Los últimos años del siglo XI y primeros del siglo XII fueron muy complejos en Inglaterra. Desde 1189 gobernaba el país Ricardo I, conocido como Corazón de León. Pero el famoso monarca solo pasó seis meses de los diez años de su reinado en suelo inglés, la mayoría de ellos para conseguir fondos con los que financiar sus campañas guerreras primero en Tierra Santa y luego en Francia («vendería Londres si encontrara un comprador» llegó a decir según un cronista).

Entre 1190 y 1194 Ricardo estuvo ausente, primero en Tierra Santa y después cautivo en Alemania a la vuelta de las Cruzadas, lo que trató de ser aprovechado por su hermano Juan sin Tierra para hacerse con el trono. Aunque no lo consiguió, este período constituyó una dura prueba para todos los nobles del país; debían obediencia a Ricardo, pero tampoco podían enemistarse abiertamente con Juan pues era probable (y de hecho así terminó sucediendo) que heredera la corona. Se trataba, por tanto, de una difícil tarea de supervivencia.

Cuando Ricardo murió en 1199 y Juan subió al trono, se fue ganando poco a poco la desafección de los nobles del reino: perdió casi todas las posesiones heredadas de su padre y su hermano en el continente, se enfrentó con el papa que llegó a poner a Inglaterra en interdicto y a excomulgar al rey, asesinó o mandó asesinar a su sobrino Arturo de Bretaña y con sus actos crueles, caprichosos y arbitrarios hizo que cada vez más notables del país se pusieran abiertamente en su contra.

Todas estas tensiones estallaron cuando en 1215 Juan volvió a Inglaterra después de una fracasada invasión de Francia, que terminó con la derrota por el rey galo Felipe Augusto de una formidable coalición de aliados internacionales en la batalla de Bouvines. Fue esta uno de esos enfrentamientos que deciden el futuro de un país durante siglos (como lo fue Hastings en 1066 para Inglaterra)… pero esa es otra historia.

Como decía, después de la derrota en Bouvines y su vergonzosa huida de Francia tras la misma, Juan sin Tierra regresó a una Inglaterra indignada con la situación en que había dejado al país. Pero no contento con ello, el rey se atrevió a exigir un elevado y arbitrario tributo (uno más) a los nobles que no le habían acompañado a la aventura francesa. Los magnates del país se rebelaron abiertamente contra Juan y, aunque en junio de 1215 le forzaron a poner su sello en el histórico documento llamado Magna Carta, tuvieron que levantarse en armas posteriormente pues en septiembre Juan consiguió que el papa anulara el documento.

En los primeros meses del año 1216 los rebeldes habían tomado Rochester y Londres y habían llamado al heredero al trono francés, Luis, para ofrecerle la corona de Inglaterra (su esposa Blanca de Castilla era nieta de Enrique II y de Leonor de Aquitania, por lo que podía esgrimir un derecho al trono al menos tan bueno como el de Juan sin Tierra). Solo tres grandes fortalezas permanecieron fieles al rey: Windsor, Dover y Lincoln, cuya castellana era una formidable mujer: la protagonista de esta entrada, Nicholaa de La Haye.

Era hija del caballero normando Richard de la Haye y también tenía ascendencia de la nobleza sajona anterior a la conquista de 1066. Nació entre 1150 y 1156 y heredó el cargo de castellana de la fortaleza de Lincoln. Aunque habitualmente las tareas propias del puesto las desempeñaba su segundo esposo Gerard de Camville, cuando este se encontraba ausente Nicholaa ejercía de castellana ante un ataque contra la fortaleza.

Una de estas ocasiones se produjo en 1191, cuando su esposo se encontraba defendiendo los intereses de Juan sin Tierra en los castillos de Tickhill y Nottingham. Nicholaa, en palabras del cronista contemporáneo Richard de Devizes «sin pensar en absoluto como mujer, defendió como un hombre el castillo de Lincoln»

Posteriormente, ya viuda, nuestra protagonista volvió a distinguirse durante el proceso que concluyó en la firma de Magna Carta. Una fuerza de los nobles rebeldes contra el rey Juan sitió el castillo de Lincoln y Nicholaa consiguió aguantar sin rendir la fortaleza hasta que logró firmar una tregua con el líder de los sitiadores Gilbert de Gante. Cuando posteriormente Juan sin Tierra visitó Lincoln en 1216, Nicholaa trató de hacerle entrega de las llaves del castillo alegando que ella no era más que una anciana incapaz de aguantar las exigencias físicas del puesto; pero el rey  insistió en que las conservara. Además, poco antes de su muerte el 19 de octubre de 1216, designó a Nicholaa para que, junto a un leal servidor del rey de nombre Philip Mark, desempeñara el cargo de sheriff de Lincolnshire.

Heredó la corona el hijo de Juan sin Tierra, Enrique III que solo tenía nueve años cuando accedió al trono. La situación no podía ser más desesperada, con el país en guerra civil y un pretendiente francés instalado en Londres. Pero el joven rey llegó bajo la sombra protectora de un hombre de enorme ascendente para toda la nobleza del país: William Marshal (había servido a Enrique II y a sus hijos Enrique el Joven, Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra). Su biografía, redactada en cierto tono hagiográfico, cita a Marshal en tan solemne momento: «Si todo el mundo abandona al chico menos yo, ¿sabéis qué haré? Lo cargaré sobre mis hombros e iré con él de isla en isla y de condado en condado, aunque tenga que rebuscar para conseguir mi ración diaria de pan». Así, Marshal se dispuso a asentar la corona en la cabeza del rey niño y para ello lo primero que hizo fue dirigirse a uno de los principales castillos del país, que se encontraba bajo el asedio de las fuerzas combinadas de los rebeldes y del ejército del pretendiente francés. Este castillo no era otro que el de Lincoln y la encargada de su defensa era nuevamente Nicholaa de la Haye que no solo había vuelto a negarse a entregar la fortaleza a los atacantes, sino que había hecho saber que recibiría en el castillo a todos los ingleses leales a Enrique III. Esa proclama había levantado la moral de los que se oponían al pretendiente francés, por lo que este había enviado buena parte de sus fuerzas con instrucciones claras de tomar el castillo. Si no recibía refuerzos, era cuestión de tiempo que Lincoln cayera a pesar de la heroica defensa de su castellana.

Sin embargo, a sus casi setenta años, William Marshal despegó una tremenda energía para liberar a Inglaterra del príncipe galo y de los barones que le habían llamado. El 20 de mayo de 1217 lideró personalmente una carga de la caballería inglesa contra el ejército francés que asediaba Lincoln junto con sus aliados rebeldes. Dicha acción fue apoyada por una contundente descarga de flechas desde las almenas del castillo ordenada por Nicholaa de la Haye. La victoria de Marshal y Nicholaa fue total y el enemigo huyó en desbandada, mientras que los barones desafectos fueron capturados.

Posteriormente, en agosto, el ejército leal a Enrique III consiguió otra resonante victoria contra los franceses, esta vez en el mar, en Sandwich, contra una flota de 80 barcos que zarpó desde Calais y que había sido reunida por la esposa del príncipe, Blanca de Castilla. El príncipe Luis se dio cuenta de que sus opciones de ceñir la corona inglesa podían darse por perdidas y regresó humillado a Francia, reconociendo después a Enrique como rey de Inglaterra en el tratado de Kingston.

En cuanto a Nicholaa de la Haye, después de lo ocurrido en Lincoln (que le valió palabras elogiosas de los partidarios de Enrique III y calificativos no tan positivos de los derrotados franceses) fue sustituida en su cargo de sheriff de Lincolnshire por el tío del rey, el conde de Salisbury, solo cuatro días después de concluir la batalla. El resto de años de su vida, Nicholaa los pasó luchando por sus tierras y por su castillo de Lincoln contra el citado conde, hasta que ya en 1226 decidió entregar la fortaleza y retirarse a su señorío en Swaton donde murió en 1230.

Fuentes| Régimen Pernoud: La reina Blanca de Castilla.

Magna Carta 800th Anniversary