De los numerosos intentos llevados a cabo por ciudadanos y militares alemanes para asesinar al dictador nazi algunos han sido objeto de mucha atención en los medios, las revistas y el cine, como el de la cervecería de Múnich (del que hablamos en el blog y sobre la que se acaba de estrenar la película 13 minutos para matar a Hitler) y especialmente la famosa Operación Valkiria cuyo brazo ejecutor fue el coronel Claus von Stauffenberg (al que hace unos años dio vida en la gran pantalla Tom Cruise).

Sin embargo, estos no fueron los únicos atentados que sufrió Adolf Hitler. A principios del año 1943, un grupo de oficiales descontentos con la evolución y los acontecimientos de la invasión de la Unión Soviética trataron de aprovechar una visita de Hitler al frente oriental para acabar con su vida. Fue la conocida como Operación Destello, también llamada Conspiración de las botellas.

El coronel Henning von Treschow era un veterano condecorado de la Primera Guerra Mundial. Formaba parte de la fuerza alemana que invadió la Unión Soviética en 1941. Allí, la admiración inicial que había sentido por el Führer se transformó primero en desilusión y luego en indignación al ver que el ejército se estancaba ante el general invierno ruso y ante la crueldad que los miembros de las S.S. y la Gestapo demostraban con la población soviética invadida sin distinción de hombres, mujeres y niños. Decidió entonces que la única forma de acabar con la tiranía de Hitler era mediante una acción que pusiera fin a su vida.

La invasión de la URSS era un fracaso militar con un enorme coste en vidas humanas en batallas como la de Stalingrado, en la que Hitler tomó una serie de desacertadas decisiones sin que ningún miembro de su estado mayor se atreviera a contradecirle. Ello contribuyó a que von Treschow encontrara aliados entre los círculos conservadores y descontentos del ejército alemán que también consideraban el magnicidio como la única salida digna para Alemania en una guerra que cada vez pintaba peor en todos los frentes y que además habían empezado a sufrir los ciudadanos germanos en sus propias carnes con los bombardeos aliados. Se acordó que von Treschow trataría de aprovechar alguna visita del dictador al frente oriental para acabar con su vida y que entonces el resto de conspiradores actuaría en Berlín. Eran el coronel Hans Osterm (al frente de la oficina que controlaba los servicios secretos exteriores), el abogado Hans von Donhanyi (hábil negociador y con excelente conexiones en los círculos de poder de Berlín) y el general Fiedrich Olbricht (jefe de la oficina general de ejército de Berlín y segundo al mando del ejército en el interior de Alemania).

Se anunció una visita de Hitler para el 13 de marzo de 1943 al estado mayor del Ejército Centro en Smolensk. Von Treschow prestaba allí servicios y vio llegada su oportunidad, junto al oficial de artillería Fabian von Schlabendorff, al que sumo a su complot. Ambos coincidían en que no era viable un atentado típico como el de un francotirador que disparase a Hitler debido a las extremas medidas de seguridad que rodeaban al Führer a raíz del atentado de la cervecería. Así que decidieron que la mejor opción era hacer estallar en pleno vuelo el avión de Hitler; de esta forma sería imposible que ni él ni alguno de sus más estrechos colaboradores que le acompañarían en el viaje sobreviviesen.

Su plan presentaba dos problemas: cómo hacerse con el explosivo necesario y cómo introducirlo en el avión sin ser descubiertos. El primer escollo fue solventado mediante la sustracción de pequeños y potentes explosivos británicos dirigidos a la resistencia y que habían sido interceptados por los alemanes. Y para la segunda y más espinosa cuestión von Treschow tuvo una original y brillante idea: introducir los explosivos en dos botellas de brandy envueltas para regalo que entregaría a uno de los miembros del séquito de Hitler al que conocía, el teniente coronel Heinz Brand, pidiendo que los transportara en su viaje de vuelta al cuartel general de Rastenburg  ya que se trataba de un regalo personal suyo al coronel Helmuth Stieff, que ya estaba avisado y que mandaría a un asistente a recogerlas.

Cuando el 13 de marzo el avión de Hitler aterrizó en Smolensk, todo parecía ir a pedir de boca. En la comida von Treschow abordó a Brand y este aceptó sin problemas el encargo. Se armaron los detonadores de los explosivos y von Schlabendorff se los entregó a Brand quien subió al avión con Hitler y las botellas con el explosivo. Los conspiradores comunicaron a sus contactos en Berlín la noticia para que, una vez que se hiciese pública la muerte de Hitler, tomaran el poder en la capital. Esperaron nerviosos a que hubiese alguna reseña sobre la explosión.

Pero el tiempo pasaba y nada se sabía del avión de Hitler; y cuando llegó una noticia fue la más descorazonadora para los conspiradores: el aeroplano y el Führer habían aterrizado sin ningún problema en Rastenburg. A la preocupación por el fracaso del atentado se unió otra más apremiante: nadie iba a acudir en nombre del coronel Stieff a recoger las botellas. Esto podía levantar las sospechas de Brand y hacer que la conspiración fuese descubierta y sus miembros ejecutados.

Un muy nervioso von Treschow consiguió, no sin dificultades por las malas comunicaciones, contactar con Brand para decirle que él mismo se encargaría de recoger las botellas. Von Schalebendorff viajó de inmediato a Rastenburg y consiguió recuperar a tiempo las comprometedoras pruebas de su complot. Analizaron su contenido y comprobaron que las bombas no habían llegado a estallar porque el detonador que habían instalado era defectuoso y no había activado el mecanismo. Una vez más, la suerte había acompañado a Hitler para librarse de puro milagro de un atentado contra su vida.

 

El fracaso del complot también salvó la vida del coronel Heinz Brand. Curiosamente, un año después él mismo se vio involucrado en otro complot contra la vida de Hitler del que no saldría tan bien librado … pero esa es otra historia.

Fuente| Gabriel Glasman: Objetivo cazar al lobo.