De cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial: el rompecabezas austrohúngaro (I)

Si una de las potencias que se enfrentaron en la Gran Guerra tuvo que hacer frente en los años previos a la misma no solo a las implicaciones propias de la defensa de sus intereses exteriores sino también a una compleja situación interior, fue sin duda alguna el Imperio austrohúngaro.

Como explicábamos en las dos entradas que iniciaron esta serie de artículos, dedicadas al polvorín serbio (I y II), para entender los motivos y acontecimientos que llevaron a cada uno de los países contendientes a intervenir en la Primera Guerra Mundial, no podemos situarnos directamente en el año 1914, sino que tenemos que retrotraernos a un momento de la Historia, diferente en cada caso, pero siempre muy anterior a la fecha del inicio del conflicto.

Para comprender lo que en el título de esta entrada hemos llamado “el rompecabezas austrohúngaro” tenemos que partir de dos episodios bélicos sucedidos en los años 1859 y 1866, ambos directamente relacionados con los procesos de reunificación que en el siglo XIX acometieron tanto Alemania como Italia.

No es objeto de esta entrada hablar de la reunificación italiana ni de la alemana. A los efectos que nos interesan basta con señalar que en 1859, en Solferino, un ejército de 100.000 soldados austríacos fue derrotado por los piamonteseses (con apoyo francés) y en 1866 en Könnigträtz alrededor de 240.000 austríacos fueron derrotados por el ejército prusiano.

Ambas derrotas sacudieron los cimientos políticos y territoriales de la monarquía austríaca de los Habsburgo y obligaron a esta a reinventarse en la figura dual del Imperio autrohúngaro. Fue necesario dar más protagonismo a la segunda nacionalidad dominante del heterogéneo imperio, la húngara. A tal efecto se firmó el Compromiso de 1867, por el que se establecía un complejo equilibrio entre un sistema de gobierno único (la monarquía austrohúngara), pero con dos entidades (el reino de Hungría y la Cisleitania austríaca) con cierto grado de autonomía.

Cada una de estas entidades, bajo el paraguas supremo del emperador Francisco José I, tenían su propio parlamento y sus propios ministros, si bien las cuestiones más importantes estratégicamente (asuntos exteriores, defensa y finanzas) eran dirigidas por ministros conjuntos que reportaban directamente al emperador. Además, cuando surgía una cuestión importante de interés para todo el Imperio se celebraban alternativamente en Viena y Budapest reuniones de delegaciones de treinta diputados de cada uno de los dos parlamentos que decidían al respecto.

Este complejísimo sistema de gobierno no dejó satisfechos a muchos de los integrantes del Imperio en su momento y ha sido objeto de grandes críticas con posterioridad. Los nacionalistas húngaros veían el Compromiso como una humillación de la parte magiar del Imperio ante Austria, especialmente por la prohibición de la creación de un ejército húngaro. La parte alemana del Imperio, por su parte, se veía como el motor económico e industrial del mismo del que los húngaros (menos desarrollados y más centrados en una economía basada en la agricultura) se aprovechaban como una rémora y que por ello debían contribuir de mayor manera en los presupuestos imperiales. La obligación de negociar cada diez años desde la firma del Compromiso la unión aduanera entre las dos entidades autónomas fue una fuente de conflictos recurrente y que fue creciendo de manera exponencial en cada revisión de la misma.

Con todo, había un problema todavía más grave para la gobernabilidad del Imperio austrohúngaro, que afectaba por igual a las dos entidades que componían el mismo: el rompecabezas de naciones y nacionalidades que convivían en el estado dirigido por el emperador Francisco José. En el Imperio existían ni más ni menos que once nacionalidades oficiales: alemanes, húngaros, checos, eslovacos, eslovenos, croatas, serbios, rumanos, rutenos, polacos e italianos. Cada una de estas nacionalidades luchaban por el reconocimiento de los derechos de sus miembros dentro del estado, lo que fue deteriorando las relaciones internas entre las diferentes etnias del multinacional imperio.

Aunque el problema era común a la parte húngara y a la parte austríaca del estado, la forma de responder a este desafío fue radicalmente diferente en cada una de ellas.

Los húngaros impusieron una política de “magiarización” en su zona de influencia, negando el reconocimiento de la existencia de otras nacionalidades dentro de la misma. Los criterios para la elección de los miembros del parlamento de Budapest se establecieron de tal manera que los húngaros, que suponían el 48% de los miembros de la población controlaban sin embargo el 90% de los escaños parlamentarios. El ejemplo más flagrante de la desigualdad entre población y representación parlamentaria lo suponían los rumanos de Transilvania que solo ostentaban cinco escaños en un parlamento de más de cuatrocientos miembros, a pesar de representar más del 15% de la población. A ello se unió una agresiva política de imposición de la lengua húngara en todas las escuelas y estamentos de la parte magiar del imperio y de persecución de cualquier movimiento en defensa de los derechos de las minorías nacionales presentes en la zona imperial asignada al gobierno húngaro.

En Cisleitania, sin embargo, los austríacos siguieron una política absolutamente diferente. Las normas sobre sufragio para elección del parlamento vienés fueron variando para dar cabida en el mismo a las diferentes nacionalidades presentes en la parte austríaca del imperio, cuyas lenguas eran asimismo respetadas en los diferentes organismos oficiales. Ello dio como resultado un parlamento prácticamente ingobernable por la presencia de multitud de grupúsculos políticos que representaban diferentes inquietudes dentro de cada una de las nacionalidades. Sirva como ejemplo que en las elecciones de 1907, entre los 516 escaños del parlamento de Viena estaban representados más de treinta partidos políticos, entre ellos 28 representado a los Agricultores Checos, 18 Jóvenes Checos, 17 Conservadores Checos, 7 Viejos Checos, 2 Progresistas Checos, 1 Checo Independiente (conocido como “el loco”) y 9 Socialistas Nacionales Checos. Extrapólese este panorama al resto de nacionalidades presentes en el parlamento y nos haremos una idea clara de la situación reinante en Viena.

Pero no finalizaba allí el problema. En Cisleitania no había una lengua oficial, por lo que cada parlamentario podía expresarse en su propia lengua, ya fuera alemán, checo, polaco, rutenio, croata, serbio, esloveno, italiano, rumano o ruso. Sin embargo, no existían intérpretes por lo que era habitual que un parlamentario lanzase un discurso que solo un pequeño grupo de miembros del mismo entendían. Especialmente los parlamentarios checos se hicieron famosos por utilizar esta técnica para dilatar el trámite de leyes contrarias a sus intereses. En palabras de un periodista alemán, a diferencia de los circos y teatros de Viena, la entrada a las sesiones del parlamento era gratuita.

En esta primera entrada sobre el Imperio austrohúngaro hemos tratado de dibujar el panorama general del rompecabezas al que nos referíamos en el título. La segunda entrada la dedicaremos a los acontecimientos históricos a los que esta situación dio lugar y que concluyeron en la declaración de guerra a Serbia en 1914.

Fuente: Sonámbulos: cómo Europa fue a la guerra en 1914. Christopher Clark

 

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