Representación del ataque contra los británicos en Ganamak en 1842

En el siglo XIX India era “La Joya de la Corona”, la más preciada de las posesiones coloniales del Imperio cuya cabeza visible en su época de máximo esplendor era la Reina Victoria.

 El mantenimiento de la supremacía británica en India requería un impresionante despliegue militar en la colonia, en la que entre otros dio sus primeros pasos destacados como militar el vencedor de Napoleón, el Duque de Wellington, aunque esa es otra historia. Pero además de ello, se hacía preciso evitar posibles injerencias de potencias extranjeras en los territorios adyacentes que pusieran en peligro el dominio británico sobre India; uno de los más importantes escenarios de estas zonas de influencia política era Afganistán, al noroeste de la India y sobre la que tenía puestos sus ojos la Rusia Imperial, que ejercía una considerable presión en el vecino Turquestán.

 Rusos y británicos trataban por todos los medios de influir en la política interna afgana colocando a dirigentes de su cuerda que garantizasen el seguimiento de los intereses políticos de unos y otros. En 1838 los británicos apoyaron el derrocamiento del emir Dost Mohammed, claramente favorable a los intereses rusos, y su sustitución por Shah Shuja, que pasó a ocupar el cargo de emir con el apoyo militar de los británicos, que establecieron una guarnición en Kabul.

 En sólo tres años una serie de desastrosas decisiones tanto políticas como militares de los mandatarios ingleses en Afganistán provocaron el estallido de la conocida como “primera guerra afgana” y condujeron al episodio objeto de este artículo: la vergonzosa y sangrienta retirada británica de Kabul en 1842. En el momento del desastre al mando de los británicos en Afganistán se encontraban Sir William McNaghten, primera autoridad civil, y el general Elphinstone, al mando de las fuerzas militares, que ha pasado a la Historia como uno de los peores oficiales que jamás vistieron la guerrera británica.

 El mantenimiento del régimen liderado por Shah Sujah dependía del poderío militar de los ejércitos  británicos desplegados en Afganistán, que a su vez requería del apoyo de las diferentes tribus y caciques que custodiaban los pasos por el que las tropas británicas de India accedían a Afganistán. Los británicos tenían establecida una política de “subsidios”, es decir que compraban con generosas aportaciones económicas el apoyo de la tribus.

 A finales de 1841 McNaghten escogió el peor momento para revisar a la baja esta política de subsidios: hizo coincidir su decisión con las cada vez más alarmantes noticias de una rebelión de las tribus liderada por el hijo del depuesto emir Dost Mohammed, Akbar Khan.

 Ante las noticias de la rebelión, McNaghten y Elphinstone tomaron la decisión de pactar con Akbar la retirada de los británicos de Kabul con dirección a Jalalabad donde se hallaba otro contingente británico al mando del general Sale.

 Decidir la retirada de una fuerza militar es una cosa; llevarla a efecto cuando a esa fuerza militar le acompañan cientos de mujeres, niños, siervos nativos, animales y enseres es otra muy diferente. Si además, se efectúa en pleno invierno, la conclusión no puede ser otra que un desastre que todavía hoy se cuenta entre las peores experiencias militares de la Historia para los británicos.

 La retirada se inició el día 6 de enero de 1842 y todas las previsiones respecto de la velocidad de desplazamiento del ejército se incumplieron como consecuencia de la ingente cantidad de personas y animales ajenos a la fuerza militar que acompañaban a la misma. Se estima que partieron de Kabul 16.000 personas, 4.000 militares y 12.000 civiles. Como consecuencia de la dificultad de avance de una columna de estas características, ninguna de las previsiones de lugares de descanso y abastecimiento se cumplieron. Los británicos se detenían cada jornada donde y como podían. Diariamente morían cientos de personas (sobre todo los siervos nativos) como consecuencia del frío, del hambre y de las incursiones de las tribus hostiles lideradas por Akbar Khan que día a día se envalentonaban ante la falta de respuesta de los británicos. Al reemprender la marcha, los heridos del día anterior eran abandonados y quedaban a merced de las tribus afganas que también se ensañaron con los suministros de alimentos de la expedición británica.

 El desastre culminó el día 13 de enero en Gandamak, donde los restos de la expedición (2.500 personas, sólo 300 de ellas militares) fueron aniquilados  por las fuerzas de Agbar Khan. Sólo un hombre, el asistente médico William Brydon consiguió llegar a Jalalabad. Aparte de algunos oficiales y mujeres de militares que fueron hechos prisioneros, el resto de miembros de la expedición se dejaron la vida en la retirada de Kabul.

 Tomé conocimiento de esta historia a través de la lectura de la novela “Harry Flashman” de George McDonald Fraser, comentada en mi blog de lectura. Quien quiera conocerla más a fondo puede leer las crónicas de alguno de los supervivientes de la misma (el coronel McKenzie, el teniente Eyre o Lady Sale), aunque la considerada como mejor crónica de la retirada de Kabul es la obra “Signal Catastrophe” de Patrick McRory.

 Imagen| Gandamak