El espía soviético que descabezó al nacionalismo ucraniano con una caja de bombones

A medida que avanzaba la década de 1930 y se iba haciendo más evidente que el mundo se dirigía hacia una nueva guerra mundial, uno de los principales motivos de preocupación para Stalin y los mandatarios del joven estado soviético se centraba en lo que pudiera ocurrir en Ucrania. No solo se trataba de un lugar estratégico por su situación y por su riqueza natural como granero de la URSS, sino que había sido uno de los estados a los que más costó sumar al territorio soviético tras la revolución bolchevique por la combinada resistencia de las fuerzas del ejército blanco y de los nacionalistas ucranianos; estos últimos buscaban aprovecharse del desmoronamiento del imperio austro-húngaro y de la debilidad del nuevo régimen comunista después de la Primera Guerra Mundial para instaurar un estado ucraniano independiente.

En 1934, el NKVD (predecesor del famoso KGB) vio como la organización militar ucraniana en el exilio conseguía asesinar a un diplomático soviético en Luov y redobló sus esfuerzos por infiltrarse en dicha organización. Contaban para ello con una gran ventaja: uno de los líderes de la Organización Nacionalista Ucraniana (OUN), de nombre Vasili Lebed era en realidad un agente reclutado por los soviéticos. Lebed había pasado tres años durante la Primera Guerra Mundial en una prisión rusa junto con el líder militar ucraniano Yevguen Konovalets. En los años 20, tras la derrota del ejército ucraniano dirigido  por este y en el que Lebed  mandaba una compañía de fusileros, Konovalets le había enviado a Ucrania para organizar la resistencia en el país. Descubierto por los soviéticos, solo le quedaban dos opciones: aceptar convertirse en agente doble o ser ejecutado. Eligió la primera.

Lebed informó a Stalin y la NKVD de las reuniones que Konovalets había mantenido con Hitler tras la subida de los nazis al poder, en las que se había acordado que los nacionalistas ucranianos apoyarían a Alemania en caso de un conflicto armado con la URSS con el fin de reconquistar Ucrania. También se había puesto en marcha un plan para instruir a miembros del OUN en un campo de adiestramiento nazi en Leipzig. Fue entonces cuando los soviéticos decidieron infiltrar a un agente en el círculo íntimo de Konovalets y eligieron para ello a un joven miembro del NKVD nacido en Ucrania y de nombre Pavel Sudoplatov.

Sudoplatov fue enviado a Berlín con la recomendación de Lebed, que lo presentó como su sobrino. En junio de 1935 fue entrevistado por Konovalets y enviado, previa comprobación de sus credenciales, a la escuela nazi de Leipzig donde conoció y se unió a la flor y nata del nacionalismo ucraniano. Debido a su proximidad con Konovalets, Sudoplatov pudo informar puntualmente al NKVD de los planes de este para el futuro, de las disensiones internas en el OUN entre Konovalets y una facción de jóvenes liderada por Stepan Bandera y de las relaciones entre las actividades terroristas y de sabotaje entre los nacionalistas ucranianos y los croatas todos ellos financiados por la Abwher (servicio de inteligencia de la Alemania nazi).

Sudoplatov se ganó poco a poco la confianza de Konovalets y le acompañaba en sus viajes al extranjero y en sus reuniones con los líderes políticos y militares del exilio ucraniano, informando puntualmente de todo ello al NKVD. Cuando retornó a Moscú, en teoría como agente infiltrado ucraniano, sus éxitos le valieron una condecoración y una entrevista con el propio Stalin que le pidió su opinión sobre la situación del problema ucraniano y las medidas a tomar. Entre las recomendaciones de Sudoplatov se encontraba la de infiltrar a varios agentes en la escuela nazi de Leipzig y la de vigilar especialmente a Konovalets, que le parecía el más peligroso de todos los dirigentes nacionalistas ucranianos en el exilio.

Cuando Sudoplatov volvió a ser convocado al Kremlin, junto a Stalin se encontraba el presidente del Soviet Supremo de Ucrania, Grigori Petrovski, quien informó al agente que Konovalets había sido condenado a muerte por la república socialista de Ucrania en 1918 por sus actos contra el pueblo ucraniano. Stalin puntualizó que el objetivo era decapitar el movimiento fascista ucraniano y forzar a que sus líderes se aniquilasen entre sí en su lucha por el poder en vísperas de una guerra. Las instrucciones de Sudoplatov estaban claras: asesinar a Konovalets.

Entre las diferentes opciones para llevar a cabo su misión y poder escapar con vida se impuso la de una bomba camuflada y con un temporizador que diese tiempo a Sudoplatov a huir antes de la explosión. Konovalets era muy aficionado al chocolate, así que se ideó una bomba escondida en una caja de bombones ucranianos. Sudoplatov se opuso a la opción de activar el temporizador con un interruptor por el riesgo que ello suponía, así que idearon un sistema por el cual la caja de bombones se mantendría en posición vertical y el temporizador se activaría al colocarla horizontalmente.

La ocasión de Sudoplatov se presentó el 23 de mayo de 1938, cuando Konovalets le citó en Rotterdam donde el barco en el que, como parte de su tapadera, prestaba servicios como operador de radio el agente soviético hacía escala. A las doce menos cuarto del mediodía los dos protagonistas de esta historia se encontraron en la terraza de la cafetería Atlanta. Charlaron un rato y quedaron en volver a verse por la tarde. Sudoplatov entregó a Konovalets la caja de bombones, la dejó en la mesa en posición horizontal y se excusó alegando que tenía que volver al barco.

Cuando se alejaba del lugar escuchó una explosión y, sin saber si su cometido había tenido éxito o no, huyó por la vía que había previsto hacia París. Allí un contacto lo escondió en un piso franco y organizó su huida hacia Barcelona, entonces en plena guerra civil y ocupada por las fuerzas republicanas, donde un barco debería trasladarle nuevamente hacia Rusia.

Ya en Barcelona Sudoplatov tomó conocimiento de que su misión había sido un éxito y que Konovalets había muerto. Su pérdida efectivamente descabezó momentáneamente al movimiento nacionalista ucraniano y provocó una lucha de poder entre las diferentes facciones del mismo. Durante su estancia en Barcelona antes de volver a su país, Sudoplatov trabó conocimiento con un joven teniente del ejército republicano y su madre. Se trataba de Ramón y Caridad Mercader y este encuentro iba a tener consecuencias varios años después en el exilio mexicano del líder soviético León Trotski … pero esa es otra historia.

Fuente| Pavel Sudoplatov: Operaciones Especiales.

Imagen| Yevguen Konovalets (vía Wikimedia.org)

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