El oficial británico cuya fuga de Colditz frustraron los EE.UU.

Si hay dos campos de prisioneros nazis que se hicieron famosos después de la Segunda Guerra Mundial por los libros y las películas que se escribieron sobre ellos, fueron sin duda el Stalag Luft III y el castillo de Colditz. La película La Gran Evasión estaba dedicada a lo ocurrido en el Stalag Luft III, mientras que una serie de la BBC narraba lo sucedido en Colditz.

Ambos campos tenían algunas circunstancias en común, como el hecho de que se trataba de campos para oficiales y suboficiales. Esto hacía que el trato fuera menos inhumano de lo habitual y que los suministros de la Cruz Roja fueran de más calidad, no solo en materia alimenticia, lo que contribuía a una mejor salud física de los prisioneros, sino también en la calidad de los materiales con los que los prisioneros se las apañaban para tratar de construir los equipos necesarios para escapar de la vigilancia de los alemanes.

Sin embargo, hubo dos aspectos que diferenciaban enormemente ambos casos: mientras que el Stalag Luft III era un campo construido de la nada y diseñado específicamente para evitar las fugas en medio de una zona en la que solo había cercana la estación de tren de Sagan, Colditz era un viejo castillo de la época medieval repleto de viejos túneles y estancias que hacían mucho más difícil su control por parte de los nazis. De ahí venía la segunda gran diferencia entre ambos campos: mientras la situación y circunstancias del Stalag Luft III requirieron una sola gran acción, de la que hemos hablado en el blog y que se conoce con el nombre de La Gran Evasión, en Colditz fueron múltiples los intentos de fuga, de tal manera que aunque la serie de televisión hizo famoso el término “la fuga de Colditz”, en realidad sería más correcto hablar de “las fugas de Colditz”, porque a diferencia del caso del Stalag Luft III, hubo múltiples y pequeños intentos de escapar de esta prisión, que corrieron diferente suerte.

Es posible que uno de ellos, de haberse llevado a efecto, hubiera merecido la mención de “la fuga de Colditz”, por su audacia y la dificultad de preparación y ejecución. Un grupo de oficiales aliados, aprovechando la laberíntica distribución de las múltiples estancias del castillo de Colditz, diseñó un aeroplano que pretendía sobrevolar el castillo y la campiña circundante, posibilitando que sus ocupantes se fugaran de las garras de los nazis. Este invento nunca llegó a ponerse en práctica, porque cuando estuvo terminado en abril de 1944, la derrota de los nazis se veía cercana y se estimó que el riesgo era excesivo. Pero años después, ya terminada la guerra, el artefacto fue probado y se demostró que hubiera funcionado.

Como comentaba, en el caso de Colditz no se puede hablar de una sola fuga, sino de múltiples casos, cada uno de ellos con su anécdota. Pero hubo un caso singularmente desafortunado en Colditz. El oficial británico Peter Allan consiguió escapar en 1940 escondiéndose en un colchón de los que los nazis estaban trasladando a otro campo y, tras un accidentado viaje en el que estuvo varias veces a punto de ser capturado librándose por su gran dominio del alemán, llegó a Viena y se dirigió a la embajada de Estados Unidos. Pero el país norteamericano todavía no había entrado en guerra (no lo harían hasta un año después, tras el ataque a Pearl Harbor). Así las cosas, los norteamericanos no le permitieron la entrada temiendo un incidente diplomático y Allan fue capturado y devuelto a Colditz.

Es difícil imaginar la frustración que el oficial británico debió sentir cuando después de superar todos los controles del castillo de Colditz y la búsqueda de los nazis en todo el país, y después de conseguir llegar sano y salvo hasta Viena y hasta la embajada de un país neutral pero amigo como los Estados Unidos, esta nación se negaba a prestarle su ayuda y le entregaba a los alemanes, que volvieron a llevarlo a Colditz para minar la moral del resto de prisioneros del campo sobre las posibilidades de escapar de allí.

Fuente| Laura Manzanera:Grandes Fugas. Artistas de la Evasión.

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