Año 1972. En plena Guerra Fría entre las dos grandes superpotencias mundiales, la Unión Soviética y los Estados Unidos, cualquier campo es bueno para demostrar la superioridad del propio país sobre el gran enemigo, ya sea la carrera por la conquista del espacio o los enfrentamientos en el campo deportivo. Y ningún escenario mejor donde escenificar la superioridad en materia deportiva que los Juegos Olímpicos.

Los Juegos de Munich de 1972 se vieron empañados por el atentado del grupo palestino Septiembre Negro que costó la vida a once atletas israelíes en la Villa Olímpica. Al lado de esta noticia cualquier logro deportivo queda en segundo plano; pero si hubo un momento de los Juegos que pasó a la Historia por escenificar la rivalidad entre soviéticos y norteamericanos y por su polémica conclusión, ese momento fue sin duda la final del torneo de baloncesto.

En 1972 los deportistas profesionales tenían prohibida su participación en los Juegos Olímpicos. Ello suponía que los jugadores estadounidenses de la NBA no podían participar en los Juegos, pero hasta ese momento la superioridad de los americanos en el deporte que ellos inventaron era tal que en todas las anteriores citas olímpicas les había bastado con su equipo de jóvenes estrellas universitarias para lograr siempre la medalla de oro. Los Estados Unidos acumulaban siete títulos olímpicos, cuatro de ellos ganados a la Unión Soviética (1952, 1956, 1960 y 1964).

Sin embargo, poco a poco los jugadores y equipos europeos iban recortando la distancia con los norteamericanos; en el caso de los países del Este, además, el deporte profesional no existía oficialmente por lo que podían presentar en todas las pruebas a sus mejores jugadores. En estas circunstancias, la final olímpica de baloncesto de 1972 entre un curtido y experimentado equipo soviético y un grupo de talentosos pero inexpertos jugadores estadounidenses menores de 22 años se presentaba más igualado que nunca.

Durante la primera parte, (a instancias en buena medida de las instrucciones del entrenador estadounidense) se impuso un juego táctico y lento, agotando las posesiones al máximo y limitando el número de anotaciones. Así, al descanso el marcador reflejaba un paupérrimo resultado de 26-21 para los soviéticos. A medida que avanzaba la segunda parte, la tendencia se mantenía y los rusos llegaron a alcanzar una diferencia de ocho puntos a falta de 6 minutos y 7 segundos para el final.

Fue en ese momento cuando los jugadores norteamericanos se dieron cuenta de que si querían ganar tenían que cambiar de estrategia y decidieron imprimir otro ritmo al partido (ignorando la táctica ideada por su entrenador) y explotar su talento; de esta forma lograron recortar la distancia a un solo punto de desventaja (49-48). A falta de tres segundos el jugador de Estados Unidos Doug Collins intentó una entrada a canasta y fue objeto de una clara falta por parte de la defensa soviética; el golpe propinado por Sako Sakandelidze fue tan duro que el norteamericano quedó inconsciente durante unos segundos. Todavía algo mareado se dirigió a la línea de tiros libres.

Y aquí empezó la controversia y el escándalo. Collins encestó el primer tiro libre empatando el partido a 49. Cuando se disponía a lanzar el segúndo tiro libre sonó la sirena que marca la petición de tiempos muertos, pero nadie paró el juego y Collins lanzó y anotó el segundo tiro libre colocando el marcador en 50-49 para los norteamericanos. Los soviéticos, instados por el árbitro búlgaro, sacaron de fondo rápidamente, pero ante las protestas de su banquillo el otro árbitro, el brasileño Righetto, paró la jugada ya en marcha y concedió el tiempo muerto a los de la URSS. Las normas FIBA no contemplaban la posibilidad de un tiempo muerto con el balón en juego y los estadounidenses protestaron enérgicamente la decisión.

Pero el lío no terminó aquí. Desde que los soviéticos habían sacado de fondo hasta que el árbitro paró el juego habían transcurrido dos segundos, por lo que en el marcador solo quedaba un segundo para el final. En ese momento intervino el secretario general de la FIBA, el británico R.Williams Jones, para indicar a la mesa que el reloj debía situarse en los tres segundos que restaban antes del inicio de la jugada. Ni Jones tenía facultades para dictar esta orden ni los miembros de la mesa tuvieron tiempo para ponerla en marcha antes de que los soviéticos pusieran nuevamente el balón en juego. Antes de que pudieran completar la jugada sonó la bocina indicando el final del partido y los jóvenes norteamericanos comenzaron a celebrar alborozados su victoria.

Entretanto, el caos en torno a la mesa de anotación era tremendo. Finalmente, presionados por el banquillo soviético y el secretario general de la FIBA, los oficiales alemanes ordenaron que la última jugada tenía que repetirse con un saque de fondo soviético y 3 segundos de tiempo en el reloj. Los norteamericanos se plantearon no aceptar la decisión y retirarse, pero ante el temor a ser expulsados de la competición decidieron salir a la cancha y defender la última jugada.

El jugador soviético Ivan Edeshko sacó de fondo y lanzó el balón directamente a la bombilla del campo estadounidense donde Sasha Belov saltó más que los dos jugadores norteamericanos que le defendían y se quedó solo para anotar la canasta que daba la victoria y su primer título olímpico a los rusos. Los fallos en la defensa de esta jugada por parte norteamericana se quedaron en anécdota. Los Estados Unidos presentaron una protesta que fue desestimada por un jurado de apelación compuesto por cinco jueces. El húngaro, el polaco y el cubano (es decir los representantes de países comunistas) votaron en contra de la apelación americana, mientras que el italiano y el portorriqueño (es decir, los del bloque occidental) votaron a favor. En consecuencia la apelación fue desestimada. Los jugadores de Estados Unidos se negaron a comparecer en la ceremonia de entrega de medallas y a recibir la medalla de plata.

Buscando información sobre el tema he descubierto una última vuelta de tuerca sobre esta conocida historia. Veinte años después, y al hilo de la arrolladora victoria del Dream Team de Estados Unidos en los Juegos de Barcelona 1992 (la primera vez que se permitió a los jugadores de la NBA participar en los Juegos Olímpicos) la cadena norteamericana NBC decidió recordar en un amplio reportaje lo ocurrido en Munich 1972, incluyendo entrevistas a algunos de los jugadores que representaron a EE.UU. en ese partido. Todos ellos manifestaron sentirse todavía engañados, considerándose vencedores del partido y reafirmando su decisión de no aceptar la medalla de plata. Uno de ellos incluso llegó a incluir una cláusula en su testamento prohibiendo a sus herederos aceptar en su nombre la medalla después de su fallecimiento.

Pero la última anécdota se produjo cuando una reportera de la cadena decidió investigar lo que había pasado con las medallas no recogidas por los estadounidenses, para saber dónde tendrían que dirigirse para reclamarla si finalmente aceptaran su entrega. Una representante del COI en Lausana declaró que si se les hubieran hecho llegar estarían en el banco de la institución en Suiza, pero que las medallas nunca salieron de Munich. Tampoco el banco muniqués que había custodiado las medallas durante los Juegos las tenía.

Finalmente la reportera contactó con el que fuera director deportivo del comité organizador de los Juegos, Ernst Knoesel. Este reconoció que se encontraban en el sótano de su casa. Pero cuando la reportero le acompañó allí y le enseñó las medallas, solo había siete y además no estaba muy claro que se tratase de las originales. El alemán se escudó en el tiempo transcurrido para declinar cualquier conocimiento de si se trataba o no de las medallas del equipo norteamericano de baloncesto y por qué solo había siete y no doce.

En 2012, en el cuarenta aniversario del acontecimiento, el asunto pudo haber alcanzado una mayor relevancia en la opinión pública estadounidense si se hubiese producido una revancha de la final de Munich en los Juegos Olímpicos de Londres entre Estados Unidos y Rusia (la natural heredera de la antigua Unión Soviética). Pero los rusos fueron derrotados en semifinales por los talentosos jugadores de la selección española y la revancha no se llegó a producir. Todavía en ese momento, alguno de los entonces jóvenes componentes del equipo estadounidense de 1972 manifestó que seguía negándose en redondo a recibir la medalla de plata (si es que esta era localizada), aunque alguno hablaba de aceptar una medalla de oro conjunta con los rusos y luego sacarlas a subasta donando los beneficios a orfanatos rusos.

Os dejo con el vídeo del reportaje de la NBC sobre los polémicos segundos finales del partido, la declaración de los jugadores estadounidenses y la rocambolesca historia de las medallas no recogidas por estos.