De cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial: el polvorín serbio (I).

A estas alturas no creo que sea necesario argumentar en profundidad que, si bien el atentado de Sarajevo contra el heredero de la corona de Austria-Hungría Francisco Fernando fue el detonante del estallido de la Primera Guerra Mundial, la muerte del príncipe y su mujer a manos de Gavrilo Princip no fue la causa última ni la principal del sangriento conflicto que asoló el mundo durante cuatro años costando millones de vidas y la desgraciada pérdida de una generación de jóvenes de todos los rincones del mundo.

El objetivo de este serie de entradas que hoy inicio con el título de «cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial», es ahondar en los hechos que se produjeron y en las decisiones que desde los círculos de poder se tomaron (en ambos casos muchos años antes de 1914) en las diferentes potencias que se enfrentaron en la declaración y la perpetración (si se me permite el término) de la que fue conocida como la Gran Guerra hasta que fue fagocitada por el horror sin igual que el mundo presenció entre 1939 y 1945.

El motivo por el que he decidido iniciar este serie por el estudio de lo acaecido en Serbia (doy por perdida la batalla de escribir el término en la forma en que se escribía en mi juventud «Servia») no es casual. No solo el famoso atentado de Sarajevo está íntimamente relacionado con lo que he titulado como el polvorín serbio, sino que la situación geográfica, política, económica e incluso étnica y religiosa de Serbia constituía una intrincada red de relaciones con algunas de las grandes potencias contendientes en la guerra desde Austria-Hungría, hasta Francia, pasando por el Imperio Otomano o Rusia. En las siguientes líneas trataremos de desentrañar el hilo de este juego de relaciones cruzadas con el denominador común serbio.

Para entender el problema, creo que es preciso comenzar por distinguir entre el concepto de Serbia desde el punto de vista geográfico y desde el aspecto que podíamos denominar étnico o de identidad como nación.

En el siglo XIX los grandes teóricos del nacionalismo serbio plasmaron en un documento redactado en 1844 por el entonces ministro del interior Ilija Garassamin el concepto de la Gran Serbia, que se puede resumir en dos grandes principios.

El primero de ellos era recuperar los territorios que habían formado parte de Serbia en el momento de su máximo esplendor bajo el zar Stepan Dusan en el siglo XIV, hasta su derrota frente a los turcos en la batalla del Campo de Kosovo el 28 de junio de 1389 y cuyas fronteras poco o nada tenían que ver con el mapa político de los Balcanes a principios del siglo XIX, pues abarcaba la mayor parte de la Serbia actual, la totalidad de la Albania de hoy, gran parte de Macedonia y toda la Grecia centrall y septentrional, aunque no Bosnia. Sin embargo, según Garasamin ello no había debilitado la legitimidad del Estado serbio, solo interrumpido su existencia histórica que podía y debía ser restaurada. Desde entonces y muy especialmente durante los siglos XVIII y XIX la literatura y los cantares de gesta serbios recreaban la idílica imagen de la Gran Serbia, creando un profundo sentimiento de identidad nacional.

El segundo principio, expresaba de manera algo grandilocuente ese sentimiento de identidad nacional: «donde habite un serbio, eso es Serbia». Otro de los grandes teóricos de la doctrina de la Gran Serbia, Vuk Karadzic, autor de «Serbios todos y en todas partes» sostenía que los habitantes de todos estos territorios eran serbios; según este autor la Gran Serbia comprendía a cinco millones de personas que hablaban «en esencia» el idioma serbio y que estaban desperdigados desde Bosnia y Herzegovina al Banato de Timisoara (actualmente en Rumanía), Croacia, Dalmacia y la costa adriática desde Trieste al norte de Albania.

Esta especie de Carta Magna tropezaba sin embargo con no pocos problemas. Por enunciar solo los principales, podemos referirnos a los siguientes:

– En parte de los territorios que formaron parte de la Serbia de Dusan en el siglo XIV y cuya legitimidad solo había sido interrumpida «temporalmente» según Garassamin, habitaba en el siglo XIX un no despreciable número de no serbios, sobre todo croatas, que ni querían ser parte de la Gran Serbia ni convertirse en serbios. Esencialmente en Croacia, Dalmacia y la costa adriática.

– Había otros territorios, como Bosnia y Herzegovina en los que sí habitaba un elevado número de serbios (se estima que el 43% de la población), pero que geográficamente no habían formado parte del territorio de la serbia de Dusan cuyo recuerdo con tanto sentimiento épico se cantaba, se recitaba y se recordaba en las aldeas serbias. Sin embargo, en esos territorios los serbios, aunque muy numerosos, no estaban solos. Coexistían con bosnios (33% de la población) y croatas (20%, aproximadamente), Ello hacía que al problema de la convivencia entre diferentes etnias se uniese el de las diversas religiones, desde la ortodoxa de los eslavos serbios, hasta la católica de los croatas o la musulmana de los bosnios.

– Más complicado aún era el caso de Macedonia, que comprendía la actual república del mismo nombre, zonas de Serbia, de Albania, del sudoeste de Bulgaria y del norte de Grecia; serbios, griegos y búlgaros trataron durante los últimos años del siglo XIX de ganarse a base de propaganda a los habitantes locales. La polarización étnica era tan compleja que dos comisiones designadas tras la Primera Guerra Mundial fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre el origen étnico de los nacionales de Macedonia.

– Por si todos estos problemas no fueran suficientes, no eran ni mucho menos el mayor obstáculo para el sueño de la Gran Serbia. Este lo constituía el hecho de que buena parte de los territorios que los serbios soñaban con anexionarse formaban parte de otros dos estados, y no dos estados cualquiera precisamente: por un lado, al Sureste el Imperio Otomano; por el otro, al Noroeste, el Imperio Austrohúngaro, ninguno de los cuales estaba dispuesto a acceder a su costa a las pretensiones territoriales serbias.

Esbozado a grandes rasgos el panorama social, político, geográfico, étnico y religioso del polvorín serbio llega la hora de empezar con la descripción y análisis cronológico de los hechos que desembocaron en un atentado serbio de la organización La Mano Negra en la visita del archiduque Francisco Fernando a la capital de Bosnia, Sarajevo.

Retomando el relato del sentimiento nacional serbio y su deseo de recrear la Gran Serbia del siglo XIV tenemos que situarnos en 1804, cuando un levantamiento encabezado por Kara Djordje (Jorge «el Negro», así llamado por el color de su piel) Petrovic expulsó a los otomanos de Serbia durante un tiempo hasta que fue sofocado por los turcos en 1813 y su líder se exilió en Austria. En 1815, Milos Obrenovic encabezó otro levantamiento que negoció con los otomanos la creación de un principado serbio.

Entraron así en juego las dos familias destinadas a disputarse el trono serbio durante más de un siglo: los Karadjordevic y los Obrenovic. El primer Karadjordevic regresó de su exilio y Obrenovic ordenó su asesinato con la connivencia de los turcos y Milos recibió el título de príncipe de Serbia. La jefatura del estado serbio se convirtió a partir de entonces en una especie de carrusel entre ambas dinastías.

En principio la fortuna de gobernar sonrió a los Obrenovic. Milos abdicó en 1839 en favor de su hijo Milan, pero este falleció días después de sarampión sin llegar a tomar posesión del cargo. Le sucedió su hermano Mihailo, pero fue depuesto en 1842 y le sucedió Alejandro Karadjordevic, hijo del líder de la primera rebelión. En 1858, Alejandro se vio obligado a abdicar nuevamente y en 1860 volvió a tomar posesión Mihailo, pero era tan impopular que fue asesinado en 1868 (se sospechó de la intervención de los Karadjordevic).

Le sucedió otro Obrenovic, Milan. El hecho de que reinara 31años, que en 1882 el Congreso de Berlín concediera a Serbia la condición de Estado independiente, que Milan declarase a Serbia como reino y a él mismo como rey y que acabara abdicando en su hijo no significa que su reinado fuera próspero y pacífico. Al contrario, fue un dirigente absolutamente impopular que centró todos sus esfuerzos en limitar las libertades políticas y de prensa, enfrentarse al parlamento, librar una desastrosa guerra con Bulgaria y anular leyes a capricho.

La misma maniobra de abdicar en su hijo Alejandro y designar una regencia durante su minoría de edad para frenar su impopularidad resultó ser una burda farsa, pues en cuanto Alejandro cumplió dieciséis años arrestó en el transcurso de una cena a todos los ministros, tomó posesión del trono y designó a su padre como su principal asesor. Milan volvía a gobernar desde la sombra.

Pero Alejandro fue demasiado lejos uniendo su destino político al de su padre y el amoroso con Draga Masin, diez años mayor que él, viuda, posiblemente estéril y conocida por sus numerosas relaciones sexuales; se dice que un ministro llegó a comentar a Alejandro que no podía casarse con una mujer «que ha sido amante de todo el mundo, yo incluido». El empeño de Alejandro en mantenerse junto a su padre y casarse con Draga le costó el apoyo de su padre que dimitió, se exilió en Viena y murió en 1901 y de las principales figuras políticas (el Consejo de Ministros dimitió en pleno). También los comerciantes y banqueros del país y el ejército se volvieron en contra del nuevo rey, los dos primeros por lo que entendían una política sometida al monopolio de Austria y sin acceso a otros mercados y los últimos por la supresión de los privilegios que el padre de Alejandro les había concedido.

La alianza de tanto enemigo provocó una conspiración de un amplio grupo de dirigentes políticos y militares, que llegaron a formular un juramento secreto en los siguientes términos: «en previsión de un colapso del Estado y culpando de ello sobre todo al rey y a su amada Draga Malin, juramos que les mataremos y a tal efecto firmamos el presente documento.» En el complot y en la redacción del juramento se destacó un joven teniente del ejército serbio, Dragutin Dimitrejevic, apodado «Apis», destinado a jugar un papel protagonista en los futuros acontecimientos del reino.
Efectivamente, tras varios intentos fallidos, el matrimonio real fue asesinado en su palacio de Belgrado el 11 de junio de 1903 y sus cuerpos arrojados desde el balcón de su dormitorio. En todo caso, el complot era un secreto a voces, hasta el punto de que el 27 de abril de 1903 el Times de Londres se hacía eco de la existencia de una conspiración contra el rey de Serbia.

El regicidio fue tomado con tranquilidad e incluso satisfacción entre el pueblo serbio. Se reunió el parlamento y se acordó restaurar en el trono a la dinastía Karadjordevic, llamando del exilio a Pedro, un hombre criado en Francia y Suiza, admirador de John Stuart Mill, y que declaró su propósito de reinar como rey verdaderamente constitucional de Serbia. Si además esa Constitución de 1903 era un calco de la avanzada y democrática Constitución de 1888, el futuro del país se presentaba brillante.

Pero en Serbia todavía tendrían que pasar muchas cosas entre el magnicidio de Belgrado de 1903 y el de Sarajevo de 1914 y, aunque esta vez esa no es otra historia, lo dejaremos de momento aquí para no cansar al lector; a lo acontecido en este período dedicaremos la segunda entrega de esta entrada.

Fuente: Sonámbulos: cómo Europa fue a la guerra en 1914. Christopher Clark

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