Teodosio I “el Grande”, emperador romano.

Roma, año 392. Ocupa el cargo de emperador de Occidente un joven de veinte años llamado Valentiniano. Unos años antes tuvo que solicitar la ayuda de su cuñado y emperador romano de Oriente, Teodosio.

Teodosio, al igual que su padre del mismo nombre, había sido un notable general. A su padre ese éxito no le había servido para evitar una condena a muerte y nuestro Teodosio se había retirado a sus posesiones en su Hispania natal cuando fue llamado por Graciano para ocupar el puesto de emperador de Oriente tras la muerte de Valente en la desastrosa batalla de Adrianópolis.

Valentiniano era el hermano de Graciano y heredó su cargo después de que este fuera asesinado tras una rebelión iniciada en Britania por un general llamado Máximo, también de origen hispano. Máximo respetó la vida del joven Valentiniano, pero este solicitó la ayuda de Teodosio, quien se lo tomó con calma pero acabó enfrentándose y derrotando a las tropas de Máximo en Aquilea. El general rebelde fue ejecutado.

Sin embargo, cuando otro general llamado Arbogasto, de origen franco y creencias paganas, se rebeló a su vez contra Valentiniano, Teodosio no llegó a tiempo de salvar la vida a su cuñado. Arbogasto era suficientemente inteligente para saber que Roma no aceptaría a un bárbaro como emperador. Hizo que nombraran para el puesto a un profesor de retórica romano llamado Eugenio, que compartía su aversión al cristianismo.

Tras la muerte de la mujer de Teodosio y hermana de Valentiniano, Gala, al dar a luz a su hija Teodosio se decidió a enfrentarse a Arbogasto y vengar a su cuñado. Por cierto, esa hija cuyo nacimiento ocasionó la muerte de su madre se llamaba Gala Placidia y tendría un papel importante en los siguientes años … pero esa es otra historia.

Volviendo a Teodosio y a Arbogasto, sus ejércitos se encontraron a orillas del Río Frígido (hoy Isonzo), el 5 de septiembre del año 394. Haciendo gala de su paganismo, y con el fin de que sus tropas sintiesen que contaban con la ayuda divina para lograr la victoria, Arbogasto había hecho instalar en su campamento diversas estatuas del dios Júpiter en su tradicional representación con un rayo en la mano.

Teodosio, por su parte, no se quedó atrás. En una reunión con su estado mayor contó que se le habían aparecido en un sueño San Juan y San Felipe, que le habían garantizado que conseguiría la victoria. En ese momento un soldado entró en la tienda contando que había tenido el mismo sueño que el emperador. A Teodosio le faltó tiempo para hacer que esta “milagrosa” coincidencia se propagara por todo su campamento y que sus soldados creyeran que su dios estaba de su lado. Por cierto, entre los miembros del estado mayor de Teodosio se encontraba otro personaje que desempeñaría un papel muy relevante en los siguientes años; un general visigodo llamado Alarico.

De esta forma, lo que era un enfrentamiento entre el ejército del Imperio romano de Oriente y el de Occidente, se transformó en una batalla entre los partidarios de la antigua religión pagana de Roma contra la nueva religión oficial cristiana. La batalla concluyó con la victoria de Teodosio y el suicidio de Argobasto y Eugenio. Según los historiadores cristianos, las fuerzas paganas fueron cegadas por un fortísimo viento que se levantó en su contra y que contribuyó a la victoria. Sea como sea, la batalla del río Frígido fue la última librada en nombre del paganismo romano contra el cristianismo.

Al año siguiente Teodosio, gravemente enfermo, designó a sus dos hijos Arcadio y Honorio para que gobernaran en Constantinopla y Roma, respectivamente.

Fuente:  Historia de la Edad Media. Indro Montanelli y Roberto Gervaso.

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