En estos días se están celebrando en Río de Janeiro los Juegos Paralímpicos. En el blog hemos dedicado varias entradas a eventos significativos de los Juegos Olímpicos que destacaron en su momento por motivos históricos, deportivos o humanitarios. En el caso de los Juegos Paralímpicos cada participante tiene detrás una historia personal de fortaleza, superación y admirable mentalidad para hacerse un sitio en una sociedad acostumbrada al culto al cuerpo y que tiende a mirar para otro lado ante cualquier persona que no cumple con los estándares de belleza establecidos.

No es de extrañar que el hombre que luchó para que los paradeportistas tuviesen un evento equiparable a los JJ.OO. tenga detrás una extraordinaria y novelesca biografía.

Ludwig Guttmann nació en el seno de una familia judía en 1899 en Tost, localidad de la región minera alemana de Silesia. Cuando tenía 18 años se presentó voluntario para colaborar en el hospital local que prestaba atención a los mineros que sufrían accidentes de trabajo. Allí tuvo ocasión de observar cómo un joven y fornido minero que llegó tras un accidente con la espalda rota y parálisis de cintura para abajo era dado como caso perdido, escayolado y abandonado en un rincón casi sin tratamiento; el joven fallecía un mes después. En una entrevista posterior, Guttmann confesó que el caso concreto de ese joven minero y la asunción por parte de los médicos de que no existía tratamiento posible para él le marcó especialmente.

Se decidió a estudiar Medicina y se licenció en la Universidad de Breslau en 1923. Quería especializarse en Pediatría, pero al no poder encontrar una plaza libre para el ejercicio de esta rama acabó aceptando un trabajo como neurólogo y neurocirujano. Allí se fue ganando una sólida reputación que le permitió esquivar las primeras acometidas contra los judíos perpetradas tras la subida al poder de los nazis.

Fue esta reputación la que le permitió tener diversas ofertas para trabajar fuera de Alemania y la que le decidió finalmente a escapar de la insostenible situación de los judíos en su país y trasladarse al Reino Unido. Guttmann llegó a Dover junto a su mujer y sus dos hijos en marzo de 1939, instalándose finalmente en Oxford. Ya era tiempo; solo seis meses después estallaba la Segunda Guerra Mundial, durante la cual los nazis diseñaron la ‘Solución Final’ que supuso el exterminio de millones de judíos. Sus peripecias hasta llegar a Inglaterra son dignas de una novela de espías … pero esa es otra historia.

En 1943 el gobierno británico preguntó a Guttmann si estaría dispuesto a ponerse al frente de un proyecto destinado a hacer frente al creciente número de casos de soldados que como consecuencia de las heridas de guerra habían sufrido diversos grados de parálisis. Tras asegurarse de que tendría libertad para aplicar sus propios criterios médicos, Guttmann aceptó el puesto y se colocó al frente de un hospital para parapléjicos en Stoke Mandeville, que fue inaugurado el 1 de febrero de 1944.

Aunque inicialmente el hospital solo contaba con 26 camas, se trataba de un enorme progreso para el tratamiento de la paraplejia, que pocos años antes se consideraba poco menos que una pérdida de tiempo. Aparte de luchar por recuperar a sus pacientes, una de las mayores tareas acometidas por Guttmann fue tratar de revertir la idea general existente tanto en la sociedad como en los familiares de los heridos de que estos afrontaban un futuro sin expectativa alguna y sin posibilidad de volver a ocupar un puesto en la sociedad.

Guttmann debió también hace frente a la opinión generalizada de la profesión médica, que no entendía que dejase su lucrativa actividad en Oxford para embarcarse en la complicada y poco atractiva tarea de ponerse al frente del proyecto de tratar con lesiones de médula espinal y parálisis en Stoke Mandeville.

El doctor se dio cuenta de que tan importante como trabajar en la recuperación física de sus pacientes era hacerlo en su recuperación anímica y mental, en convencerles de que una vez terminado su tratamiento médico podían retornar a su vida en sociedad y tener un papel dentro de la misma.

Una de las revolucionarias medidas que Guttmann incluyó como parte de su tratamiento fue el no limitarse a escayolar y mantener en una cama a sus pacientes (lo que derivaba inevitablemente en atrofia muscular y problemas derivados de la falta de circulación sanguínea), sino estimularles a realizar ejercicios de rehabilitación física. Estos ejercicios iban desde el tiro con arco a la mecanografía, pasando por la carpintería o la reparación de relojes.

En un momento dado, Guttmann tuvo la idea de organizar en Stoke Mandeville una competición de tiro con arco entre dos equipos de pacientes discapacitados de la clínica. Fijó la fecha del 28 de julio de 1948, precisamente el mismo día en que en Londres tenía lugar la ceremonia inaugural de los primeros Juegos Olímpicos después de la Segunda Guerra Mundial. Ese día 16 personas de dos equipos realizaron una competición de tiro con arco desde su silla de ruedas.

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No está claro si Guttmann eligió o no esta fecha a propósito, pero el caso es que la competición de tiro con arco para atletas discapacitados se celebró el 28 de julio de 1948 en Stoke Mandeville y el equipo ganador fue premiado con el correspondiente trofeo.

La importancia de este modesto pero significativo evento fue demostrar que no solo los atletas de cuerpos perfectos podían celebrar competiciones deportivas; poco a poco se fueron organizando más actividades y concursos para personas discapacitadas.

Cuando en 1949 en Stoke Mandeville se dispusieron a repetir la experiencia del año anterior, se encontraron con que más hospitales y participantes querían tomar parte en el festival deportivo que pasó a conocerse como Juegos de Stoke Mandeville. Al inaugurar la competición de ese año Guttmann pronunció las siguientes palabras: ‘pronostico que llegará un momento en que este evento deportivo se internacionalizará y que los Juegos de Stoke Mandeville serán el equivalente a los Juegos Olímpicos para personas discapacitadas”.

La primera predicción de Guttmann no tardó mucho en cumplirse; en 1952 un hospital holandés solicitó poder enviar participantes a los Juegos de Stoke Mandeville. En los años siguientes llegaron atletas de Canadá, Australia, Finlandia, Egipto, Israel …La competición se convirtió en un evento anual a celebrar en el mes de julio.

El segundo deseo de nuestro protagonista llegó cuando el Instituto Nacional de Pevención de Accidentes de Trabajo de Italia preguntó no solo si podían participar en la edición de 1960, sino si podían oganizarla y que se celebrase en suelo italiano. Tampoco era casualidad que ese año los Juegos Olímpicos se celebrasen en Roma. Una semana después de la finalización de estos, el 18 de septiembre de 1960 se celebró la primera edición de los Juegos de Stoke Mandeville fuera de Gran Bretaña. Participaron 400 atletas de 21 países que se alojaron en las mismas instalaciones que los atletas de los Juegos Olímpicos. Se disputaron competiciones de tiro con arco, baloncesto en silla de ruedas, atletismo, dardos, billar, natación, tenis de mesa, pentatlón y esgrima en silla de ruedas.

El mayor éxito de la edición de Roma de los Juegos de Stoke Mandeville (que ha sido conocida como los primeros Juegos Paralímpicos) no fue la organización y la participación (que fueron un gran éxito), sino el mensaje de esperanza y de posibilidades de futuro que recibieron las personas con paraplejia y lesiones espinales de todo el mundo. Lo que empezó en una competición veraniega de tiro con arco entre 16 personas en un hospital inglés se había convertido en un evento de relevancia mundial.

A partir de 1976 los Juegos fueron aceptando a personas con otro tipo de discapacidades, tanto físicas como intelectuales. Desde 1984 se  denominaron oficialmente ‘Juegos Paralímpicos’. La idea inicial de Ludwig Guttmann de fomentar la actividad de rehabilitación física de sus pacientes parapléjicos y celebrar una competición de tiro con arco entre ellos, se ha convertido en un formidable grito de esperanza e ilusión para miles de personas en todo el mundo que se superan día a día para competir en los Juegos Paralímpicos.

Aunque con el tiempo ello dio lugar a desagradables picarescas como las del equipo español de discapacitados intelectuales que ganó el oro en baloncesto en Sidney 2000 y que fue desposeído de la medalla de tras denunciarse que buena parte de sus jugadores no eran discapacitados, prefiero quedarme con la imagen del Antonio Rebollo, primer atleta paralímpico que tuvo el honor de encender el pebetero en la ceremonia inaugural de unos Juegos Olímpicos. Fue en Barcelona 1992 y lo hizo … lanzando una flecha en llamas con su arco. Desgraciadamente, Ludwig Guttmann no vivió para ver este momento. Falleció el 18 de marzo de 1980.

Fuente British Paralympic Association