El emperador Juliano

La historia del combate entre el Imperio Romano y la religión católica es sobradamente conocida y ha sido objeto de atención en múltiples novelas, películas y libros de historia.

 Lo que no es tan conocido es que, después de que el Imperio romano adoptara finalmente la religión cristiana como la oficial del Imperio dando origen a la actual tradición de Roma como cabeza de la Iglesia, hubo un emperador que durante su reinado luchó con todas sus fuerzas contra el cristianismo y, si hubiera conseguido su propósito, hubiera cambiado la Historia de una forma que nadie más hubiera podido hacer.

 Tras siglos de persecución a los cristianos por parte de todos los emperadores romanos, especialmente desde Nerón, finalmente el Emperador Constantino el Grande, promulgó en 313 el llamado Edicto de Milán, que decretaba la libertad de culto en el Imperio y ponía fin a la persecución de los cristianos. Convertido él mismo al cristianismo, según se dice por influencia de su madre Helena (a la que se le atribuyen diversos descubrimientos de reliquias en Jerusalén), convocó el primer Concilio de Nicea (año 325) que sentó las bases de la doctrina cristiana, prácticamente hasta el Concilio Vaticano Segundo en 1962 (con algún cambio en el Concilio de Trento en el siglo XVI).

 A Constantino le sucedió su hijo Constancio II, que se dedicó sistemáticamente a eliminar a cualquier familiar que pudiera discutir su derecho al trono y emprendió también una política activa de persecución de los paganos que no practicaran la hasta hace poco prohibida religión cristiana.

 Quizás por considerar que los hijos del hermanastro de su padre Julio Constancio, llamados Galo y Juliano, no eran un peligro muy importante decidió no asesinarlos como al resto de familiares peligrosos, pero si desterrarlos a Constantinopla.

 Allí Juliano recibió una esmerada educación en la cultura clásica helenística, que resultaría decisiva en su posterior carrera política, y que se puede resumir en un completo rechazo al cristianismo y el abrazo de las creencias politéistas típicas de la cultura helena.

 Contra todo pronóstico Juliano se convirtió en Emperador de Roma (el proceso por el que llegó a ello fue muy curioso, aunque eso es otra historia), y desde que accedió al trono decidió emprender una activa política contra la religión cristiana y en favor del politeísmo helénico. Desde prohibición de ejercer como profesores a los cristianos, hasta el destierro de obispos o la reconstrucción de templos paganos, Juliano hizo todos los esfuerzos posibles por erradicar la religión cristiana del Imperio.

 Sin embargo Juliano, que habia accedido al cargo de Emperador en 361, murió en una campaña militar en Persia en 363, sin tiempo material para aplicar sus reformas religiosas y su sucesor, Joviano, era cristiano por lo que anuló todas las reformas religiosas de Juliano.

 La pregunta es qué hubiera pasado si Juliano hubiera tenido tiempo suficiente para aplicar sus reformas y el cristianismo no hubiera sido la fuerza dominante en el Imperio y en los reinos que de él surgieron hasta nuestros días.

 Quien quiera saber más sobre la figura de Juliano debe leer el estupendo libro del recientemente fallecido Gore Vidal “Juliano el Apóstata”.

Imagen| Juliano “El Apostata”