Placa conmemorativa del lugar donde fue descubierta la conspiración en Londres

Los últimos años del siglo XVIII y primeros del siglo XIX fueron un período muy convulso de la Historia de Europa, tanto por la Revolución francesa y los movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios que se generaron como réplicas de los acontecimientos de 1789 en Francia, como por los enfrentamientos bélicos en los que los diferentes países europeos se vieron envueltos desde el ascenso al poder de Napoleón y que se conocen como “guerras napoleónicas”.

 En esos años Gran Bretaña vivió un período de relativa paz interior (consolidado el sistema de monarquía constitucional después de sus propios movimientos “revolucionario” del siglo XVII, en el que llegaron a ejecutar a uno de sus reyes, Carlos I Estuardo) y de expansión colonial e implicación en las guerras europeas en el exterior, donde Wellington se convirtió en el contrincante que fue capaz de poner freno al dominio de la Francia de Napoleón al derrotarle en Waterloo en 1815.

 Sin embargo, después de esta victoria se produjo una enorme convulsión interna en Gran Bretaña, a la que contribuyeron varios factores: por un lado, la revolución industrial estaba creando una nuevo actor en el panorama social británico, la clase obrera, que trabajaba en condiciones durísimas y que cada vez tenía más conciencia de la necesidad de reivindicar sus derechos y de asociarse para poder defenderse del dominio que los empresarios ejercían sobre los trabajadores; por otro lado, la finalización de las guerras en Europa había tenido como consecuencia la vuelta al territorio británico de miles de combatientes que tras años de pelear por su país fuera de él se encontraban de vuelta a la patria y sin trabajo. Varios años de malas cosechas y la hambruna consecuente tampoco ayudaron a crear un clima de paz social.

 En ese contexto, las voces revolucionarias que habían sido acalladas tras la revolución francesa y durante las guerras posteriores, volvieron a dejarse oír y esta vez con más fuerza, en reuniones y manifestaciones cada vez más numerosas y ruidosas y más cerca de convertirse en movimientos revolucionarios, al tiempo que los trabajadores empezaban a asociarse en los llamados Political Unions. Varias disposiciones (conocidas como The Six Acts) fueron aprobadas por el Parlamento para tratar de evitar estos incipientes movimientos laborales de asociacionismo y manifestación, lo que agravó las protestas.

 Un primer intento de levantamiento se produjo en Manchester en la conocida como Masacre de Peterloo, donde una manifestación multitudinaria fue disuelta por la fuerza dando como resultado la muerte de once de sus participantes, que se convirtieron en mártires de la causa.

 Sin embargo, la mayor amenaza para el orden establecido se produjo con la Conspiración de Cato Street, así llamada por el nombre de la calle en la que se encontraba el local donde se reunían los conspiradores.

 Liderados por Arthur Thislewood y George Edwards, los miembros de la conspiración (que llegaron a sumar veintisiete trabajadores de diferentes sectores) pretendían asesinar a todos los miembros del Gabinete y tomar el poder designando un “comité de seguridad pública” mirándose en el espejo de la Revolución francesa.

 La muerte del rey Jorge III el 29 de enero de 1819 aceleró los planes de los conspiradores que pretendieron aprovechar una cena de los miembros del Gabinete en la casa de uno de ellos para matarlos a todos (incluso uno de los conspiradores, carnicero, se ofreció a cortar las cabezas de algunos de ellos para recorrer con ellas las calles de Londres).

 Sin embargo, lo que los conspiradores no sabían es que entre ellos había un agente del Home Office (Ministerio del Interior); se trataba ni más ni menos que uno de los líderes del grupo, George Edwards que en todo momento actuó como infiltrado de las fuerzas policiales animando al resto del grupo a entrar en acción para poder desenmascararlos con las mayores pruebas de cargo posibles.

 La conspiración fue por tanto descubierta y desbaratada el 23 de febrero de 1820. Junto con otros miembros del grupo Thislewood huyó tras matar a un policía, pero todos fueron detenidos en pocos días, sometidos a un notorio juicio y ejecutados o deportados.

 No obstante, estas y otras protestas contra el obsoleto sistema parlamentario británico dejaron su poso y dieron paso con el tiempo a un importante proceso de reformas en la década de 1830 bajo el reinado de Guillermo IV… pero esa es otra historia.

Fuente| Roy Strong: A history of Britain

Imagen| Cato Street