La conquista de Gales era un viejo anhelo de los reyes ingleses, pero las dificultades orográficas y la estrategia de guerra de guerrillas seguida por los galeses que evitaban sistemáticamente la batalla en campo abierto, dificultaba la conquista pretendida por los ingleses.

Una de estas invasiones la llevó a cabo en 1257 el rey inglés Enrique III y resultó un completo fracaso; los galeses, liderados por Llywelyn de Gwynedd no solo rechazan el ataque inglés, sino que en los siguientes años aprovechan las dificultades internas de Enrique III (ver las entradas del blog dedicadas a Simon de Montfort y a la batalla de Lewes) para conquistar diversas tierras fronterizas y aumentar el territorio en su poder.

En 1267, a los problemas internos de Enrique en su reino se unió la decisión de su hijo el príncipe Eduardo de partir a luchar en las Cruzadas (expedición de la que también hablamos en el blog); para hacer frente a ambos asuntos Enrique necesitaba paz en la problemática Gales y por ello firmó con Llywelyn el Tratado de Montgomery (1267), en el que no sólo garantizaba el mantenimiento de las conquistas del de Gwynned, sino que por primera y única vez en la historia Inglaterra reconocía oficialmente a un galés con el título de “príncipe de Gales”. A cambio Llywelyn reconocía al rey de Inglaterra como señor superior al que debía rendir homenaje y se comprometía a pagar en los siguientes años una importante suma económica.

Sin embargo, en los años siguientes diversas cuestiones dificultaron el mantenimiento del tratado de Montgomery: en primer lugar, este acuerdo había dejado sin resolver disputas fronterizas entre Llywelyn y varios poderosos nobles ingleses como Roger de Clare y Roger Mortimer, lo que ocasionó más de un choque entre unos y otros; en segundo lugar, Gales no era un país rico, por lo que el pago de las compensaciones económicas a las que Llywelyn se había comprometido empezó a retrasarse; por último, el príncipe de Gales se vio obligado a hacer frente a una rebelión interna liderada por su hermano Dafydd, que acabó con los rebeldes refugiados en suelo inglés ante el enfado de Llywelyn. Los magistrados ingleses se limitaron a reseñar que el tratado de Montgomery prohibía que Inglaterra suministrara armas a enemigos del príncipe en Gales, pero nada decía de acoger a estos enemigos en Inglaterra y que, por tanto, no estaban obligados a entregar a estos fugitivos a Llywelyn.

A la muerte de Enrique III le sucedió en el trono inglés su hijo Eduardo I Longshanks. Su actitud inicial hacia el problema galés fue de tolerancia y comprensión hacia Llywelyn en una situación económica más que difícil, su prioridad era cobrar las compensaciones acordadas en Montgomery, por lo que dio instrucciones a sus nobles y autoridades de evitar cualquier disputa que pudiera servir de excusa a los galeses para no realizar los pagos.

Sin embargo, la paciencia de Eduardo se fue agotando poco a poco; varios encuentros previstos entre ambos dirigentes (entre otros fines, con el objetivo de que el príncipe de Gales rindiera homenaje al rey de Inglaterra) se frustraron, el último de ellos después de que Eduardo esperara en vano a Llywelyn en Chester durante una semana y que el galés alegara que no se garantizaba su seguridad en suelo inglés, lo que Eduardo interpretó como un insulto a su ofrecimiento de hospitalidad; además entendía, y no le faltaba razón, que detrás de ello se encontraba un desafío del príncipe a su situación de vasallaje respecto del rey inglés.

Pero el acontecimiento que marcó la definitiva ruptura entre ambos fue la decisión de Llywelyn (soltero y sin descendencia a sus cincuenta años) de contraer matrimonio; esta cuestión no hubiera supuesto ningún problema si no fuera porque la esposa que eligió era ni más ni menos que la hija del viejo enemigo de Eduardo I, Simon de Montfort. Convertir en princesa de Gales a un miembro de la familia de Montfort cuando apenas habían pasado diez años desde la muerte de este podría convertirse en un banderín de enganche para desafectos al reinado de Eduardo. Los ingleses abordaron el barco en que viajaba Eleanor, que se pasó los tres años siguientes en la Torre de Londres.

Eduardo se había mostrado paciente con los problemas de Gales, pero cuando decidió actuar lo hizo con contundencia: en noviembre de 1276 el parlamento declaró la guerra a Gales y en menos de un año los ejércitos ingleses (dirigidos en persona por el rey en la parte final del ataque) recuperaron todas las tierras conquistadas por Llywelyn en los últimos treinta años; éste se vio obligado a firmar el 9 de noviembre de 1277 el Tratado de Conwy, por el que quedaba sin efecto el trabajo de toda una vida y por el que se veía obligado a compartir sus posesiones en Gwynedd con su hermano Dafydd; los ingleses le permitieron conservar el título de “príncipe de Gales”, pero más como una burla de su nueva situación que como muestra de reconocimiento. Llywelyn tuvo que soportar una última humillación: su juramento de homenaje al rey de Inglaterra ya no se realizaría en Gales o en lugares cercanos como Chester; el príncipe de Gales tuvo que ir a arrodillarse ante el rey de Inglaterra a Londres, donde prestó ese homenaje en la abadía de Westminster el día de Navidad de 1277.

Las ambiciones de Eduardo sobre Gales no terminaron ahí, y como consecuencia de ello nació la costumbre de designar al heredero al trono de Inglaterra con el título de “Príncipe de Gales” … pero esa es otra historia.

Quien quiera conocer más en detalle los hechos narrados en esta entrada y, en general, la fascinante biografía de Eduardo I de Inglaterra puede leer el excelente libro Edward I, a great and terrible King de Marc Morris.

Imagen| Estatuas representando a Llywelyn ap Gruffydd y Eduardo I en el castillo de Caernarfon (Gales). Foto: archivo del autor