En la actualidad, y en lo que a política se refiere el término dictador tiene un matiz peyorativo, al hacer referencia a aquel gobernante que se distingue por imponer su voluntad  prescindiendo de los derechos y libertades de sus súbditos utilizando para ello frecuentemente la violencia y el asesinato. Nos vienen a la cabeza nombres como los de Stalin, Hitler o Mussolini. El Diccionario de la RAE ratifica este concepto (1.En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyada en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica.)  Ello ha hecho que la palabra se haya extendido a todos los ámbitos y generalizado, como recoge la segunda acepción dada por la RAE (2. m. y f. Persona que abusa de su autoridad o trata con dureza a los demás).

Sin embargo, en sus orígenes el término dictador tenía un significado muy diferente. Se trata de una institución creada en los tiempos de la República en Roma. El objetivo de esta entrada no es profundizar en la historia de Roma; baste decir que, cuando los romanos decidieron poner fin a la monarquía como institución gobernante de la ciudad, una de las primeras medidas que tomaron fue dividir el poder entre diferentes personas e instituciones para evitar la situación de tiranía en que la monarquía se había convertido al concentrar el poder en la persona del rey de Roma.

Pero, previsores ellos, los romanos entendieron que podían existir situaciones extraordinarias que amenazaran a la República y en las que la dispersión de instituciones podía constituir un freno a la toma rápida e indiscutida de decisiones que pudieran contribuir a salvar a Roma. Y optaron por crear una figura que, en casos extremos y por designación del Senado, pudiese concentrar todos los poderes. La designación sería por el tiempo estrictamente necesario para poner fin a la emergencia y, terminada la misma, la persona nombrada debía renunciar a todos sus poderes y volver a depositarlos en sus titulares habituales. En la antigua Roma esta institución extraordinaria y excepcional se denominaba dictator (dictador) y no tenía el perfil peyorativo que adquirió posteriormente cuando en los últimos años de la República fue utilizada por poderosos políticos para perpetuarse en el poder.

Cuando en las clases de Historia y de Derecho Romano se explicaba la figura del dictador, siempre se ponía el ejemplo del dictator por excelencia, un viejo general romano que vivía retirado cultivando su huerto y que, ante una grave crisis de la República, fue llamado por el Senado y nombrado dictador. El general aceptó su designación, hizo frente a los peligros que amenazaban a Roma y, solucionada la emergencia, renunció a sus poderes y volvió a su huerto. El nombre del anciano general era Lucius Quinctius Cincinnatus.

Y aquí viene la pregunta que da título a la entrada: ¿cómo llegó un dictador romano del siglo V a.C. a dar nombre a una ciudad en el estado norteamericano de Ohio?

Para responder a esta cuestión tenemos que situarnos en los tiempos de la Guerra de la Independencia de EE.UU. Uno de los principios ideológicos esenciales de la rebelión de las colonias inglesas en Norteamérica contra la potencia colonial británica era el concepto de la igualdad entre todos los hombres, recogida en la famosa Declaración de Derechos de Virginia de 1776, redactada por Thomas Jefferson, cuyo artículo 1 reza: «todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes, y tienen ciertos derechos inherentes, de los cuales, cuando entran en un estado de sociedad, no pueden ser privados o postergados».

Este principio general chocaba frontalmente con la estructura  de la monarquía y la nobleza inglesa, en las que el nacimiento era un elemento claramente diferenciador. Sin embargo, ya desde los primeros años de existencia del país norteamericano, se extendió en algunos círculos una creencia (que dura hasta nuestros días), que si bien rechazaba la existencia de una aristocracia por nacimiento era y es firmemente partidaria de lo que se podría llamar una «aristocracia de méritos», una especie de distinción de aquellos ciudadanos que han tenido un éxito en su vida pública y privada y que forman una especie de élite.

Este principio fue adoptado en una fecha tan temprana en la historia estadounidense como 1783 por un grupo de oficiales norteamericanos que, por su participación en la guerra contra Inglaterra, se consideraban a sí mismos parte de esta aristocracia y que decidieron formar una asociación al estilo de las viejas órdenes de caballeros europeas como la Orden de la Jarretera inglesa. Cuando tuvieron que poner un nombre a su cofradía se acordaron de la historia del viejo romano que, como ellos, tomó las armas cuando la República lo necesitaba y que después, también como ellos, regresó a la vida civil. Considerándose a sí mismos herederos de Cincinnatus, decidieron tomar su nombre y constituyeron la Orden de los Cincinnati (plural de Cincinnatus en latín).

Cuando en 1790 el presidente de la Orden de los Cincinnati Arthur St.Clair fue designado gobernador del Territorio del Noroeste, decidió honrar a su cofradía y renombrar a una de las poblaciones que se encontraban bajo su dominio. Eligió la población de Losantville y la rebautizó con el nombre que hoy sigue llevando: Cincinnati, en el estado de Ohio. En ella se puede admirar una estatua del hombre que le dio nombre, que es la de la imagen que acompaña a esta entrada.

Con el tiempo, la Orden de los Cincinnati desarrolló un papel importante en la historia de su país y a la misma han pertenecido varios presidentes de EE.UU., … pero esa es otra historia.