Uno de los momentos más esperados de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos es el del desfile de las delegaciones de atletas de los diferentes países participantes en el evento. Es el momento de ver a grandes atletas junto a exóticos países de los que no has oído hablar y que solo llevan cuatro participantes.
Cada delegación va encabezada por la bandera de su país portada por uno de sus atletas más representativos. Ser el abanderado de tu nación en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos es un gran honor; muy recordadas son las imágenes del entonces príncipe Felipe encabezando la delegación española en Barcelona en 1992 o la amplia sonrisa con la que Pau Gasol portaba la bandera de España en los últimos Juegos en Londres en 2012.
Uno de los países que puede presumir de tener un mayor número de campeones mundiales, olímpicos y figuras conocidas para ser su abanderado es Estados Unidos. En Pekín 2008 podía elegir entre personajes tan conocidos como el nadador Michael Phelps, el velocista Justin Gatlin o cualquiera de las estrellas de la NBA que componían su equipo de baloncesto, como Lebron James o Kobe Bryant.
Sin embargo, el portador de la bandera de Estados Unidos en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 fue un desconocido atleta que participaría en las pruebas de medio fondo y que no tenía en su historial ningún título mundial ni olímpico. Además habían sido el resto de sus compañeros de la delegación estadounidense los que habían votado a este atleta como su representante. De hecho, el portador de la bandera de las barras y estrellas ni siquiera había nacido en Estados Unidos. Esta es la extraordinaria historia de López Lomong.
López Lomong nació en Sudán en pleno conflicto civil y fue secuestrado con apenas seis años para formar parte de los niños reclutados por los señores de la guerra para combatir en la guerra que se desarrollaba en el país. Sus padres llegaron a dar al joven por muerto, pero consiguió huir y llegar hasta Kenia, país en en el que pasó años en un campo de refugiados. Forma parte de la conocida como generación de los niños perdidos de Sudán.
López pasó largas horas frente a las pantallas de televisión del campo de Nairobi y allí tuvo la ocasión de ver pruebas deportivas de atletismo. Un hombre llamó especialmente su atención; el excepcional atleta estadounidense de 200 y 400 metros Michael Johnson.

Cuando se le ofreció la oportunidad de decidir su país de acogida López tenía muy claro el lugar en el que quería vivir y la actividad a la que quería dedicarse.
López Lomong nunca ganará una medalla olímpica ni batirá un récord mundial, pero su historia y el reconocimiento de los deportistas estadounidenses que le votaron para portar la bandera de su país en los Juegos Olímpicos de Pekín es una de las muchas bonitas lecciones que el movimiento olímpico nos ha dejado.
No puedo terminar esta entrada sin mostrar mi agradecimiento al atleta y periodista Martí Perarnau, que me puso en la pista de la historia de López Lomong al comentar una prueba en la que participaba.