Es muy conocida la historia de la pasión de Enrique VIII por Ana Bolena que llevó al rey inglés a intentar divorciarse de su primera esposa Catalina de Aragón, la negativa del papa a acceder a sus deseos y, como consecuencia, la ruptura de Inglaterra con Roma y al nacimiento de la iglesia anglicana. En alguna entrada del blog hemos hablado de la boda entre Enrique VIII y Ana Bolena, de la existencia desde mucho tiempo antes en Inglaterra de corrientes de pensamiento similares a la luterana y la calvinista que aprovecharon la frustración de Enrique VIII para impulsar la ruptura con el catolicismo y de cómo esta decisión no fue aceptada fácilmente por los súbditos ingleses leales al catolicismo.

Sin embargo, todos estos hechos pudieron no haberse producido si no hubiese sido por una de esos giros de la Historia que son consecuencia de un hecho imprevisto que altera de manera decisiva el devenir de un país. En este caso, este hecho fue la prematura muerte de un adolescente de dieciséis años llamado Arturo Tudor.

Arturo era el primogénito del primer rey de la dinastía Tudor, Enrique VII, y de su esposa Isabel de York. Su nacimiento en 1486 suponía la unión entre las casas de York y Lancaster que habían estado enfrentadas durante treinta años en la sangrienta Guerra de las Rosas. Cinco años después nacía el hermano menor de Arturo, que fue bautizado con el nombre de su padre, Enrique, y que en principio no estaba destinado a ceñir la corona, reservada a su hermano mayor, que ostentaba el tradicional título de príncipe de Gales con el que designaba al heredero del a trono inglés desde los tiempos de Eduardo I.

También era Arturo la persona a quien sus padres habían elegido para consolidar la alianza de Inglaterra con los pujantes reinos de Castilla y Aragón, concertando su matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y hermana de la heredera de la corona de ambos reinos, Juana (posteriormente conocida como La Loca).

Las negociaciones se iniciaron en 1488 cuando los futuros contrayentes eran todavía niños, y se plasmaron en el tratado de Medina del Campo un año después; en 1496 se empezaron a concretar los detalles de la unión y se acordó que Catalina viajaría a Inglaterra en 1500, aunque finalmente no lo hizo hasta octubre de 1501. El 14 de noviembre del mismo año se celebraba la ceremonia matrimonial entre ambos en la catedral de San Pablo de Londres y después la pareja se instaló en el castillo de Ludlow, cerca de la frontera con Gales. El heredero de la corona estaba casado y ya solo faltaba que la pareja de príncipes diera a su vez un hijo que asegurase la continuación de la dinastía.

Sin embargo, solo unos meses después Arturo contraía una extraña enfermedad que todavía hoy sigue siendo un misterio para los médicos: el sudor inglés fue una enfermedad que apareció a finales del siglo XV en Inglaterra, que afectaba principalmente a varones jóvenes, de clase alta, sanos y fuertes. Tan misteriosamente como apareció, esta enfermedad desapareció desde la segunda mitad del siglo XVI y a día de hoy todavía no se han esclarecido las causas de la misma y de su misteriosa aparición y desaparición … pero esa es otra historia.

Lo que nos interesa para nuestra entrada de hoy es que Arturo Tudor contrajo la enfermedad del sudor inglés y como consecuencia de ella fallecería el día 2 de abril de 1502. Catalina quedaba en una situación comprometida, como viuda en una corte extranjera. Mucho se ha escrito sobre lo ocurrido en el período posterior al fallecimiento de su esposo. Se ha especulado incluso con la posibilidad de que el rey Enrique VII planease contraer él mismo matrimonio con Catalina, aunque parece poco probable que así fuera. Sea como sea, el caso es que finalmente se acordó que Catalina contrajese matrimonio con el nuevo heredero y príncipe de Gales, el hermano menor de Arturo, Enrique (el futuro Enrique VIII).

Pese a que se solicitó y se obtuvo una dispensa papal para que las nupcias pudieran llevarse a cabo, cuando Enrique VIII decidió divorciarse de Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena, puso el asunto en manos del entonces todopoderoso cardenal Wolsey, que debía encargarse de conseguir el beneplácito del papa. Wolsey utilizó como argumento un precepto del Levítico que prohíbe a un hombre casarse con la viuda de su hermano. Por su parte, Catalina se opuso alegando que su matrimonio con Arturo nunca se había consumado.

Ante las reticencias del papa a conceder la nulidad del matrimonio, Wolsey convocó un consejo al que asistió como legado del papa el cardenal Campeggio. Las sesiones se iniciaron el 31 de mayo de 1529 y en ellas tanto Enrique como Catalina mantuvieron sus argumentos. Se convocó a diversos testigos para acreditar que el matrimonio entre Arturo y Catalina se había consumado; los testigos declararon haber oído decir a Arturo al salir del dormitorio al día siguiente de la boda que “había pasado toda la noche en España”.

El resto de la historia es conocida: el papa se negó a conceder la nulidad y Enrique VIII proclamó que Inglaterra no estaba sometida a los mandatos de la Iglesia de Roma, declarándose a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra y firmando su divorcio de Catalina para casarse con Ana Bolena.

Si Arturo Tudor no hubiese sido víctima del sudor inglés es posible que en su país hubieran terminado triunfando las voces que predicaban doctrinas parecidas a las del protestantismo de Lutero y Calvino, pero los acontecimientos se hubieran desarrollado de forma diferente.

Arturo Tudor está enterrado en la catedral de Worcester. La imagen que encabeza esta entrada es la de su sepulcro en Worcester (foto: archivo del autor).

Fuente| Peter Ackroyd: The history of England. Volume II. Tudors.