Terminaba la primera entrada de esta serie sobre los ahorcamientos de Mankato con la decisión del coronel Sibley de someter a juicio a los miembros de la tribu sioux santee que se habían rendido a él. Aunque llamar juicio al proceso que tuvo lugar en los últimos meses de 1862 no sería exacto. La profesora de la facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota Carol Chomsky lo resume así: “el proceso contra los sioux se desarrolló de manera arbitraria en varios aspectos. Las pruebas eran insuficientes, el tribunal no era imparcial, a los acusados no se les permitió ser defendidos por un abogado en un proceso cuyos trámites desconocían y que se condujo en una lengua que también desconocían. Y lo que es más grave, ni las autoridades ni la comisión militar designada reconocieron que se hallaban ante el escenario posterior a una guerra contra una nación soberana y que los hombres que se habían rendido tenían derecho a ser juzgados de conformidad con ese estatus”.

El tribunal de guerra estaba compuesto por cinco oficiales designados por el coronel Sibley que ni se plantearon la cuestión de si los indios tenían derecho a una defensa letrada (para ellos, los nativos carecían de derechos legales). Los indios fueron juzgados uno a uno a razón de 40 por día y al finalizar los procesos el 5 de noviembre de 1862, 303 santee habían sido condenados a muerte y otros 16 a penas de prisión.

Aunque estaban convencidos de hacer lo correcto, ni Sibley ni su jefe militar, el general John Pope, estaban dispuestos a asumir la responsabilidad de llevar a cabo la ejecución de más de 300 indios y elevaron la cuestión al presidente Lincoln. Pensaban que la orden sería ratificada, pero según explicó posteriormente el propio Lincoln al senado: “Por una parte no deseaba actuar con debilidad de forma que fomentara nuevas rebeliones; pero por otra tampoco quería tomar una medida cuya severidad lindara en la crueldad. Por eso ordené un examen cuidadoso de las actas de los juicios con el fin de aplicar la pena de muerte solo a los convictos de violación”.

La negativa de Lincoln a aceptar la ejecución de los 309 condenados a muerte indignó al general Pope que declaró que “los condenados deberían ser ejecutados sin demora”, pues “la humanidad requiere la inmediata disposición del caso”. Por su parte, el gobernador de Minnesota advirtió que si no se le autorizaba a ejecutar de inmediato las sentencias se corría el riesgo de que los colonos se tomaran la venganza por su cuenta. Para presionar más, hicieron trasladar a los prisioneros y que el convoy pasara por New Ulm, donde una enfurecida multitud lanzó todo tipo de objetos y agua hirviendo a los indios, quince de los cuales resultaron heridos. Por otro lado, los restantes 1.700 miembros de la tribu santee que no habían huido y tampoco habían sido condenados fueron trasladados por Sibley a un campo de concentración en Fort Snelling; su delito: haber nacido indios.

Cuando a resultas de la revisión ordenada por el presidente se detectó que solo dos indios habían cometido violaciones y que, por tanto, habría dos condenas a muerte, Lincoln ordenó que se aplicara la máxima pena también a los acusados de participar en masacres indiscriminadas de blancos y no solo en actos de guerra. Con este nuevo criterio el número de reos a ejecutar aumentó a 39. Se fijó la fecha del 26 de diciembre para la ejecución.

De los 39 condenados, uno recibió un indulto a última hora, por lo que la mañana del 26 de diciembre de 1862 fueron 38 los sioux santee que fueron conducidos a un patíbulo cuadrangular construido especialmente para la ocasión. Mientras se dirigían a la horca, los condenados cantaban la canción de muerte de los sioux. Cada uno fue colocado frente a una horca y se les colocó una capucha blanca. Un colono que había perdido a su familia a manos de los indios fue el encargado de activar la trampilla. Los 38 cadáveres de los hombres ejecutados en Mankato fueron enterrados en una fosa común, que fue posteriormente profanada por miembros de la facultad de Medicina para hacerse con cuerpos para sus estudios

La ejecución de los santee sigue siendo hoy el mayor ahorcamiento masivo de la historia de los Estados Unidos. Años después se descubrió que habían existido varios errores de identificación de los participantes en la revuelta y que más de un inocente había sido ejecutado. El papel de Lincoln en este episodio sigue siendo objeto de polémica. Para el reconocido autor Dee Brown,  “de no haber sido por la intercesión de Lincoln,(los ejecutados) habrían sido 303”. Para la página United Native American: “el Gran Emancipador ordenó la mayor ejecución en masa en la historia de América, en la que la culpabilidad de los hombres a ejecutar era más que dudosa. Digan lo que digan los defensores de Lincoln, lo ocurrido no fue más que un asesinato destinado a apropiarse de las tierras de los sioux santee y a apaciguar a sus compinches políticos en Minnesota”.

En cuanto a los miembros de la tribu que huyeron con Corneja Pequeña, después de desplazarse a Canadá y tratar infructuosamente de que los británicos les proveyeran de armas y provisiones para luchar contra los estadounidenses, este y alguno de sus fieles decidieron regresar a Minnesota y seguir dando batalla a los blancos. Corneja Pequeña falleció en una escaramuza con un grupo de colonos. Su cabeza fue conservada y se expuso en la capital de Minnesota, Saint Paul. Otros dos jefes santee que habían permanecido en Canadá fueron secuestrados allí por tropas del coronel Sibley, trasladados ilegalmente a Estados Unidos, juzgados sumariamente y ahorcados.

Los restantes prisioneros (tanto los condenados en los juicios a penas de prisión tras la revisión de Lincoln como los detenidos sin condena en Fort Snelling) pasaron los siguientes años en diferentes campos de concentración  en los que la mayoría fallecieron por las insalubres condiciones antes de ser instalados en una reserva en Dakota del Sur en 1866. Su primer destino (Cow Creek junto al río Misouri) fue especialmente cruel: se calcula que 3/4 partes de los santee allí instalados no superaron el primer invierno. Durante su estancia en Cow Creek, los santee recibieron la visita de un joven miembro de la tribu de los sioux lakota, que al escuchar lo sucedido con sus hermanos decidió que dedicaría su vida a luchar contra el hombre blanco. Su nombre era Tatanka Yotanka, cuya traducción al castellano es Toro Sentado, y estaría destinado a ocasionar más de un disgusto a los estadounidenses … pero esa es otra historia.

Fuentes| Dee Brown: Enterrad mi corazón en Wounded Knee

The U.S.-Dakota War of 1862 

United Native America