Berenguela de Navarra, reina de Inglaterra

El de Berenguela de Navarra, esposa de Ricardo Corazón de León y reina de Inglaterra, es un caso peculiar en la historia. Siempre a la sombra de su carismático esposo, para la mayoría de los historiadores no ha merecido más de una línea para destacar que es la única reina de Inglaterra que no puso pie en suelo inglés y que no dio un heredero a su esposo con el que no realizó vida marital (lo que a su vez se usa como argumento sobre la supuesta homosexualidad de Ricardo I de la que hablamos en una entrada del blog). Como suele ser habitual, esta simplificación es injusta y lleva a conclusiones equivocadas.

El acercamiento a la figura de Berenguela tropieza con la dificultad de la escasez de fuentes históricas sobre sus circunstancias anteriores al compromiso matrimonial con Ricardo. Era hija del rey de Navarra Sancho VI el Sabio y hermana del también rey navarro Sancho VII el Fuerte, uno de los vencedores de la batalla de Las Navas de Tolosa, pero ni siquiera sabemos el año de su nacimiento; la mayor aproximación que podemos hacer es que cuando se casó con el rey inglés en Limasol en 1191 tendría entre 21 y 26 años.

En ese momento Ricardo era el “soltero de oro” de la realeza europea. Rey de Inglaterra, duque de Normandía, conde de Anjou, duque de Aquitania y conde de Poitou, gozaba (además de las enormes propiedades asociadas a esos títulos) de un merecido prestigio como guerrero y caudillo militar. Acompañaban a estas virtudes un físico poderoso y atractivo y su fama como juglar en las cortes que visitaba. Estaba, además, a punto de embarcarse en la aventura de reconquistar la ciudad santa de Jerusalén, perdida años antes. ¿Qué llevó entonces a esta deslumbrante estrella del mercado matrimonial europeo a concertar su enlace con la desconocida hija del monarca de un pequeño reino de la península ibérica?

En los últimos años del reinado del padre de Ricardo, Enrique II medió en diferentes conflictos entre los reinos peninsulares. Además, tanto el padre como el hermano de Berenguela tenían intereses en los territorios ultrapirenaicos más cercanos a Navarra, por lo que resulta muy probable que entraran en contacto con Ricardo en su condición de conde de Poitou. Las fuentes que apuntan a que Ricardo se prendó de ella cuando visitó Pamplona en su juventud (según unos como juglar, según otros como peregrino hacia Santiago) no tienen apoyo en ningún documento histórico que recoja dicha visita. Pero un autorizado autor, de nombre Ambroise (que acompañó a Ricardo a las cruzadas) señala en su Estoire de la guerre sainte, que “el rey la amó mucho, pues desde que era conde de Poitou la había deseado”. Esto implicaría que la pareja se había conocido antes de que Ricardo se convirtiese en rey de Inglaterra en 1189, pues el pasaje se refiere a él como conde de Poitou. Cierto es que buena parte de la obra de Ambroise es un exagerado elogio de las virtudes de Ricardo, pero en este punto no parece tener mucho sentido que el autor no estuviese contando la verdad, puesto que nada añade a su imagen idealizada de Ricardo el que conociese o no previamente a Berenguela.

No hay tampoco pruebas de que Ricardo y Sancho VII de Navarra se conocieran y trabaran amistad, aunque el carácter aguerrido y la fama militar de ambos hace que esta hipótesis no sea descartable. Algunas fuentes apuntan al año 1185 como el del compromiso matrimonial entre Ricardo y Berenguela, señalando que en ese año Ricardo se reunió con Alfonso II de Aragón en Gascuña y que en ese encuentro el aragonés solicitó la ayuda del angevino en relación con un conflicto con Sancho VII de Navarra, lo que podría indicar que Ricardo tenía algún tipo de ascendente sobre el navarro. Y este ascendente podría derivar del compromiso matrimonial con Berenguela, a la que en ese mismo año su hermano concedió algunas tierras en Navarra (lo que estas fuentes interpretan como un reconocimiento a su nuevo estatus de prometida de Ricardo).

Lo que sí es cierto es que en 1190, mientras Ricardo se disponía a embarcarse hacia Tierra Santa, su madre Leonor de Aquitania viajaba a Navarra para hacerse cargo de Berenguela de Navarra y acompañarla al encuentro de su hijo para contraer matrimonio. Se ha considerado a Leonor como la principal responsable de esta decisión y se han dado diversos argumentos: la perentoriedad de casar a su hijo para que diera un heredero antes de lanzarse a una aventura que muy bien podía costarle la vida; su deseo de apartar a Ricardo de la “enfermiza” relación con Felipe de Francia y encontrar una esposa ajena al círculo del monarca galo; o que Ricardo le hubiese hecho confidencias sobre una atracción adolescente en un encuentro previo con Berenguela que Leonor se propuso reavivar.

Para otros, como John Guillingham, la iniciativa partió del propio rey inglés, haciendo referencia a un período de gran actividad en Gascuña y a una reunión en febrero de 1190 en La Réole como elementos significativos para cerrar las negociaciones del enlace, que bien pudo ser el cierre de las conversaciones iniciadas en 1185. Era, en todo caso, una propuesta más que ventajosa para Sancho de Navarra, que veía así reforzada su posición al otro lado de los Pirineos, lo que le permitiría centrarse en sus problemas con sus vecinos castellanos y aragoneses.

Sea como sea, Leonor viajó en septiembre de 1190 a Navarra, donde recogió a Berenguela y juntas emprendieron un arduo viaje cruzando los Pirineos y los Alpes, atravesando Lombardía, Pisa, Roma y Nápoles hasta llegar a Sicilia. Los cronistas de la época describen a la prometida de Ricardo como sabia, noble, valiente, instruida y bella.

Desde Sicilia, las fuerzas de Ricardo emprendieron viaje a Tierra Santa, donde la pareja contraería matrimonio. Pero por culpa de una tormenta el barco en el que viajaban Berenguela y Juana, hermana de Ricardo que había tomado el relevo de su madre Leonor, tuvo que tomar tierra en Chipre. Allí, el gobernador bizantino de la isla pretendió tomar a la tripulación y a sus nobles pasajeras como rehenes, pero la llegada de Ricardo desbarató sus planes. En menos de cuarenta y ocho horas el rey inglés tomó la isla, que posteriormente vendería a los templarios.

En la capital de Chipre, Limasol, Ricardo I de Inglaterra y Berenguela de Navarra contrajeron matrimonio el 12 de mayo de 1191. En la misma ceremonia, la novia fue coronada como reina de Inglaterra. Evidentemente, no existen pruebas sobre la consumación o no del matrimonio y las fuentes que hablan de la Tercera Cruzada se centran en los movimientos militares de Ricardo sin apenas mencionar a su mujer. Lo que sí es cierto es que cuando retomaron el viaje a Tierra Santa lo hicieron en barcos diferentes y que, una vez en ultramar, Berenguela no participó en las campañas militares de su esposo y cambió de residencia de una fortaleza militar a otra.

Quince días después de la captura de Acre el 6 de julio de 1191, los esposos se reunieron en el castillo de la fortaleza. Pero la situación de Ricardo no era la más indicada para dedicarle atención a su esposa: enfermo, enfrentado al rey de Francia y otros líderes de la cruzada, sopesando la decisión de ejecutar a más de dos mil prisioneros musulmanes de Acre …

Solo un mes después de que Berenguela llegara a Acre Ricardo partió hacia el sur, hacia Jerusalén, dejando atrás a su esposa. Es imposible saber si durante ese tiempo la pareja convivió maritalmente, pero lo cierto es que Berenguela no quedó encinta. En septiembre Ricardo tomó Jafa y un mes después Berenguela se instaló allí. La pareja permanecería seis meses en Jafa (aunque Ricardo pasó buena parte de ellos guerreando para tratar de tomar Jerusalén y en Navidad Berenguela se le unió en el campamento de Latrún en el que se encontraba, para las celebraciones).

Tras el fracaso de la cruzada y la firma de la tregua con Saladino en 1192, la pareja se dispuso a regresar a Europa. Berenguela y Juana, la hermana de Ricardo, lo hicieron el 29 de septiembre desde Acre, pero Ricardo no las acompañaba. Muy conocido es lo que le sucedió a Corazón de León después de dejar Palestina el 9 de octubre de 1192: fue apresado por Leopoldo de Austria y entregado al emperador Enrique VI que pidió un fuerte rescate por él y permaneció cautivo hasta que fue satisfecho el mismo en febrero de 1194.

En cuanto a Berenguela, tras pasar por Chipre y Nápoles, llegó en diciembre de 1192 a Roma, donde permaneció seis meses. Allí se unió a aquellos que, encabezados por Leonor de Aquitania, reclamaban la intervención del papa para liberar a Ricardo de su cautiverio. En junio de 1193, escoltadas por Alfonso de Aragón y Raimundo de Tolosa, Berenguela y Juana viajaron hasta Poitou.

A pesar de haber sido coronada reina de Inglaterra en su boda, durante todo el cautiverio de Ricardo Berenguela permaneció en Poitou. Tanto en un sitio como en otro la situación era delicada. En Inglaterra Juan sin Tierra conspiraba para hacerse con el poder mientras que su madre Leonor exprimía a fondo a todos los súbditos de Ricardo para conseguir reunir el descomunal rescate exigido por el emperador. En Poitou Berenguela se enfrentaba a la nobleza aquitana, tradicionalemente levantisca y poco dada a obedecer a sus duques. Enrique II había conseguido con gran esfuerzo someterlos finalmente, pero en la nueva situación se disponían a volver a las andadas.

Cuando Ricardo regresó a Inglaterra después de su liberación, hizo todo lo posible para reafirmar su poder. Entre otras acciones simbólicas, fue nuevamente coronado en Winchester como rey. En esta ceremonia le acompañaba su madre Leonor, pero no su esposa. Es difícil dilucidar si esta ausencia evidenciaba un distanciamiento previo de la pareja o se debió simplemente a las prisas de Ricardo en demostrar que estaba nuevamente asentado en el trono y que no hubo tiempo de que Berenguela viajase desde Francia. Posiblemente Ricardo estimó que no merecía la pena que su ya coronada esposa hiciera el peligroso cruce del canal cuando él mismo tenía previsto dejar Inglaterra pocos días después. Sea cual sea la causa, Berenguela no acompañó a Ricardo en su nueva coronación.

Efectivamente, Ricardo solo permaneció en Inglaterra tres semanas desde la ceremonia de Winchester. Sería la última vez que pondría pie en la isla. Los cinco años restantes de su vida los pasó batallando contra Felipe de Francia por sus posesiones continentales. Sus campañas militares en esos años están ampliamente documentadas, pero desgraciadamente en estos documentos (como era habitual en la época, en la que las reinas eran invisibles salvo para constatar sus matrimonios y los nacimientos de sus hijos) no se relatan las actividades de Berenguela.

Cuando decimos que Ricardo pasó sus cinco últimos años batallando contra Felipe no se debe interpretar como que se mantuvo durante todo ese tiempo en continuos enfrentamientos a lo largo de Francia sin pisar un castillo. En esa época las guerras tenían un alcance muy limitado, tanto en el tiempo como en el espacio; se limitaban a esporádicos encuentros en el campo de batalla que solían concluir con largas treguas destinadas a evitar las épocas más inclementes y los períodos en que los soldados de a pie debían regresar a sus tierras a hacerse cargo de las cosechas.

Es decir, que si Ricardo y Berenguela no tuvieron tampoco descendencia en esos cinco años, no fue porque él estuviese todo ese tiempo en una tienda de campaña rodeado de sus tropas y asediado o asediando al francés.

En el año 1195, según el cronista Roger de Howeden, un eremita se dirigió a Ricardo recordándole la destrucción de Sodoma, recriminándole su vida pecaminosa y compeliéndole a arrepentirse y enderezar su vida. Las implicaciones de este pasaje sobre la orientación sexual de Ricardo ya fueron objeto de estudio en su momento; lo que nos interesa en este momento es que según Howeden, un arrepentido Ricardo «tras aceptar la penitencia, recibió a su esposa, a la que no había reconocido por un largo tiempo; y, renunciando a las relaciones sexuales ilícitas, se unió a su esposa y ambos fueron una sola carne». Sea cierto o no lo narrado en este pasaje, Berenguela tampoco quedó encinta esta vez.

Hay pocas referencias a las actividades de Berenguela en los años restantes hasta la muerte de Ricardo en 1199. Debió estar presente en octubre de 1196 en Poitiers en la boda de Juana, la hermana del rey; no en vano ambas mujeres habían sido compañeras en el periplo por las cruzadas. Pero el proyecto al que más tiempo dedicó Ricardo en sus últimos años fue la construcción del castillo de Gaillard, y no hay referencia alguna a que Berenguela visitase en ninguna ocasión la fortaleza, ni siquiera cuando estuvo terminada.

En abril de 1199 Ricardo recibió una herida mortal en el sitio de Chalus. Estuvo en cama diez días hasta que falleció y fueron llamados para estar a su lado su madre Leonor y el caballero William Marshal pero no Berenguela. Lo que unos consideran una prueba más de las desavenencias de la pareja y otros justifican como una medida para ocultar la gravedad de las heridas del rey (Berenguela nunca le acompañaba a sus campamentos y hubiera sido sospechoso que lo hiciera), puede más bien haber sido simplemente un consejo médico (así lo refleja una crónica del siglo XIV de Walter de Guiseborough: «La herida en su hombro era profunda y peligrosa y en razón de eso sus médicos le prohibieron abrazar o aun ver y tocar a su esposa», aunque según la misma crónica el carácter libidinoso del rey hizo que no reprimiera sus placeres con otras mujeres).

Después de la muerte de Ricardo, el obispo Hugo de Lincoln, que iba a reunirse con el rey para tratar de varios asuntos, decidió desviarse a ver a Berenguela en Beaufort y la encontró «afligida y con el corazón casi roto», según el biógrafo del obispo.

Muerto Ricardo, tanto Leonor como el nuevo rey inglés, Juan sin Tierra se desentendieron totalmente de Berenguela. El papa Inocencio III, que siempre defendió a la navarra, describe su situación como propia de una mendiga pobre y humillada. aun así, la viuda de Ricardo I todavía viviría más de treinta años … pero esa es otra historia.

Quien quiera más información sobre esta figura histórica puede leer el recomendable libro Berenguela de Navarra, reina de Inglaterra. Buscando a la consorte de Ricardo Corazón de León de Ann Trindade, que ha servido de fuente para esta entrada. No es fácil encontrarlo en tiendas, pero la editorial responsable de su publicación, Mintzoa, lo envía rápida y eficientemente a quien contacte con ellos.

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