En entradas anteriores del blog he hablado sobre la situación en el imperio otomano en los años previos a la Primera Guerra Mundial: la revolución de 1908 y la cuestión armenia. Otro conflicto que sacudió al tambaleante imperio turco en esos años fue la guerra de Libia que enfrentó a los otomanos contra Italia en 1911.

Las posesiones turcas en el Norte de África se habían visto drásticamente reducidas al perder Argelia (1830) y Túnez (1881), que pasaron a manos francesas, mientras que Egipto era ocupada por los ingleses en 1882. Todo lo que quedaba del imperio otomano en la zona eran las provincias de Bengasi y Trípoli (en la actual Libia) y en ellas iba a poner su mirada el nuevo estado italiano, nacido en 1871 después de culminar su proceso de unificación. la joven nación no deseaba ser la única potencia occidental sin un dominio colonial en África.

Italia, tras asegurarse de la neutralidad de Francia y Gran Bretaña, trató de encontrar un casus belli en el que amparar sus ambiciones sobre Libia, y lo halló cuando los turcos enviaron un cargamento de armas y municiones a sus guarniciones en la provincia. Argumentando que eso suponía un riesgo para sus nacionales residentes en Trípoli y Bengasi, Italia declaró la guerra a Turquía el 29 de septiembre de 1911.

La contienda estaba claramente desequilibrada: 4.200 soldados turcos sin apoyo naval frente a un ejército invasor italiano de 34.000 militares. En Turquía, mientras el gran visir y el gobierno eran partidarios de no desgastar a su ejército en una campaña con escasa posibilidades de éxito por un territorio marginal, los Jóvenes Turcos vieron en el desafío italiano un ataque a la patria que su exacerbado nacionalismo no podía permitir que quedara sin respuesta. El comandante Enver, del que ya hablé en la primera  de las entradas del blog citadas arriba, consiguió convencer al Comité Central del CUP (Comité para la Unión y el Progreso) de iniciar una guerra de guerrillas contra Italia en Libia, hostigando a las fuerzas italianas en pequeñas escaramuzas que fueran diezmando al enemigo y evitando en todo momento un enfrentamiento a gran escala.

Enver zarpó hacia Alejandría y, siguiendo su ejemplo, en los meses siguientes centenares de oficiales de los Jóvenes Turcos llegaron por diferentes caminos a Libia, dispuestos a librar la planeada guerra de guerrillas. Se hacían llamar fedai  o fedayines, combatientes dispuestos a dar la vida por la causa. Aunque oficialmente el gobierno turco se desmarcó de estos «aventureros decididos a actuar en contra de los deseos del gobierno otomano», el tesoro turco realizaba pagos regulares a los comandantes de la nueva fuerza turca en Libia. Entre estos jóvenes militares turcos desplazados a Libia se encontraba Mustafá Kemal, llamado a liderar el país en un futuro no muy lejano y a pasar a la Historia como el fundador de la Turquía moderna con su sobrenombre de Ataturk.

Enver centró sus operaciones en la Cirenaica, donde los italianos habían ocupado las ciudades costeras de Bengasi, Derna y Tobruk, pero no habían podido avanzar hacia el interior debido a la resistencia de las tribus libias. Enver logró ser rápidamente aceptados por los líderes de esas tribus y por la poderosa secta religiosa de los sanusitas, que rendía culto al sultán otomano como líder espiritual del islam.

Las fuerzas otomanas al mando de Enver, con el reseñado refuerzo local, pusieron sitio a la ciudad de Derna y desarrollaron con notable éxito en los años 1911 y 1912 su táctica de guerra de guerrillas. Impidieron que los italianos avanzaran hacia el interior del país y causaron más de siete mil bajas, entre muertos y heridos, al ejército invasor. Parecía que la estrategia diseñada por Enver daría resultado y que Turquía evitaría la pérdida de Libia.

El gobierno italiano, al que la aventura le estaba costando una fortuna, decidió cambiar de táctica y tratar de obligar a los turcos a firmar un tratado de paz. Para ello  su fuerzas comenzaron a atacar los puertos otomanos del Mediterráneo oriental: bombardearon Beirut en marzo de 1912 y ocuparon las islas griegas del Dodecaneso en mayo de ese año.  Y para forzar más las cosas, la corona italiana hizo uso de sus relaciones familiares con el rey Nicolás I de Montenegro para convencer a este país balcánico de que declarara la guerra a Turquía el 8 de octubre de 1912, con la esperanza de que la mecha se extendiese al resto de dominios otomanos en los Balcanes.

Esta posibilidad hizo saltar todas las alarmas en Estambul. Los miembros del gobierno y del ejército se dieron cuenta del tremendo error que había supuesto para la supervivencia del imperio la obcecación de los Jóvenes Turcos en defender las lejanas provincias de Bengasi y Trípoli. Solo diez días después de la declaración de guerra montenegrina, Turquía firmaba el tratado de Lausana con Italia por el que cedía al país transalpino el  dominio sobre Libia. Los fedayines turcos, que solo unos meses antes habían jurado alianza eterna a sus correligionarios musulmanes de las tribus libias y de la secta sanusita, abandonaron precipitadamente el país norteafricano y regresaron a Estambul pues debían prepararse para una crisis mucho mayor que la de Libia. Efectivamente, la mecha en los dominios balcánicos del imperio otomano había prendido y ello culminaría en el conflicto conocido como Primera guerra de los Balcanes… pero esa es otra historia.

Imagen| Wikimedia commons

Fuente| Eugene Rogan. La caída de los otomanos. La Gran Guerra en el Oriente Próximo