Eleysa Bazna, “Cicerón” para los alemanes

Durante la Segunda Guerra Mundial los países que permanecieron neutrales fueron un hervidero de actividad de los servicios de espionaje de los países involucrados en el conflicto, puesto que sólo en territorio neutral se producía la convivencia cercana de miembros del cuerpo diplomático de las potencias de uno y otro bando. Esta cobertura diplomática era utilizada para encubrir múltiples actividades de los servicios secretos de los estados beligerantes.

Esta circunstancia se daba, entre otros países, en España, Portugal y Turquía. Precisamente es en este último país, concretamente en Ankara, donde se sitúa nuestra historia. En los años 1943 y 1944 los ingleses contrataron a un tal Eleysa Bazna para desempeñar el puesto de mayordomo del embajador del Imperio Británico en Turquía Sir Hughe Montgomery Knatchbull-Hugesse. Bazna había nacido en 1904 en Kosovo, en aquel entonces parte del Imperio Otomano.

Al parecer el sueldo de mayordomo del embajador británico no bastaba para cubrir las expectativas de Bazna de retirarse a vivir una existencia propia de millonario en Sudamérica. Con el fin de ganarse un sobresueldo que le permitiera hacer realidad sus sueños, Bazna se puso en contacto con los alemanes para hacerles saber que estaba en disposición de tener acceso a todos los documentos que pasaran por las manos del embajador…, a cambio de una importante cantidad económica. Las motivaciones del mayordomo eran puramente crematísticas, sin que ninguna cuestión de afinidad ideológica con los nazis le influyera en la toma de su decisión.

Los alemanes, después de comprobar la veracidad de la información facilitada por Bazna, dieron visto bueno a la que fue denominada “Operación Cicerón”, nombre por el cual fue conocido nuestro protagonista por los servicios secretos alemanes.

Ciceron desempeñó sus funciones para los nazis con una profesionalidad absoluta y fotocopió cientos de documentos secretos de los británicos que contenían información altamente confidencial y muy valiosa para los nazis. Los alemanes, por su parte, cumplieron con su parte del trato y pagaron generosamente a Bazna, siempre en libras esterlinas.

Si los documentos fotocopiados por Ciceron no causaron un gravísimo daño a la estrategia de guerra de los aliados en los años 1943 y 1944 fue por causa de las rencillas internas y la desconfianza entre diferentes facciones de la Alemania nazi. El principal valedor de Ciceron y su descubridor era el embajador alemán en Turquía Franz von Papen, un prusiano de los de la vieja escuela que tenía muchos enemigos entre los dirigentes del régimen que desconfiaron de la veracidad de la información facilitada a través de la embajada. Por otro lado, la importancia y autenticidad de la documentación aportada por Ciceron fue minimizada como consecuencia de la rivalidad interna entre los servicios secretos y el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán

Esta circunstancia hizo que en Berlin se desconfiara de la importancia de la Operación Ciceron y de esta manera los nazis no sacaron todo el partido a una información que hubiera podido ser fundamental para el desarrollo de la contienda (entre la documentación fotocopiada por Bazna se encontraba información sobre el desembarco de Normandía).

En abril de 1944 una funcionaria de la embajada alemana en Ankara se pasó a los aliados. Ciceron consideró que este hecho ponía en riesgo su seguridad, ante la posibilidad de que los británicos supiesen de la existencia de un espía nazi en su embajada. Por ello decidió adelantar su planes de retiro y huyó de Turquía rumbo a Sudamérica, con la nada despreciable fortuna hecha por los servicios prestados a los alemanes.

La ironía de la historia de Ciceron es que cuando llegó a Sudamérica descubrió que el dinero con el que los alemanes le habían estado pagando (recordemos que eran libras esterlinas), era falso. Durante la Segunda Guerra Mundial los nazis habían acuñado una ingente cantidad de dinero falso en moneda inglesa con el fin de crear una grave crisis en el sistema monetario británico y también para financiar operaciones como la de Ciceron quien de repente se encontró en la más absoluta ruina.

Después de la Segunda Guerra Mundial Bazna intentó infructuosamente que la Alemania surgida tras la derrota de los nazis le pagara los servicios que los nazis le abonaron con dinero falso pero evidentemente no lo consiguió y paso el resto de su existencia en situación de pobreza hasta su muerte en Munich en 1970.

Tomé conocimiento de esta historia a raíz de la apreciable película de 1952 “Operación Ciceron”, donde un estupendo James Mason desempeña el papel de Bazna-Ciceron. La película, a su vez está basada en el libro “Operation Cicero” de  L.C. Moyzisch que no he tenido oportunidad de leer. El mismo Bazna publicó posteriormente una autobiografía titulada “Ich War Cicero” (“Yo fui Ciceron”).

Imagen| Eleysa Bazna