En 1603 fallece sin descendencia la carismática reina Isabel I de Inglaterra; su sucesor en el trono es el Rey de Escocia Jacobo V (Jacobo Estuardo) que reina en Inglaterra con el nombre de Jacobo I. Es hijo de Maria Estuardo quien de esta forma consigue desde la tumba una dulce venganza contra su prima Isabel, tras una vida plagada de agravios, desencuentros y humillaciones, aunque esa es otra historia.

 Los católicos ingleses acogen con satisfacción el nombramiento del nuevo rey, pues piensan que será más tolerante con la práctica de su religión que su predecesora; no olvidemos que Isabel era hija de Ana Bolena, cuyo matrimonio con Enrique VIII fue el detonante de un proceso que llevaba tiempo incubándose y que culminó con la ruptura de la nueva iglesia anglicana con Roma.

 Pensaban los católicos que, con la ayuda de la potencia católica más importante del orbe (España) conseguirían que el nuevo monarca proclamase la libertad de culto para su religión en Inglaterra. Sin embargo, España se lava las manos en el asunto y Jacobo demuestra desde el principio con sus discursos y sus leyes que piensa seguir una política de tolerancia cero con los “papistas”, como despectivamente les llama.

 Algunos sacerdotes católicos son ejecutados, y varios prominentes “papistas” deciden que no tienen intención de poner la otra mejilla. Inicialmente planean asesinar al rey, pero luego, pensando que el magnicidio no garantizaría que el Consejo Privado que asesora al monarca no continuase con la misma política frente a los católicos con el sucesor de Jacobo, deciden acometer una acción más drástica: volar por los aires el Parlamento en su solemne sesión inaugural en la que estarán presentes el rey y todo su círculo de gobierno. Tras varios retrasos, la fecha fijada al efecto es el 5 de noviembre de 1605.

 Los principales cabecillas de la trama eran Robert Catesby y Thomas Percy, a los que se unieron Tom Witour, Jack Wright y el recién llegado de guerrear en Flandes para la corona española Guy Fawkes. Tras dedicar tres meses a cavar un túnel desde una casa que habían alquilado en el otro extremo de la Plaza del Parlamento, descubrieron que un almacén que se hallaba justo debajo del propio Parlamento había quedado vacío. Alquilaron el almacén y depositaron en el mismo la ingente cantidad de pólvora que habían adquirido para llevar a cabo su propósito (de ahí el nombre de “Complot de la Pólvora”).

 Sin embargo, las necesidades financieras y materiales del complot requieren ampliar el número de personas implicadas en el proyecto, y es sabido que cuanta más gente está al tanto de un secreto, más difícil resulta mantener dicho secreto. El 26 de octubre Lord Monteagle, católico y miembro de la Cámara de los Lords, recibe una carta anónima (probablemente enviada por Francis Tresham, su cuñado, al que Catesby puso al corriente de la trama para solicitarle fondos) que le avisa de que “este Parlamento recibirá un terrible golpe”. Monteagle lo pone en conocimiento del valido del rey, el todopoderoso Robet Cecil, y este a su vez se lo comunica al propio Jacobo. Los conspiradores son conscientes de ello aunque no saben si su plan ha sido descubierto o sólo se trata de una sospecha indeterminada; deciden seguir adelante, argumentando que si lo hacen muy probablemente les detengan, pero que aunque no lo hagan también es posible que sean arrestados. Así las cosas, consideran que vale la pena correr el riesgo.

 La noche del 4 al 5 de noviembre Guy Fawkes (encargado de encender la mecha que ponga en marcha el pandemónium) se dirige al almacén donde se encuentra la pólvora para volver a comprobar que no ha sido descubierta y que pueden seguir adelante con su plan. Una vez allí, tropieza con una patrulla al mando de Sir Thomas Knevett que le detiene y registra el almacén, descubriendo la pólvora. A partir de ahí, los acontecimientos se precipitan: Fawkes confiesa bajo tortura el nombre y las intenciones de los conspiradores; Catesby y Percy resultan muertos por resistirse a su arresto y el resto de los implicados son juzgados y ejecutados el 31 de enero de 1606.

 El conocimiento público del complot desata la ira de los protestantes contra los católicos, empeorando la situación legal de estos en Inglaterra. También, las consecuencias del complot alcanzan a los jesuitas y el embajador español, aunque la narración de estas consecuencias y de las teorías conspiratorias sobre la participación de Robert Cecil en la trama tendrán que esperar a otra entrada de este blog.

 La historia del “Complot de la Pólvora” se narra en algunos libros en inglés como “The Powder Treason” de Michael Dax y “The Gunpowder Plot: Terror and Faith in 1605” de Antonia Fraser.

 Imagen| Complot de la pólvora