En la entrada que dedicamos en el blog a Isaac Parker, el juez de la horca,  comentábamos que a medida que los Estados Unidos iban expandiendo su dominio hacia los territorios del oeste del país, el mantenimiento de la ley y el orden eran cuestiones complicadas. La gran extensión de dichos territorios y la tardanza en establecer las necesarias instituciones policiales y judiciales hacían que muchas veces no existiera un juez en muchas leguas a la redonda de los núcleos de población donde se habían cometido hechos delictivos.

Ello hacía que abundaran los linchamientos y los ahorcamientos tras un juicio sumarísimo en los miembros de las partidas de ciudadanos que perseguían al supuesto delincuente se constituían en jueces, jurados y verdugos. En otras ocasiones los grupos de ciudadanos que se erigían en la justicia se organizaban en grupos conocidos como Vigilantes, esencialmente dedicados a cazar a los ladrones de ganado y de caballos que pululaban por los salvajes territorios del oeste. El principio de la carrera de Billy el Niño fue involucrándose en una guerra local protagonizada por uno de estos grupos de Vigilantes en el condado de Lincoln (Nuevo México).

Sin embargo, poco a poco se fueron introduciendo la ley y el orden, con la designación de jueces que se encargaban de impartir justicia. Sin embargo, no siempre se trataba de personas con la necesaria formación jurídica que presidían sesiones en edificios acordes con la solemnidad requerida para los procesos en los que muchas veces estaba en juego la vida de los hombres sometidos a juicio. El ya citado Isaac Parker era la excepción que confirma la regla por sus sólidos conocimientos jurídicos y por su solemne, aunque rigurosa, aplicación de la ley.

En el extremo contrario se sitúa sin duda el extravagante juez Roy Bean. Nacido alrededor de 1825 en Kentucky, Bean se instaló en la remota localidad tejana de Langtry, en el desierto de Chihuahua. Allí empezó a regentar un bar y, con el tiempo, se autodenominó juez de paz y colgó un cartel a la entrada del bar en el que declaraba que allí se impartía La Ley al Oeste del Pecos.

Bean tenía un oscuro pasado en el que destacaban un par de riñas de borrachos que acabaron con algún muerto en Nuevo México y California. En este episodio, según él mismo contaba, los amigos del difunto llegaron a colgar a Bean que se libró por los pelos de morir por la intercesión de la chica por la que se había peleado con el hombre al que asesinó, pero desde entonces no podía girar la cabeza.

Tras seguir dando tumbos por el Oeste y llegar a dar con sus huesos en la cárcel, de la que escapó, acabó siguiendo la línea de las obras del ferrocarril entre San Antonio y El Paso, donde regentaba un bar para los trabajadores de la línea férrea. En su cantina, su aspecto de profeta bíblico y sobre todo el hecho de que no existía ley en 400 km. a la redonda, hicieron que poco a poco los lugareños acudieran a él en busca de justicia hasta que llegó a ser designado juez de paz por las autoridades del condado de Pecos, que pensaron que más valía un mal representante de la ley que la total ausencia de esta.

Roy Bean instaló su cantina en el poblado de Langtry, junto a Río Grande. En recuerdo de la actriz británica Lillie Langtry, a la que admiraba, Bean llamó a su nuevo saloon Jersey Lily (que era el nombre artístico de la actriz). Instaló una foto suya en la barra y llegó a cartearse con ella invitándola a visitar el pueblo y la cantina.

En el exterior del local colgó dos carteles que rezaban Cerveza helada La Ley al oeste del Pecos. A partir de 1882 ejerció en ese local su doble función de tabernero y juez de paz. No tenía noción legal alguna, por lo que administraba justicia como le venía en gana. Entre copiosos tragos del juez, las partes y los asistentes, Bean celebraba las sesiones del juzgado sentado en un barril de cerveza en la terraza de la cantina y provisto de un revólver y un libro en el que apuntaba sus sentencias.

No hay constancia de que llegara a condenar a nadie a la horca, aunque siempre amenazaba con hacerlo. De hecho, lo más habitual es que los juicios celebrados por Bean terminaran con la imposición de una multa para el acusado, que el juez se quedaba para sí. A un viajero del tren que pagó una cerveza de 30 centavos con un billete de 20 dólares y se enfadó por no recibir la vuelta de su consumición, le condenó a una multa de 19,70 dólares por desacato. Y cuando los compañeros de un obrero irlandés acusado de matar a otro de nacionalidad china amenazaron con destruir la cantina si su compañero era condenado, Bean, después de repasar concienzudamente su libro, declaró que la ley no decía nada sobre matar a un chino y absolvió al acusado, salvando así su local de la ira de los bebidos obreros irlandeses.

A pesar de todas sus excentricidades, Bean se presentó en repetidas ocasiones desde 1884 a las elecciones para el cargo de juez de paz que se celebraban cada dos años y resultó elegido en casi todas ellas (salvo en dos). El 16 de marzo de 1903 Roy Bean murió en su cama después de una borrachera sin poder hacer realidad su mayor deseo, que era conocer a Lillie Langtry. En una ocasión se desplazó a verla actuar en San Antonio, pero no se atrevió a darse a conocer. Y cuando finalmente la actriz aceptó su invitación y visitó la ciudad fue diez meses después de la muerte de La Ley al oeste del Pecos.

Fuente| Gregorio Doval: Breve historia del salvaje oeste. Pistoleros y forajidos.