De cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial: el polvorín serbio (II)

Terminamos la primera entrada dedicada al polvorín serbio, dejando al país en una aparente situación de estabilidad política como monarquía constitucional tras el asesinato real de 1903.

Sin embargo, pronto se vio que el nuevo monarca Pedro Karadjordjevic era un títere en manos de los conspiradores regicidas que coparon los principales cargos políticos y militares en medio de una situación de rechazo y de aislamiento de Serbia por parte de las potencias europeas.

En ese momento entra en escena una veterana y crucial figura de la política serbia: Nicola Pasic. Uno de los grandes impulsores del partido radical había pasado por momentos de gloria y otros de persecución por parte de los reyes Obrenovic que llegaron a ordenar su destierro a Rusia e incluso su condena a muerte. Su estancia en San Petersburgo convirtió a Pasic en un firme defensor de las doctrinas paneslavas, que gozaron gracias a él de gran popularidad ante el campesinado serbio.

Pasic siguió con los regicidas una política que se podría definir como de palo y zanahoria. A algunos los apartó de todo puesto relacionado con el poder, mientras que encumbró a otros como nuestro conocido «Apis», uno de los más fervientes impulsores del sueño de la Gran Serbia.

Los pasos que a lo largo del siglo XIX se habían dado para cumplir este sueño habían sido deslavazados, poco contundentes e inefectivos. Se podría decir que había sido una política de apagafuegos dirigida en cada momento a tratar de defender los lugares donde los serbios corrían peligro (Vojvodina en 1845, Herzegovina en 1875 o Macedonia en 1903) mediante milicias (cetnicks) que actuaban al margen del gobierno serbio y desconfiaban del ejército regular.

Sin embargo, en 1908 se produjo un hecho capital que marcó el desarrollo de los acontecimientos en la región hasta el atentado de Sarajevo de 1914: Austria-Hungría se anexionó Bosnia y Herzegovina. La importancia real de este hecho era relativa, pues ambos territorios llevaban ocupados militarmente por el imperio de los Habsburgo desde hacía treinta años. Pero desde el punto de la conciencia nacional serbia supuso un mazazo moral que no podía quedar sin contestación.

Se pronunciaron encendidos discursos contra el insulto a la identidad nacional serbia desde las más altas instancias políticas e incluso desde la familia real y se dispuso la recuperación de ambos territorios para lo que se contaba con la principal potencia de la alianza paneslava tan predicada por Pasic: Rusia. Y aquí es donde los serbios se equivocaron por completo y por dos diferentes motivos.

El primero de ellos se remontaba a 1881, cuando el apoyo de Rusia a Bulgaria en el Congreso de Berlín de 1878 hizo que el rey Pedro Obrenovic firmase primero un acuerdo comercial y posteriormente un pacto secreto suscrito por el príncipe Milan de apoyo mutuo nada más y nada menos que con Austria-Hungría (esta se comprometía a apoyar las pretensiones serbias en Macedonia y Milan garantizaba que Serbia acordaba no debilitar las posiciones de la monarquía en Bosnia y Herzegovina). Se trataba claramente de un pacto antinatura con el principal potencial enemigo de la Gran Serbia que no eran Bulgaria y Macedonia sino los Habsburgo y sus pretensiones territoriales, como se demostró en 1908. Al tomar conciencia de ello, los serbios fueron desligándose de Austria y buscando apoyo esencialmente financiero de Francia, en cuya red de alianzas internacionales fueron cayendo los balcánicos.

El segundo error, más grave y más reciente de Serbia, fue creer que Rusia apoyaría a los eslavos serbios en sus pretensiones sobre Bosnia y Herzegovina cuando había sido la propia Rusia quien sugirió a Austria-Hungría la anexión de ambas regiones para garantizar un mayor acceso de su flota de guerra a los estrechos de Turquía.

El mensaje internacional a Serbia estaba claro: no iba a obtener ningún apoyo internacional en su invasión de Bosnia y Herzegovina y eso produjo que el ala más moderada del partido radical se plegara a la realidad, renunciara oficial y transitoriamente el 31 de marzo de 1909 a sus reclamaciones sobre Bosnia y Herzegovina a cambio de fortalecer sus alianzas con Rusia (en lo político y lo diplomático) y Francia (gran préstamo financiero para fortalecer al ejército serbio). No suponía una renuncia a la creación de la Gran Serbia sino una forma más pragmática de tratar de lograr sus objetivos.

Ello produjo una escisión del ala más extremista del partido radical que culminó el 3 de marzo de 1911 con la creación de una organización llamada «¡Unión o muerte!», conocida popularmente como la «Mano Negra». Uno de los siete fundadores de la organización y su líder indiscutible era el ya citado Apis. Se trataba de un movimiento que partía de que todo habitante de un territorio de la Gran Serbia era serbio, que no reconocía a las minorías habitantes de dichos territorios y que se proponía una regeneración de la política serbia con unos métodos de admisión en la organización basados en el secretísimo y en ritos de tipo masónico. No obstante, el movimiento enseguida pasó a ser conocido públicamente e incluso se habló del apoyo financiero de algún miembro de la realeza a sus actividades.

Políticos expertos como Pasic y el embajador de Austria en Belgrado pensaron que el objetivo de la Mano Negra era la subversión interna, el derribar el Estado serbio desde dentro. Este error de interpretación se mantuvo en Austria hasta la época del atentado de 1914.

Mientras tanto el movimiento se puso en contacto con organizaciones similares de los territorios ocupados, especialmente con la Narodna Obradna, milicia creada para la defensa de los intereses serbios en Bosnia y oficialmente «transformada» en organización cultural tras la renuncia serbia de 1909, pero que se había unido a un grupo local de activistas panserbios llamado «Joven Bosnia». Uno de sus activistas, Bodgan Zerajic, atentó contra el gobernador austriaco el 3 de junio de 1910 y aunque falló en su intento y acabó suicidándose se convirtió en un héroe del movimiento y abrió la vía a una serie de hasta siete atentados y más de una docena de complots fallidos contra personas e interesases imperiales antes del atentado de Sarajevo.

En septiembre de 1911 tiene lugar un hecho aparentemente ajeno a nuestra historia cuando Italia invade Libia. Pero Libia forma parte del imperio Otomano, y una coalición de países balcánicos (Serbia, Montenegro, Bulgaria y Grecia), aprovechan la ocasión para atacar y recuperar en la Primera Guerra de los Balcanes Albania, Macedonia y Tracia; aunque los miembros de la coalición no tardan ni dos años en enfrentarse entre sí por el botín y en la Segunda Guerra de los Balcanes (junio-julio 1913) Serbia, Montenegro, Grecia y Rumanía se enfrentan con Bulgaria por Macedonia, Tracia y la Dobruja.

No es este el momento de analizar en detalle las guerras de los Balcanes, pero baste decir que el reino de Serbia pasó de ocupar un territorio de 30.007 a 54.530 km. cuadrados, incorporó la simbólica Kosovo y aumentó su población en más de millón y medio de personas. Los préstamos franceses habían dado su resultado y Serbia era una potencia a tener en cuenta en la región.

Sin embargo, como habíamos detallado en la primera entrada sobre este tema, buena parte de la población incorporada al reino no era serbia y fueron tratados como ciudadanos de segunda, sin derechos civiles, y sujetos a acoso y opresión. Los más avanzados artículos de la constitución serbia (libertad de asociación y de prensa, supresión de la pena de muerte para crímenes políticos) no se incorporaron a las nuevas “colonias”, con el fin de mantener a los no serbios fuera de la política nacional.

Denuncias de diplomáticos británicos a finales de 1913 sobre detenciones arbitrarias, palizas, violaciones y matanzas en las zonas anexionadas fueron frenadas por el embajador británico y tachadas  de propaganda de Austria por el gobierno de Belgrado; se empezaba a vislumbrar a Serbia como un Estado aliado frente a un potencial enemigo como Austria-Hungría. Solo cuando otras fuentes confirmaron estas atrocidades los informes fueron tenidos en cuenta por el Foreign Office, aunque la Comisión Carnegie designada al efecto no obtuvo ayuda alguna del gobierno de Belgrado.

Tras la designación de Apis como jefe de Información del Estado Mayor (lo que suponía dirigir las redes de espionaje serbio en Bosnia y Austria-hungría), se entabla una lucha entre el gobierno de Belgrado de Pasic, que pretende que los nuevos territorios sean regidos por un régimen civil, y el ejército que pretende imponer un gobierno militar. Las tensiones entre unos y otros y los rumores de un golpe militar liderado por Apis provocan la intervención de Rusia y Francia que amenazan con retirar su apoyo militar y financiero a Serbia si no se imponen las tesis de Pasic, que gana las elecciones de 1914.

Pero entretanto, el complot para asesinar a Francisco Fernando está en marcha. El agente Rade Malobabic es el primero en informar a Apis de la proyectada visita y el principal objetivo de la Mano Negra pasa de ser el gobernador austriaco de Serbia (no pasaría de ser un conflicto local), a serlo el heredero de un emperador de 83 años, lo que supone un ataque a la mismísima existencia del imperio. Además el autor material del atentado, Gabrilo Princip, adujo el apoyo del archiduque a un proyecto destinado a minimizar la influencia de Serbia entre los pueblos eslavos del sur como causa para su asesinato.

Un antiguo participante en el regicidio de 1903 y en el asesinato de las hermanas de la reina llamado Voja Tankosic fue quien reclutó a los tres jóvenes serbobosnios encargados de llevar a cabo el atentado: Trifko Grabez, Nedelijko Cabrinovic y Gabrilo Princip. Lo primero que hicieron los tres al llegar a Sarajevo fue visitar la tumba del «mártir» Bodgan Zerajic.

Los detalles del atentado y el resultado del mismo son bien conocidos, por lo que los omitiré para centrarme en dos cuestiones: ¿conocía Nicola Pasic la conspiración de Sarajevo? y ¿hubo alguna advertencia por parte de Serbia a Austria-Hungría de lo que se tramaba en la capital bosnia?

Ninguna de las dos cuestiones tiene respuesta fácil y contundente. En sus memorias escritas en 1924, el ministro de educación serbio escribió que en mayo de 1914 Pasi habló de la intención de algunas personas de atentar contra el archiduque. También hay quien esgrime que Pasic ordenó en junio una investigación sobre el tráfico de armas en la frontera entre Serbia y Bosnia y un mayor control sobre el mismo como un intento de frenar el atentado y una prueba de que lo conocía. Pero por entonces hacía tiempo que las armas homicidas estaban ya en Bosnia y además la efectividad de ese mayor control fue nula. En todo caso no puede olvidarse que, aun de haberlo sabido, la posición de Pasic era más que delicada; unos meses antes solo la intervención de Rusia y Francia le habían salvado de ser depuesto por Apis, por lo que poco hubiese podido hacer sin poner en riesgo su cargo.

Además, Pasic era muy consciente de una conversación mantenida en 1909 con Hardinger, subsecretario permanente del Foreign Office: Serbia solo podría obtener la ayuda de Rusia, Francia y Gran Bretaña si era atacada por Austria-Hungría y no en el caso contrario.

Sobre si hubo alguna advertencia del gobierno serbio al imperio sobre la inminencia del atentado de Sarajevo, ambas partes lo negaron rotundamente, lo que no es de extrañar pues lo contrario hubiese supuesto reconocer en el caso serbio su participación en el magnicidio y en el austrohúngaro la falta toma de medidas para evitarlo.

Existen, sin embargo, varios indicios que parecen apuntar a que sí hubo algún tipo de aviso:

a) El subsecretario francés de Asuntos Exteriores Abel Ferry manifestó que el 1 de julio el representante serbio en París Milenio Vesnic le confesó que el gobierno de Belgrado había advertido al de Viena que la trama había llegado a sus oídos.

b) El historiador italiano Magrini relata que el agregado militar serbio en Viena le contó en 1915 que Pasic envió un telegrama a la legación serbia en Viena confirmando una filtración que hacía que el gobierno serbio tuviera fundadas sospechas de que había un complot contra la vida del archiduque  en Sarajevo y que había recomendado al imperio que sería bueno que pospusiera el viaje.

c) El último indicio es más genérico y se enmarca en la conversación mantenida el 21 de junio entre Jovan Jovanovic, representante serbio en Viena y el ministro de finanzas austrohúngaro Bilinski, plagada de indirectas sobre la inconveniencia del viaje, que sería visto como una provocación, que era el aniversario de la batalla de Kosovo y otras manifestaciones de otro tipo que no pueden considerarse como una advertencia concreta sobre la existencia de un complot para asesinar al heredero.

Sea como sea, Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo y el resto es conocido. La próxima entrada de este especial «de cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial» lo dedicaremos a una retrospectiva de los años anteriores a la guerra en el imperio austrohúngaro.

Fuente: «Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914» Christopher Clark

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