Cuando oímos el nombre de Ricardo Corazón de León se nos viene inmediatamente a la mente la caballeresca figura del gran guerrero y famoso rey de Inglaterra que luchó en la Tercera Cruzada contra Saladino y que jugó un papel protagonista en las aventuras de personajes de leyenda como Robin Hood e Ivanhoe.

No obstante, una aproximación más detallada a la figura histórica de este famoso personaje nos obliga a diferenciar entre el Ricardo Corazón de León guerrero y líder militar y el Ricardo I rey de Inglaterra. En la primera de las dos facetas, nuestro protagonista tiene más que ganada su fama ; sin embargo, como rey de Inglaterra Ricardo I dista mucho de encontrarse en la lista de los monarcas más significativos o destacados en la historia del país británico.

Nacido en Oxford en 1157 e hijo del formidable matrimonio formado por Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania, Ricardo no estaba en principio destinado a heredar la corona inglesa; dicho honor correspondía al primogénito varón del matrimonio, su hermano Enrique “el Joven”, al que su padre llegó a asociar en vida al trono inglés. A Ricardo le esperaban como herencia a parte de las posesiones familiares en territorio francés, concretamente el condado de Aquitania.

El tumultuoso carácter de la familia Plantagenet llevó a Ricardo y a sus hermanos a enfrentarse en un conflicto abierto contra su padre, todo ello con el apoyo de su madre Leonor. La rebelión empezó en 1173 por el descontento de Enrique “el Joven”, que entendía que pese a su coronación y asociación a la corona de Inglaterra y la promesa de heredar Normandía y Anjou, su padre le estaba negando el ejercicio de cualquier poder real. Cuando Enrique II entregó tres importantes castillos como regalo de boda al hermano menor Juan “sin Tierra”, Enrique “el Joven” sintió que se le negaba parte de la herencia a la que tenía derecho y se rebeló contra su padre uniéndose al rey de Francia; sus hermanos Godofredo y Ricardo se unieron a él.

Por entonces Ricardo contaba con apenas quince años, pero pronto empezó a demostrar sus dotes en el campo de batalla. La situación de enfrentamiento familiar continuó a lo largo de los años, aunque las muertes prematuras de Enrique y Godofredo dejaron a Ricardo como líder de la facción que se oponía a su padre, además de como heredero al trono inglés y el resto de extensas posesiones familiares en Francia, alguna de las cuales ya se había asegurado por la fuerza de las armas.

Cuando Enrique II muere en 1189, Ricardo desembarca en Inglaterra para ser coronado en Londres. Sin embargo, su estancia en el país es breve, apenas permanece tres meses en Inglaterra; Jerusalén había caído en manos de los ejércitos de Saladino y se había convocado la Tercera Cruzada para recuperarla para la Cristiandad.

Ricardo estaba ansioso por tomar la cruz y los tres meses que pasó en Inglaterra los dedicó casi exclusivamente a recaudar fondos para su viaje a Tierra Santa: recaudó impuestos, pidió préstamos y vendió propiedades reales (“vendería Londres si encontrase un comprador”, se dice que llegó a comentar). Esta visión de Inglaterra como una fuente de ingresos a la que explotar para conseguir fondos que financiaran sus aventuras en Tierra Santa y Francia es una constante del reinado de Ricardo y es lo que lleva a muchos historiadores ingleses como Peter Ackroyd, Matthew Ward o Roy Strong a negar a Ricardo un papel significativo en la historia del país, más allá de sus méritos como soldado fuera de Inglaterra.

Sea como sea, Ricardo zarpó hacia la Cruzada, aunque antes tuvo que hacer una parada prolongada en Francia; varios asuntos tenían que ser resueltos antes de poder zarpar a Tierra Santa. Algunos afectaban a la relación entre Ricardo y el rey francés Felipe, que también iba a tomar la cruz; era preciso asegurarse que ni uno ni otro iban a aprovechar la situación para alterar la delicada relación entre ambos reinos, por lo que fue firmada una tregua.

Pero Ricardo tenía otras preocupaciones que necesitaba solucionar antes de partir a Tierra Santa. Ni su hermano Juan sin Tierra ni su hermanastro Godofredo, arzobispo de York, iban a participar en la cruzada y Ricardo no se fiaba de ellos (con razón como posteriormente se vería). El rey obtuvo el compromiso de Juan y Godofredo de no poner pie en suelo inglés en un período de tres años.

Puestos en orden sus asuntos en Europa, Ricardo zarpó de Francia con idea de reunirse en Creta con su hermana Joan y su prometida Berenguela de Navarra. Sin embargo, el mal tiempo hizo que la flota que llevaba a las dos mujeres tuviese que desviarse a Chipre, por entonces bajo el dominio bizantino. Ricardo montó en cólera ante el trato ignominioso que se otorgó en Chipre a ambas mujeres y su séquito, se encaminó a la isla, la tomó militarmente y una vez conquistada, como no le servía para nada, se la vendió a la Orden del Temple, obteniendo así más fondos para su ejército. En Limasol contrajo matrimonio con Berenguela, aunque ambos nunca llevaron una vida marital. De hecho, la navarra es la única reina inglesa que jamás puso pies en la isla.

Ricardo continuó entonces viaje a Tierra Santa y se incorporó al ejército que bajo el mando de Felipe de Francia ponía sitio a Acre. Aunque las defensas de la ciudad y los ánimos de sus habitantes ya estaban muy deterioradas por el prolongado sitio, fue la llegada de Ricardo y su poderoso ejército lo que hizo que Acre cayese finalmente en manos cristianas el 5 de julio de 1191. Se acrecentaba así la leyenda del guerrero Corazón de León.

Esto provocó no pocas envidias en el ejército cruzado; Felipe de Francia declaró que su cometido como cruzado estaba cumplido y volvió a su país con su ejército; Ricardo provocó también la ira del duque Leopoldo de Austria, al arrancar su bandera de las murallas de Acre, lo que tendría sus consecuencias en el futuro.

Ricardo continuó avanzando por Tierra Santa, ya sin más apoyos, y tomó el importante enclave de Jaffa, el puerto de Jerusalén. Sin embargo, posteriormente la Tercera Cruzada entró en una situación de punto muerto, con diversas escaramuzas entre los ejércitos de Ricardo y Saladino pero sin una batalla que decidiera la contienda. Ricardo volvió a recuperar el puerto de Jaffa que había caído nuevamente en manos musulmanas, en un audaz golpe de mano, pero pronto se dio cuenta que carecía de fuerzas para tomar Jerusalén. Además, graves noticias le llegaron de lo que estaba ocurriendo en Europa, donde tanto Felipe de Francia como Juan sin Tierra estaban aprovechando su ausencia para poner en peligro sus dominios tanto en Francia como en Inglaterra.

Ricardo se veía forzado a regresar de Tierra Santa sin culminar su tarea; el 2 de septiembre de 1192 firmó una tregua de tres años con Saladino, que conservaba Jerusalén, aunque permitiendo que un número limitado de cristianos peregrinaran cada año a la ciudad.

Corazón de León se dispuso a retornar a Europa y poner las cosas en orden, aunque no le resultaría fácil. A narrar lo ocurrido desde que zarpó hacia Europa y durante el resto de su vida dedicaremos la segunda entrada de esta serie.