El nombre de Sir Arthur Conan Doyle, de cuya pluma nació el más famoso detective de la literatura, Sherlock Holmes, no necesita presentación. Hay, sin embargo, un aspecto relacionado con él que es poco conocido y que resulta cuanto menos curioso; en efecto, parece sorprendente que el creador del más implacable perseguidor de criminales tuviera como empleado durante unos meses a un hombre que arrastraba tras de sí un largo historial de desencuentros con la justicia de su país natal, que poco después regresaría a Francia donde sería objeto de la mayor persecución policial conocida en el país vecino y que terminaría muriendo de una forma digna de la mejor película de gangsters, sitiado y acribillado por las fuerzas del orden galas.

En honor del escritor inglés hay que decir que él ni sabía ni sospechó del curriculum delictivo de Jules Bonnot. Nacido en la localidad de Montbelliard, próxima a la frontera suiza, en 1876, Bonnot quedó pronto huérfano de madre y en manos de un padre que le maltrataba. En la fundición en la que trabajaba se fue curtiendo desde muy joven en la dureza del trabajo de finales del siglo XIX y sus actiividades sindicalistas y sus simpatías por el anarquismo le marcaron frente a los patronos de la época, lo que hizo que fuera dando tumbos por localidades francesas (Nancy, Lyon, Paris) y por Bruselas y Suiza.

Su paso por el ejército supuso un momento importante en su vida; no solo se adaptó a la vida militar mejor que a la de la fábrica y perfeccionó su puntería con las armas de fuego, sino que demostró una habilidad poco común para conducir y conocer la mecánica de los nuevos vehículos automóviles. Esto le sería muy útil para sus futuras actividades delictivas, pues fue pionero en Francia en la incorporación del automóvil para facilitar la huida después de sus atracos.

Tras finalizar su servicio militar se instaló en Lyon donde encontró trabajo en una fábrica de motores y fue instruido para convertirse en el chófer personal de uno de los directivos de la fábrica. Sin embargo, al llegar su historial sindical y anarquista a la empresa, fue despedido y se trasladó a París. Allí se incorporó a las actividades del movimiento anarquista de la ciudad, que incluian no solo el activismo político y la publicación de pasquines propagandísticos, sino la realización de actividades delictivas para la obtención de fondos para la causa. En un momento dado resultaba difícil diferenciar a los anarquistas del grupo de delincuentes comunes que se enseñoreó de París y a los que se conoció con el nombre de apaches (de los que ya he hablado en el blog).

Probó suerte en el negocio del transporte de máquinas tragaperras, pero un incidente con la competencia que estuvo a punto de costarle la vida hizo que decidiera poner tierra (o mejor dicho, agua) de por medio y viajó a Inglaterra. Allí encontró el más curioso de los empleos. No por el trabajo en sí, porque había prestado servicios anteriormente como chófer y estaba perfectamente cualificado para ello, sino por el empleador a quien debía transportar. Como he indicado al principio, Bonnot fue contratado por sir Arthur Conan Doyle.

Esta circunstancia fue desvelada, según algunas versiones, por el propio escritor inglés, quien en 1925 se encontraba en Lyon visitando el Museo del Crimen de la ciudad. De repente, deteniéndose ante una foto de la exposición, Doyle exclamó: «pero si es Jules, mi antiguo chófer». Sus acompañantes no salían de su asombro ante esta revelación, pues el hombre representado en la foto era uno de los más famosos delincuentes franceses de la época, que tras una persecución que se siguió al detalle en todos los medios de comunicación galos, había sido acribillado por la policía en 1912. Según otras versiones, fue un íntimo amigo del escritor quien reconoció la foto de Bonnot en la exposición de Lyon.

Sea como fuere, el empleo de Bonnot como chófer de Conan Doyle, duró solo unos meses. En Inglaterra conoció al anarquista italiano Plátano Sorrentino quien le convenció para volver a París y comenzar una lucrativa y sangrienta actividad delictiva a la que se unieron otros miembros del movimiento anarquista. Sus atracos produjeron más de una muerte y La Banda de Bonnot se convirtió en el principal objetivo de la policía francesa, persecución que fue ávidamente seguida por la prensa del país.

En diferentes emboscadas y atracos fueron cayendo diversos miembros de la banda, algunos de los cuales murieron y otros fueron detenidos y sometidos a juicio. Ya solo, Bonnot terminó refugiándose en el suburbio parisino de Choisy-le-Roi, donde tuvo tiempo de dejar escritas unas líneas donde trataba de exculpar a alguno de los detenidos y se despedía de la mujer que amaba (que también había sido detenida). Su carta terminaba así:

«No pedía gran cosa. Caminaba con ella bajo el claro de luna por el cementerio de Lyon, ilusionándome con que no hubiese necesidad de nada más para vivir. Era la felicitdad que había perseguido toda la vida, sin ser capaz ni siquiera de soñarla. La había encontrado y descubierto lo que era. La felicidad que me había sido siempre negada. Tenía el derecho de vivir aquella felicidad. No me lo habéis concedido. Y entonces ha sido pero para mí, peor para vosotros, peor para todos… ¿Debería lamentar lo que he hecho? Quizás. Pero no tengo remordimientos. Arrepentimientos ,sí, pero en cualquier caso, ningún remordimiento». 

Jules Bonnot, héroe romántico para algunos, criminal y asesino para la mayoría, moría a manos de la policía francesa el 28 de abril de 1912 en Choisy-le-Roi. El libro de Pino Cacucci En cualquier caso, ningún remordimiento cuenta su historia.