Terminábamos la entrada anterior dedicada a la compleja situación el imperio austrohúngaro  en los años previos a 1914 señalando que para poder hacer frente a la misma era necesario que en Viena existiese una figura que dirigiese con mano firme, visión clara y criterio uniforme la política de Austria. Nada más lejos de la realidad. Mientras llegaban a Viena informes contradictorios sobre la situación en Serbia y en Bosnia y el poderío militar serbio (que había crecido exponencialmente) , los mismos se perdían en una maraña de centros de poder (desde el Estado Mayor hasta la Cancillería Militar del heredero al trono pasando por el Ministerio de Asuntos Exteriores) que hacía difícil establecer una clara unidad de acción.

La cabeza visible del imperio era evidentemente el anciano y venerable emperador Francisco José. Su imponente figura se fue erosionando por las desgracias personales como el oscuro episodio de la muerte de su heredero Rodolfo de Habsburgo y su amante María Vetsera en Mayerling (ya tratado en el blog), el asesinato de su esposa la celebérrima emperatriz Sissi a manos de un anarquista italiano o la ejecución de su hermano Maximiliano por insurgentes mexicanos. Aunque exteriormente seguía aparentando dominar con mano firme el imperio, con los años Francisco José se fue volviendo más y más apático en lo relativo a la toma de decisiones, especialmente en lo relacionado con las pretensiones húngaras.

Además del emperador, tres figuras destacaron por encima de todas las demás por su influencia en la toma de decisiones: el jefe del Estado Mayor Franz Conrad von Hötzendorf, el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono, y el ministro de Asuntos Exteriores que había sustituido a Aerhenthal tras su muerte en 1912 y que respondía al pomposo nombre de conde Leopold Berchtold von und zu Ungarisch, Fratting und Pulitz (en adelante el conde Berchtold).

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Conrad von Hötzendorf

El mariscal von Hötzendorf era un claro partidario de la línea dura y de las tesis belicistas contra cualquier amenaza al imperio, ya fuese interior o exterior. Por otro lado, se trataba de alguien con una personalidad depresiva y obsesiva que dificultaba el correcto desempeño de sus funciones. Su mujer había fallecido en 1905 y no salió de su depresión hasta encontrar el amor en una mujer casada, Gina von Reininghaus, a la que llegó a escribir más de 3.000 cartas entre 1907 y 1915, alguna de ellas de más de 60 páginas. Esta obsesión era un obstáculo casi insalvable para que Hötzendorf se dedicase con plenitud de facultades y claridad de ideas a sus funciones como jefe de Estado Mayor. De hecho, en algunas cartas a su amada llegó a referirse a su vuelta cargado de laureles de una guerra en los Balcanes como medio para conquistarla.

Como decíamos, la respuesta de Hötzendorf ante cualquier amenaza exterior no era otra que la guerra, ya contra Serbia, contra Rumanía, contra Rusia o contra Italia. Además, no tenía reparos en hacer públicas sus opiniones en diversos medios de comunicación. Su mayor obsesión era Serbia; ante la más mínima crisis, Hótzendorf escribía encendidos memorandos aconsejando la invasión del país eslavo, hasta el punto de que en noviembre de 1911, un exasperado Francisco José le reprendió públicamente en una reunión en su palacio y le dejó claro que la suya era una política de paz. Meses después sería destituido.

Por su parte, el heredero al trono Francisco Fernando era todo lo contrario a Hötzendorf. Sin embargo, su situación en la corte vienesa era muy delicada. Sus relaciones con su tío el emperador nunca fueron buenas, especialmente por las circunstancias en que Francisco se convirtió en heredero al trono por la muerte del hijo del emperador Rodolfo, cuya sombra se interpuso siempre entre Francisco José y su sobrino. Tampoco contribuyó a sus buenas relaciones el matrimonio por amor de Francisco Fernando con la checa Sofía Chotekm que nunca fue aprobado por el emperador. A Sofía nunca se le reconoció el título de archiduquesa y Francisco Fernando tuvo que firmar un documento por el cual los posibles hijos del matrimonio quedaban fuera de la línea sucesoria de los Habsburgo.

Desde su designación como heredero en 1906, Francisco Fernando constituyó a su alrededor un grupo de leales funcionarios agrupados en su Cancillería, que ejercían tanto funciones militares como civiles, de información y de propaganda, hasta el punto de considerarse como un gobierno en la sombra. El archiduque tenía las ideas muy claras sobre lo que era necesario para sostener el imperio de los Habsburgo y para ello su principal objetivo era poner fin a la situación de preeminencia que en la parte magiar del imperio tenían las élites húngaras y su ahogo al resto de nacionalidades dependientes del parlamento de Budapest (ver la primera entrada dedicada al imperio a este respecto). Su receptividad hacia el resto de nacionalidades del imperio (especialmente rumanos y croatas) y su clara intención de reformar el imperio fueron otro de los motivos de sus discrepancias con el emperador. Respecto del jefe del Estado Mayor Hötzendorf, las diferencias entre ambos se fueron agravando a medida que el archiduque se oponía con más firmeza a las ideas bélicas del primero para solucionar el problema de Serbia y Bosnia.

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El principal aliado del archiduque era el ministro de Asuntos Exteriores el conde Berchtold. Era un firme partidario de la necesidad de Austria de mantener unas relaciones amistosas con Rusia, en cuya corte había desempeñado el cargo de embajador hasta 1911. Todos sus esfuerzos desde que fue nombrado embajador se dirigieron a tratar de recuperar las maltrechas relaciones con el gobierno del zar, muy afectadas desde la anexión de Bosnia en 1908. Para ello, y coincidiendo en esta apreciación con el heredero al trono, buscó de manera activa una política de distensión en los Balcanes, aunque la situación en Serbia era ya prácticamente insostenible.

Pero la tensión entre Austria y Serbia, lejos de relajarse, fue subiendo de tono cada vez más, especialmente por dos acontecimientos ambos relacionados con las guerras de los Balcanes. En primer lugar, la preocupación de Austria por el incremento de los territorios y del poderío militar serbio llevaron a ambos países a una confrontación frontal en relación con las pretensiones serbias sobre Albania. En segundo lugar, cada vez fueron llegando noticias más preocupantes sobre la política sistemática de exterminio y crueldad con la que los serbios trataban a los habitantes de las zonas que habían incorporado a su reino y que ocasionó protestas formales de diversas potencias internacionales y tibias protestas de inocencia del gobierno de Serbia.

Con todo, durante la primavera del año 1914 parecía que las tensiones entre Austria-Hungría y Serbia se habían suavizado. A pesar de un escándalo de espionaje de un militar austriaco dependiente de Hötzendorf a favor de Rusia que terminó de deteriorar las relaciones entre este y Francisco Fernando, parece que las políticas pacíficas y de distensión inspiradas por el archiduque y el ministro de Asuntos Exteriores se iban imponiendo. Nada en los informes oficiales de Viena daba a entender que existiera una inminente preocupación por un conflicto bélico e incluso ambos países pusieron en marcha algunas negociaciones sobre aspectos comerciales.

Fue la calma que precedió a la tempestad.

Fuente| Christopher Clark: Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914.