricardo III como responsable, pero dichas fuentes deben ser analizadas para estudiar su credibilidad. Descartando por obvias razones al más famoso autor que proclama que Ricardo III asesinó a los príncipes, William Shakespeare (no solo porque se trata de una obra de ficción, sino porque posiblemente el Ricardo III que él retrató era una crítica velada al consejero de Isabel I Robert Cecil y no tanto un fiel reflejo de la figura de Ricardo III), la otra gran fuente de la que emana la historia del asesinato de los príncipes es, en apariencia, mucho más fiable, pues se trata de Santo Tomás Moro, autor de Utopía y mártir de la Iglesia Católica por su oposición al cisma anglicano de Enrique VIII.

Sin embargo, hay varias cuestiones que ponen en duda esta versión. La primera es que Tomás Moro, que empezó a escribir en 1513, no terminó su biografía de Ricardo III, sino que se quedó precisamente en la muerte de los príncipes. Además, su obra no fue publicada en vida del santo. La publicó y completó su sobrino William Rastell veinte años después de la ejecución de Moro (en 1557) y hubo una continuación, escrita por el anticuario Richard Grafton. Es muy difícil saber qué parte de lo escrito corresponde a Moro y qué parte fue añadida por Rastell, que es una fuente poco fiable.

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Tomás Moro

Hay además partes de la narración de Moro que no se corresponden con los hechos. Por ejemplo, su relato del arresto, confesión y ejecución de Sir James Tyrell (según Moro fue detenido en 1501 y confesó haber asesinado a los príncipes siguiendo órdenes de Ricardo III). Pero Tyrell no fue detenido por nada relacionado con los príncipes, sino por ayudar a escapar a Edmund de la Pole (sobrino de Ricardo III). No hay constancia de su confesión, ni siquiera de que se le preguntara por los príncipes (otra de las fuentes casi contemporáneas, Polidore Vergil, empezó a escribir su obra en 1505 y, aunque también apunta a que Tyrell fue responsable de la muerte de los príncipe,s no menciona ninguna confesión de este sobre el crimen). Según Moro, fue John Dighton quien confesó que él y Tyrell mataron a los príncipes; pero Dighton fue puesto en libertad y seguía vivo diez años después cuando Moro empezó a escribir. No parece muy lógico que el asesino de dos príncipes quedara libre sin que nadie, ni siquiera la hermana de los niños (y reina de Inglaterra) hiciera nada al respecto.

Otro aspecto que no termina de cuadrar del relato de Moro es el relativo a la suerte de los cuerpos de los muchachos. El padre de William Rastell (John, casado con la hermana de Moro) publicó una obra en 1529, en la que narró que le habían contado que, tras matar a los niños, los asesinos (entre, los que por cierto no cita a James Tyrell) los metieron en un cofre, embarcaron en una nave con un solo tripulante y lanzaron el cadáver al canal. Por su parte, en la obra de Moro se indica que los cuerpos fueron retirados por un monje a un lugar secreto y que no se sabía dónde estaban. Es raro que dos cuñados, ambos abogados, y que escribieron en la misma época difieran sobre este tema, pues debían haberse documentado muy a fondo como para aceptar cada uno una versión tan dispar de la otra. Incluso siendo familia y compañeros de profesión seguramente habrían hablado sobre un asunto tan conocido y sobre el que los dos estaban escribiendo. Llama especialmente la atención que Rastell desconociera lo relativo a la confesión de James Tyrell.

El embajador de Castilla y Aragón en Inglaterra, Diego de Valera, en una fecha tan cercana a los hechos como 1486, escribió lo siguiente a los Reyes Católicos: «es un hecho suficientemente bien conocido por vuestras majestades que este Ricardo asesinó a sus dos inocentes sobrinos a los que pertenecía el reino tras la muerte de su hermano». Y por la misma época, un informe presentado por Guillaume de Rochefort a los Estados Generales de Francia apuntaba que los hijos de Eduardo IV habían sido ejecutados con impunidad y que su asesino, con el apoyo del pueblo, había recibido la corona.

Matthew Lewis argumenta que estos informes podían obedecer a intereses políticos. Los reyes españoles por interés en que Enrique VII estuviese asentado firmemente en el trono al estar negociando la boda de su hija Catalina con el príncipes de Gales. Y en Francia, porque acababa de subir al trono Carlos VIII, de solo trece años, e interesaba proteger a su figura de quien pensase hacer algo parecido a lo que Ricardo hizo con su sobrino Eduardo V, dibujando al rey inglés como un monstruo. No comparto la opinión de Lewis; a mi juicio dos informes de dos reinos europeos tan cercanos en el tiempo a los hechos me parecen una prueba bastante a tener en cuenta sobre que, al menos, la creencia general es que los príncipes estaban muertos y que el responsable de su asesinato era Ricardo III. Y no son los únicos. Philippe de Commines un diplomático borgoñés al servicio de Francia también lo apunta en Borgoña en 1490 (aunque es cierto que nunca estuvo en Inglaterra), como lo hace un tal Casper Weinrich, de Danzig, en una crónica sobre los hechos de 1483 escrita antes de 1496. Dentro de Inglaterra también reseñan que los príncipes habían muerto John Rous (anticuario y biógrafo de los condes de Warwick) al inicio del reinado de Enrique VII o Robert Ricort (cronista de Bristol) en su crónica sobre los hechos ocurridos en 1483 (aunque no se sabe cuándo la escribió y solo señala que se les silenció, sin identificar a Ricardo como responsable).

Una de las fuentes más conocidas y que más se suele citar para apoyar la tesis de la muerte de los príncipes durante el reinado de Ricardo III es el dominico italiano Domenico Mancini, que visitó Londres en 1483, partiendo de allí en julio y que narró sus vivencias en tan crucial momento antes del final de ese año. Mancini escribió que los príncipes fueron confinados en estancias cada vez más interiores de la Torre, que día a día empezaron a ser vistos con menos frecuencia tras los barrotes y las ventanas hasta que dejaron de aparecer completamente. También señala que su servidumbre fue disminuyendo paulatinamente y que cuando se preguntaba a los sirvientes por Eduardo V rompían a llorar, pero según Mancini «si se deshicieron de él y de qué forma, no lo he podido descubrir».

Debe tenerse en cuenta, no obstante, que Mancini no hablaba inglés, que había dejado Inglaterra cuando sucedieron los hechos y que entre sus pocas fuentes cita a un tal doctor Argentine. Este había sido médico de Eduardo V pero había huido de Inglaterra y estaba en el exilio con Enrique Tudor (llegó a ser médico de su hijo Arturo). Por ello, está claro que estaba interesado en culpar a Ricardo. Además, en su testimonio solo señala  que Eduardo temía por su vida, no por la de su hermano, por lo que el problema no sería que temía a su tío, sino su estado de salud. Y la traducción de su obra del latín al inglés no fue muy afortunada. Según Matthew Lewis: «todo junto arroja una larga sombra sobre la fiabilidad en un hombre que no conocía el país, no hablaba la lengua, bebía de fuentes completamente hostiles a Ricardo III y ha sido erronéamente traducido».

BC13AC4D-98EC-4F46-B4E3-D23C5D2AA71DUna fuente también muy importante de los hechos de la época es la conocida como Crowland Chronicle. Empezó a escribirse en 1486 cuando su autor, desconocido pero probablementye un abogado que trabajaba para Eduardo IV, ya nada tenía que temer de Ricardo III, con el que es abiertamente hostil. Sin embargo, esta crónica se limita a señalar que «se extendió el rumor de que (los príncipes) habían sufrido una muerte violenta, pero no se sabía cómo» y añade que este fue uno de los factores que hizo que un grupo de nobles escribiera a Enrique Tudor para que acudiera a Inglaterra, depusiera a Ricardo, se casara con Isabel de York y ambos tomaran posesión del trono.

Llama la atención en una fuente por lo demás demoledora contra Ricardo III la falta de concreción y de acusación al malvado rey (solo señala que se extendió el rumor de que habían fallecido, no lo afirma y mucho menos indica que los matara Ricardo III). La que podía ser la más fiable y completa fuente contemporánea a los hechos guarda silencio casi total al respecto. El rumor al que se refiere cabe interpretarlo como propaganda para preparar el terreno a la invasión del Tudor, pero si los chicos estaban muertos ¿por qué no lo afirmaba? Matthew Lewis apunta que puede que fuese porque una fuente tan bien informada posiblemente sabía que no habían muerto y si estaban vivos en los primeros meses de Enrique Tudor, ya no eran legalmente ilegítimos y podían suponer una amenaza para su proyecto de casarse con su hermana Isabel de York y unir así a las dos casas contendientes en la guerra de las Rosas.

Para concluir esta entrada hay que hacer mención a que algunas fuentes, en algún caso de manera incidental y poco menos que inadvertida, apuntan a la posibilidad de que los príncipes sobrevivieron. Es significativo que estas fuentes escribieran en la época de reinado de los Tudor y al servicio de sus reyes, por lo que no se les puede acusar de ser amables hacia la figura de Ricardo III y hacia la suerte de los príncipes. Las hemos mencionado en la entrada del blog dedicada a la figura de Lambert Simnel y la batalla de Stoke Field (1487). Destacan Polidore Vergil, a quien ya hemos citado y que escribía para Enrique VII, que escribió que era una creencia general que los príncipes habían sobrevivido y que habían sido ocultados en algún lugar secreto. No dice que sea verdad ni tampoco quién o dónde los escondió, pero es un testimonio realmente significativo.

También apunta en el mismo sentido Francis Bacon en su Historia del reinado de Enrique VII (escrita en 1621) («tras la subida al trono de Enrique VII, existían secretos rumores que después ganaron fuerza y causaron graves problemas al rey, que indicaban que los hijos de Eduardo IV o uno de ellos, que se decía que habían sido muertos en la Torre, no habían sido asesinados sino que se organizó su huida en secreto y que todavía vivían»). Sir George Buck, otro autor de la primera época del siglo XVII escribió que «hay quien sostiene que los príncipes fueron embarcados en un bajel en el muelle de la Torre y que navegaron ocultos hacia el mar donde fueron ahogados. Pero otros dicen que no fueron ahogados, sino que tomaron tierra sanos y salvos más allá de los mares». Y una fuente holandesa fechada en el año 1500 sostiene que fueron muertos por el duque de Buckingham, pero que circulaba una historia según la cual este perdonó la vida a uno de los dos príncipes y lo sacó en secreto del país.

Como conclusión de esta entrada cabe concluir que la mayoría de las fuentes afirman que los príncipes de la Torre de Londres fallecieron, aunque ni lo hacen de manera unánime, ni son absolutamente fiables como para poder afirmarlo sin lugar a dudas ni tampoco coinciden a la hora de apuntar que el responsable de su supuesta muerte fue Ricardo III.

Como se apuntaba al principio queda otro aspecto a analizar que puede arrojar luz sobre el misterio de los príncipes y la figura de Perkin Warbeck: los hechos protagonizados por los actores de la época relacionados con el asunto. A ello dedicaré la tercera y, espero, última entrada de esta serie. Eso sí, vuelvo a avisar que nadie espere que al final de la misma haya una respuesta contundente e indubitable a las preguntas formuladas, solo un análisis profundo y documentado de los hechos históricos en el que, nuevamente, no coincidiré en todas las reflexiones con el autor de la obra que sirve de fuente a la serie.

Fuente|Matthew Lewis. The Survival of the Princes in the Tower. Murder, Mystery and Myth. 

 

 

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