El caso Profumo, sexo y espionaje en el Londres de los 60

En Londres en 1963 el sexo y el espionaje eran dos asuntos de moda. El sexo seguía siendo un asunto asociado al escándalo en una sociedad que empezaba a intentar liberarse de los tabús todavía imperantes; y en materia de espionaje estaban muy recientes los escándalos de la defección a Moscú de los miembros del Círculo de Cambridge que habían llevado servido en bandeja a la URSS los principales secretos del espionaje británico desde la Segunda Guerra Mundial.

Por eso, el escenario estaba servido para dar protagonismo absoluto a un asunto en el que sexo y espionaje iban de la mano. Si a ambos factores se sumaba que el protagonista de la historia era un miembro del parlamento y el gobierno británicos, el escándalo era irresisitible para la opinión pública.

En 1963, y tras una dedicada carrera de servicio a su país en el campo de batalla y en el parlamento, John Profumo ocupaba el cargo de Secetario de Guerra. Casado y con hijos y apreciado por sus electores de Stratford-upon-Avon,  Profumo tenía sin embargo un pequeño secretillo. En 1961, en una fiesta ofrecida por Lord Astor en sus propiedades de Backinghamshire, había conocido a una bella y atractiva joven prostituta llamada Christine Keeler y ambos se habían convertido en amantes durante un breve período de tiempo.

El asunto hubiese pasado probablemente desapercibido si no hubiese sido por un oscuro incidente ocurrido a finales de 1962, en el que Keeler había sufrido varios disparos en su piso de Marylebone a manos de uno de sus amantes, un inmigrante caribeño llamado Johnny Edgecombe. Cuando este fue llevado a juicio, Keeler era  evidentemente la principal testigo del delito.

Sin embargo, la joven había desaparecido del país y poco a poco se empezó a extender el rumor de que había sido a instancias de un miembro del gobierno que quería evitar preguntas comprometedoras en el juicio sobre otro de los amantes de Keeler, un agregado naval de la embajada soviética llamado Eugene Ivanov, muy relacionado con el proxeneta de Keeler, Stephen Ward. Las implicaciones de este hecho eran sensacionales, puesto que se empezó a extender el rumor de que Keeler había transmitido a Ivanov, agente soviético, los secretos de alcoba que Profumo le había confiado.

Ward e Ivanov eran viejos conocidos de los servicios de inteligencia británicos, el MI5, que tenía vigilados a ambos sujetos, pero que había desechado investigar su relación con Profumo a través de Keeler por entender que se trataba de una cuestión de índole meramente sexual y que no amenazaba la seguridad nacional. En todo caso, Profumo fue advertido de la íntima relación entre Ward e Ivanov y, alarmado, puso fin a la relación con Keeler en una carta en la que le llamaba “querida”.

El 21 de marzo de 1963, en una sesión de la Cámara de los Comunes, el parlamentario laborista George Wigg lanzó en voz alta la pregunta que llevaba tiempo siendo la comidilla de los mentideros políticos de la capital, señalando que era necesario saber cuándo un miembro del gobierno cuya conducta estaba siendo objeto de diversos rumores iba a confirmar o desmentir los mismos. Profumo se vio obligado a dar la cara al día siguiente en el Parlamento y al Primer Ministro McMillan y negó tener ningún tipo de relación con Christine Keeler, a la que solo conocía de haber coincidido en actos sociales pero nunca en privado, así como con Ivanov; también negó que hubiese contado a Keeler ningún secreto de Estado que hubiera llegado a los rusos a través de su amante de la embajada soviética.

Pero a McMillan, por mucho que quisiera creer a Profumo, había llegado una copia de la carta en la que este llamaba “querida” a Keeler. La presión sobre el Secretario de Guerra se hizo cada vez más insistente. Cuando Keeler regresó a Inglaterra desde España donde se había instalado, fue atacada por otro de sus amantes y el juicio estaba señalado para el mes de junio. Era más que previsible que la vida privada de Christine y, con ello, el nombre John Profumo fueran objeto de debate en el juicio.

Así las cosas, el 4 de junio John Profumo envió una carta al Primer Ministro McMillan comunicando su dimisión como Secretario de Guerra y como miembro del Parlamento, reconociendo haber mentido en su declaración previa del mes de marzo en la que negaba haber tenido una relación con Keeler y que ello pudiera suponer una brecha en la seguridad nacional. Al día siguiente McMillan aceptó la dimisión y entregó copia de la carta a la prensa, que se cebó con Profumo bajo el titular “mintió”. No se trataba ya de si había existido una transmisión de secretos al bando soviético (lo que en realidad no se probó) sino de una mentira al gobierno y al parlamento, algo que en la democracia británica supone la sentencia de muerte política para el que la comete, en este caso para John Profumo.

Las implicaciones del caso Profumo supusieron el inicio de un momento complicado en las relaciones entre los servicios secretos británicos y sus aliados estadounidenses … pero esa es otra historia.

Fuente: Andrew Cook. “1963: tato was the year that was”.

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